Jueves, 29 de julio de 2010

La Noche boca arriba


Y sal?an en ciertas ?pocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

?

A mitad del largo zagu?n del hotel pens? que deb?a ser tarde y se apur? a salir a la calle y sacar la motocicleta del rinc?n donde el portero de al lado le permit?a guardarla. En la joyer?a de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegar?a con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y ?l -porque para s? mismo, para ir pensando, no ten?a nombre- mont? en la m?quina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.?
?Dej? pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte m?s agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de ?rboles, con poco tr?fico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quiz? algo distra?do, pero corriendo por la derecha como correspond?a, se dej? llevar por la tersura, por la leve crispaci?n de ese d?a apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidi? prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones f?ciles. Fren? con el pi? y con la mano, desvi?ndose a la izquierda; oy? el grito de la mujer, y junto con el choque perdi? la visi?n. Fue como dormirse de golpe.?

?Volvi? bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres j?venes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sent?a gusto a sal y sangre, le dol?a una rodilla y cuando lo alzaron grit?, porque no pod?a soportar la presi?n en el brazo derecho. Voces que no parec?an pertenecer a las caras suspendidas sobre ?l, lo alentaban con bromas y seguridades. Su ?nico alivio fue o?r la confirmaci?n de que hab?a estado en su derecho al cruzar la esquina. Pregunt? por la mujer, tratando de dominar la n?usea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia pr?xima, supo que la causante del accidente no ten?a m?s que rasgu?os en la piernas. "Ust? la agarr? apenas, pero el golpe le hizo saltar la m?quina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, ?ntrenlo de espaldas, as? va bien y alguien con guardapolvo d?ndole de beber un trago que lo alivi? en la penumbra de una peque?a farmacia de barrio.?

?La ambulancia policial lleg? a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus se?as al polic?a que lo acompa?aba. El brazo casi no le dol?a; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lami? los labios para beberla. Se sent?a bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada m?s. El vigilante le dijo que la motocicleta no parec?a muy estropeada. "Natural", dijo ?l. "Como que me la ligu? encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le dese? buena suerte. Ya la n?usea volv?a poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabell?n del fondo, pasando bajo ?rboles llenos de p?jaros, cerro los ojos y dese? estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quit?ndole la ropa y visti?ndolo con una camisa gris?cea y dura. Le mov?an cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del est?mago se habr?a sentido muy bien, casi contento.?

?Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos despu?s, con la placa todav?a h?meda puesta sobre el pecho como una l?pida negra, pas? a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acerc? y se puso a mirar la radiograf?a. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sinti? que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acerc? otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palme? la mejilla e hizo una se?a a alguien parado atr?s.?

?Como sue?o era curioso porque estaba lleno de olores y ?l nunca so?aba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volv?a nadie. Pero el olor ces?, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se mov?a huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, ten?a que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su ?nica probabilidad era la de esconderse en lo m?s denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que s?lo ellos, los motecas, conoc?an.?

?Lo que m?s lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptaci?n del sue?o algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no hab?a participado del juego. "Huele a guerra", pens?, tocando instintivamente el pu?al de piedra atravesado en su ce?idor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inm?vil, temblando. Tener miedo no era extra?o, en sus sue?os abundaba el miedo. Esper?, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, deb?an estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo te??a esa parte del cielo. El sonido no se repiti?. Hab?a sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como ?l del olor a guerra. Se enderez? despacio, venteando. No se o?a nada, pero el miedo segu?a all? como el olor, ese incienso dulz?n de la guerra florida. Hab?a que seguir, llegar al coraz?n de la selva evitando las ci?nagas. A tientas, agach?ndose a cada instante para tocar el suelo m?s duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, busc? el rumbo. Entonces sinti? una bocanada del olor que m?s tem?a, y salt? desesperado hacia adelante.?

?-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.?
Abri? los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonre?r a su vecino, se despeg? casi f?sicamente de la ?ltima a visi?n de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sinti? sed, como si hubiera estado corriendo kil?metros, pero no quer?an darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el di?logo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frot? con alcohol la cara anterior del muslo, y le clav? una gruesa aguja conectada con un tubo que sub?a hasta un frasco lleno de l?quido opalino. Un m?dico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajust? al brazo sano para verificar alguna cosa. Ca?a la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas ten?an un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una pel?cula aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.?

?Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trocito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dol?a nada y solamente en la ceja, donde lo hab?an suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y r?pida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pens? que no iba a ser dif?cil dormirse. Un poco inc?modo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sinti? el sabor del caldo, y suspir? de felicidad, abandon?ndose.?

?Primero fue una confusi?n, un atraer hacia s? todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprend?a que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de ?rboles era menos negro que el resto. "La calzada", pens?. "Me sal? de la calzada." Sus pies se hund?an en un colch?n de hojas y barro, y ya no pod?a dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabi?ndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agach? para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del d?a iba a verla otra vez. Nada pod?a ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo ?l, aferraba el mango del pu?al, subi? como un escorpi?n de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musit? la plegaria del ma?z que trae las lunas felices, y la s?plica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sent?a al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hac?a insoportable. La guerra florida hab?a empezado con la luna y llevaba ya tres d?as y tres noches. Si consegu?a refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas all? de la regi?n de las ci?nagas, quiz? los guerreros no le siguieran el rastro. Pens? en la cantidad de prisioneros que ya habr?an hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuar?a hasta que los sacerdotes dieran la se?al del regreso. Todo ten?a su n?mero y su fin, y ?l estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.?

?Oy? los gritos y se enderez? de un salto, pu?al en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas movi?ndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le salt? al cuello casi sinti? placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanz? a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrap? desde atr?s.??
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A m? me pasaba igual cuando me oper? del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.?

?Al lado de la noche de donde volv?a la penumbra tibia de la sala le pareci? deliciosa. Una l?mpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se o?a toser, respirar fuerte, a veces un di?logo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quer?a seguir pensando en la pesadilla. Hab?a tantas cosas en qu? entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan c?modamente se lo sosten?an en el aire. Le hab?an puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebi? del gollete, golosamente. Distingu?a ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no deb?a tener tanta fiebre, sent?a fresca la cara. La ceja le dol?a apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Qui?n hubiera pensado que la cosa iba a acabar as?? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que hab?a ah? como un hueco, un vac?o que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo hab?an levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo ten?a la sensaci?n de que ese hueco, esa nada, hab?a durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, m?s bien como si en ese hueco ?l hubiera pasado a trav?s de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro hab?a sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusi?n en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al d?a y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntar?a alguna vez al m?dico de la oficina. Ahora volv?a a ganarlo el sue?o, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quiz? pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la l?mpara en lo alto se iba apagando poco a poco.?

?Como dorm?a de espaldas, no lo sorprendi? la posici?n en que volv?a a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerr? la garganta y lo oblig? a comprender. In?til abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolv?a una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sinti? las sogas en las mu?ecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y h?medo. El fr?o le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el ment?n busc? torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo hab?an arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria pod?a salvarlo del final. Lejanamente, como filtr?ndose entre las piedras del calabozo, oy? los atabales de la fiesta. Lo hab?an tra?do al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.?

?Oy? gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era ?l que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defend?a con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pens? en sus compa?eros que llenar?an otras mazmorras, y en los que ascend?an ya los pelda?os del sacrificio. Grit? de nuevo sofocadamente, casi no pod?a abrir la boca, ten?a las mand?bulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudi? como un l?tigo. Convulso, retorci?ndose, luch? por zafarse de las cuerdas que se le hund?an en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le lleg? antes que la luz. Apenas ce?idos con el taparrabos de la ceremonia, los ac?litos de los sacerdotes se le acercaron mir?ndolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sinti? alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro ac?litos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los ac?litos deb?an agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante ?l la escalinata incendiada de gritos y danzas, ser?a el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente oler?a el aire libre lleno de estrellas, pero todav?a no, andaban llev?ndolo sin fin en la penumbra roja, tirone?ndolo brutalmente, y ?l no quer?a, pero como impedirlo si le hab?an arrancado el amuleto que era su verdadero coraz?n, el centro de su vida.?

?Sali? de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pens? que deb?a haber gritado, pero sus vecinos dorm?an callados. En la mesa de noche, la botella de agua ten?a algo de burbuja, de imagen trasl?cida contra la sombra azulada de los ventanales. Jade? buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas im?genes que segu?an pegados a sus p?rpados. Cada vez que cerraba los ojos las ve?a formarse instant?neamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo proteg?a, que pronto iba a amanecer, con el buen sue?o profundo que se tiene a esa hora, sin im?genes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era m?s fuerte que ?l. Hizo un ?ltimo esfuerzo, con la mano sana esboz? un gesto hacia la botella de agua; no lleg? a tomarla, sus dedos se cerraron en un vac?o otra vez negro, y el pasadizo segu?a interminable, roca tras roca, con s?bitas fulguraciones rojizas, y ?l boca arriba gimi? apagadamente porque el techo iba a acabarse, sub?a, abri?ndose como una boca de sombra, y los ac?litos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cay? en la cara donde los ojos no quer?an verla, desesperadamente se cerraban y abr?an buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abr?an era la noche y la luna mientras lo sub?an por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaiv?n de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una ?ltima esperanza apret? los p?rpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo crey? que lo lograr?a, porque estaba otra vez inm?vil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero ol?a a muerte y cuando abri? los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que ven?a hacia ?l con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanz? a cerrar otra vez los p?rpados, aunque ahora sab?a que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sue?o maravilloso hab?a sido el otro, absurdo como todos los sue?os; un sue?o en el que hab?a andado por extra?as avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ard?an sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sue?o tambi?n lo hab?an alzado del suelo, tambi?n alguien se le hab?a acercado con un cuchillo en la mano, a ?l tendido boca arriba, a ?l boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.?

(Julio Cort?zar, "Final del Juego", Ed. Sudamericana, Bs.As. 1993)



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Publicado por carmenlobo @ 10:10  | Cortazar, Julio
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