Jueves, 23 de septiembre de 2010

EL SALTO


HERMANN HESSE

Al intentar recoger para la preciada posteridad la vida del noble Willibald vom Ármel, el Joven, somos perfectamente conscientes tanto de la dificultad de nuestra tarea como de lo poco modernos que son estos trabajos y cuán mal considerados están. Una época que teje coronas para el inventor del cascanueces atómico y sólo consigue contener la afluencia del público a los viajes dominicales a Saturno con ayuda de grandes efectivos policiales, una época que sólo reconoce y venera el éxito material y los esfuerzos deportivos mesurables, no respetará, ni hará justicia ni tampoco se interesará por las hazañas de la estilística ni por los intentos de afinar el piano de Gottwalt Peter Harnischen, por no citar ya nuestra tentativa de honrar la memoria de Willibald vom Ármel, el Joven. En cambio, nos consuela y nos da ánimos pensar que los adoradores de esos estilistas, de ese Walt Harnisch o de nuestro bienaventurado Willibald vom Ármel, y quienes desdeñan el éxito y el progreso, saldrían muy malparados si actuaron pen
sando en la aprobación de los héroes recordman o de los excursionistas que pasan los domingos en la luna. Suponiendo que exista algo así como una ambición, que nos espolonee y nos anime, ésta es de otro tipo, más noble y más elevada. 

El noble arte que Willibald practicó durante toda su vida no fue un invento suyo, lo aprendió ya de niño de su padre, y también éste ya había tenido antepasados y predecesores hasta un remoto pasado. En cualquier caso, él, Willibald el Viejo, no aprendió y comenzó a practicar el elevado ejercicio, que por lo general suele designarse como «El salto», a edad demasiado temprana, sino sólo cuando ya era adulto. Lo poco que sabemos de su vida puede resumirse en breves palabras. Era hijo de un oficial, que le educó con métodos severos y soldadescos y quería hacer de él también un oficial, pero no consiguió este propósito, pues Willibald, amargado por la dureza y severidad del padre, se resistió con firme obstinación a aquellos planes. Aunque por naturaleza se parecía a su padre y estaba muy bien dotado para los ejercicios deportivos y militares, se negó constantemente a seguir la profesión que aquél le había destinado y, con testaruda obstinación, dedicó su atención precisamente a aquellas ocupaciones y estudios que veía eran objeto de la mofa y el desprecio del padre: la literatura, la música, las ciencias filológicas. Logró imponer su voluntad y se hizo profesor. Adquirió fama como autor de la canción Cómo alegra abril el corazón la cual se cantó mucho durante décadas y fue una de las piezas favoritas de todos los cancioneros para estudiantes secundarios. Verdad es que las generaciones posteriores olvidaron tanto el texto como la melodía de la canción, se burlaron de su estilo, que había alegrado a toda una generación, y la eliminaron de los libros escolares. No sabemos si Willibald el Viejo alcanzó a vivir estos hechos, aunque sin duda le habría preocupado muy poco, pues cuando llevaba algunos años enseñando en escuelas secundarias, murió su padre, y nada más suceder esto, desapareció la actitud despectiva de Willibald con respecto a la vida de los soldados y oficiales, y con ella desaparecieron también sus aficiones musicales, que había exagerado por orgullo. Una vez desvanecida la autoridad contra la que tan firmemente se había rebelado, siguió alegremente las aptitudes e impulsos heredados, abandonó la gramática y la lira, inició la carrera de oficial y pronto dejó atrás los primeros escalafones. Luego, gracias a una misión en tierras del Este, conoció el Oriente y allí tuvo un encuentro que sería determinante en su vida. Tuvo oportunidad de contemplar las danzas derviches. Al principio lo hizo con esa actitud de curiosidad algo desdeñosa y escéptica que tantos occidentales consideran obligada en esas tierras, pero cada vez fue quedando más cautivo por la fuerza del entusiasmo y la entrega total que animaba a esos devotos danzarines y uno de ellos, un joven derviche de alta talla y actitud casi sobrehumana, cautivó particularmente su atención y conquistó su admiración y su amor. No cejó hasta conseguir establecer contacto y finalmente una amistad con ese Achmed. Y a través de él aprendió Willibald ese raro ejercicio a cuyo servicio estaría dedicada su vida y más adelante la de su hijo: el salto sobre la propia sombra. Desde el momento en que descubrió que Achmed se retiraba frecuentemente para ejecutar ciertos ejercicios, durante los cuales se protegía cuidadosamente de cualquier mirada curiosa, no paró hasta conseguir que el derviche le confiara su secreto. A su apremiante pregunta de qué hacía tan solitario y escondido, Willibald recibió con sorpresa esta breve respuesta: «Salto sobre mi propia sombra.» 
«Pero eso es imposible», exclamó Willibald, «es una locura.» «Ya lo verás», fue la repuesta de Achmed y convocó a su amigo para el día siguiente a una cierta hora en un lugar apartado detrás de los establos de una caravana. Y allí el occidental le vio saltar sobre su sombra, es decir: le vio saltar con tanta agilidad y rapidez, que no pudo dictaminar si el saltador había sido realmente más rápido o no que la sombra que competía con sus saltos sobre la arena. La sombra no permanecía quieta ni un momento, y el dueño de la sombra no parecía sentir la gravedad, saltaba y giraba en incesantes y veloces saltos como una mariposa o una libélula, plenamente concentrado en los brincos, giros, vueltas. Y no sólo no quedó claro si había saltado o no por encima de la sombra, sino que ello había perdido toda importancia para el sorprendido espectador, se había olvidado de prestarle atención, contemplaba al saltarín con la misma emoción y admiración, con la misma intuición de un milagro y una gracia divina, con que había contemplado en aquella ocasión la danza del coro derviche. Cuando Achmed concluyó su ejercicio, permaneció un rato quieto con los ojos cerrados, aparentemente ni acalorado ni mareado ni cansado, con una expresión de íntima satisfacción en el rostro. Cuando abrió los ojos, Willibald le dio las gracias con una profunda reverencia, como la que había practicado para la recepción del sultán. Le preguntó al amigo en qué pensaba mientras saltaba. «¿En quién?», dijo éste en voz baja. «En Aquél que no necesita saltar.» De momento, Willibald no comprendió. «... ¿no necesita saltar?», repitió en tono interrogante. Y Achmed: «Él es la luz misma y no tiene sombra.» 
Hasta ese momento, la vida de Willibald el Viejo había sido una vida de metas, de esfuerzos y de ambición, primero había procurado ganar fama y admiración como maestro, como poeta y músico, luego siendo oficial había buscado la consideración y bienquerencia de sus superiores. En ese momento todo cambió. Su meta ya no estaba fuera de su persona y su felicidad, su satisfacción ya no podían ser realzadas o disminuidas desde el exterior. Desde ese momento, su meta fue alcanzar algo de la satisfacción y la luz que había visto brillar en la cara de Achmed después de saltar su sombra, su ansiedad tenía ese grado de fervor que había presenciado por primera vez en la danza revoloteante de los derviches y que ahora acababa de ver, más callada pero también más sublimada, en la devota danza del salto de la sombra. 
Pese a que estaba acostumbrado a hacer rigurosos ejercicios físicos de muchas clases, tardó mucho tiempo en alcanzar, no ya la perfección de su amigo, pero sí al menos una cierta habilidad. 

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Tags: HERMANN HESSE, El salto

Publicado por carmenlobo @ 12:10  | Hesse, Hermann
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