Domingo, 27 de junio de 2010

Don H?ctor se baja en Munich y emprende el mismo derrotero de unos meses atr?s, para llegar al pueblito de Rumania. Se alquila el mismo motor-home. Maneja hablando solo. Tarda ocho d?as en arribar al ex?tico punto geogr?fico donde se inici? su amor.
La piernas se le aflojan y, con cortos pasos de pato, lentamente se acerca al local de donde escapan los ecos de un canto gregoriano con corre?ta que patina.
Adentro se agarra una mesa. Sus ojos se clavan en el mantel y su mano sacude miguitas que no existen. Teme buscar alrededor. Espera que su coraz?n calme el zapateo y que ella venga y se le abalance. Se pefum? hasta las ingles. Los kilos de menos le dan ahora ademanes m?s agiles pero medio exagerados. Una voz que no es la de ella le pregunta qu? se sirve. Don H?ctor sabe escuchar y responder en este nuevo idioma. Se pide una milanesa pero que sea bien sequita. La moza se va para el hondo pidiendo a gritos unos calamaretis en salsa octubre. El no se mosquea, los calamaretis le encantan. Primero levanta un ojo y luego otro. Se dice en voz alta que Eubeba debe estar de franco. Le agarra un mareo, se llama a la calma pero su cabeza no responde y gira cada vez m?s r?pido. Teme, con raz?n, pedir una aspirina en su nuevo idioma. Se levanta y va hacia la cajera. Describe a Eubeba y ah? se entera que eso es su nombre.
Parece que no trabaja m?s ah?, que la echaron, que molestaba a los clientes que ven?an de afuera. Tiene que insistir para que de mala gana, al final, le cuenten donde est?. Se fu? a Bulgaria, a Sofia, o como se dice en rumano, Baasofia. Vuelve a la mesa con el papelito donde con letra indescifrable le anotaron la direcci?n. Lo arruga en su pu?o con un nudo en la garganta y se manya los pulpitos casi sin masticarlos.
Observa el lugar con nostalgia que se transforma paulatinamente en tranquilidad, en la certeza de que el amor al fin vencer?.
Se monta al ferry. Cruza la frontera. De un tir?n se hace los escarpados doscientos once kil?metros hasta la capital b?lgara.
All? todo est? escrito en cir?lico. Venti?n grados bajo cero. Calles desiertas cubiertas de nieve. Elige un hotelito no tan barato. En la recepci?n le dan dos lamparitas. Una para la habitaci?n y otra para el ba?o. Tienen pintado un n?mero con esmalte. Parecen ser las lamparitas veintiocho y la setenta y uno. Si las quema o las rompe salen m?s caras que la habitaci?n.
Se toma el tiempo. Se pega una ducha de agua amarronada y encuentra al fin la perilla para prender el televisor marca Vostok. Envuelto en su batita de toalla marca lentamente el n?mero de Eubeba. Cuando atiende del otro lado se produce una conversaci?n que debo traducir del correcto rumano de la se?orita y el chapuceado milonguear de don H?ctor.
- Buenas tardes.
- S?, quimiera parlare con se?orrita Eubeba Marinescu.
- S?, soy yo.
- ?Ti ricordas di mua...?
- No, no s?, ?qui?n es usted?
- Sei hombron meso canuso tu mano besare di mua en Carisma ristorante.
- T?...
- Sorpresa, sorpresa. Aqu? mu estoy por ti regresando.
Del otro lado cuelgan.
A don H?ctor le baja la presi?n y es como que una sopapa le chupa el pecho.
Si no se mueve se va a desmayar. Entra a caminar respirando hondo alrededor de la cama. Los pensamientos se les empujan unos a otros. No sabe qu? hacer. Todo tiene que ser una confusi?n. El destino no puede ser tan cruel. El amor que habitaba en su coraz?n no pod?a corta su camino s?bitamente en aquel precipicio aterrador. ?Llamar de vuelta? ?Hablar? peor rumano de lo que me imagino? ?Se habr? casado? Se pone el abrigo y sale corriendo de aquella habitaci?n que empieza a oler a flores muertas.
Camina por calles desconocidas, inh?spitas, que parecen re?rsele en la cara y no puede calmarse. Cada vidrierita, farol, aviso peatonal con esas letras raras devuelven los fr?giles gestos de ese amor imposible. Todo tiene que ver con ella. No puede tenerle bronca. Se le da por pensar que Eubeba necesita ayuda. Que todo el asunto debe tener una conexi?n pol?tica.
Callejuelas vac?as cubiertas de blanco contrastan con el cielo p?rpura amenazante de la s?bita noche invernal.
Vuelve al hotel.
La recepcionista, ab?lica, le ofrece un peri?dico jerogl?fico junto a un papelito con un mensaje en cir?lico. No se entienden. Desesperadamente ?l trata de saber si es ella quien lo llam?. En Sof?a no hay muchos hoteles. ?Habr? investigado uno por uno? ?Pero por qui?n pregunt?? ?Por hombron canuso sorpresa sorpresa? ?Qu? otra persona pod?a dejarle un mensaje? En la Argentina nadie sab?a d?nde iba a parar. Desaga?it?ndose, suplica a la coleccionista de bombitas el?ctricas que le tire una ayudita. Pela billetes, y ah? la nami, con las manos, contonea en el aire las caderas de una mujer. Listo. Tiene que ser ella. Se atrinchera en su cuarto d?ndose a la espera. En la tele no se entiende un carajo. Hay tres canales, elige el que pasa un ballet. Con el fantasma de la recepci?n hay como doscientas bailarinas en escena.
Don H?ctor chilla su dolor.
Le salen de adentro ruiditos de sufrimiento. A la una de la ma?ana suena el tel?fono.
- Hola.
- Habla Eubeba.
- S?, ser mua, qu? pas? a ti, colgate.
- Disculpame, me agarraste de sorpresa.
- Comprimo.
- Pens? que era una broma.
- Chiquirita zonza...
- ?De d?nde eres?
- Io suono aryentain.
- Tan lejos...
- Yes.
- ?Viniste por mi?
- Por qui altra... cusita di mua.
- No te entiendo bien, ?d?nde aprendiste a hablar rumano?
- Pitman scola do parla.
- ?Qu? dec?s, te sent?s bien?
- Alora mejore qui dopo.
- Tengo una amiga que habla espa?ol, tal vez nos pueda ayudar.
- Parla no problemis. Lingua di uni...
- No te entiendo. Llamo ma?ana.
- Dormi trancuila. Qui so?e con los angelotis.

Se duerme m?s sereno. Una pesadilla no tarda en sacudirlo. De ella se despierta gritando en la oscuridad y manoteando la almohada de al lado que llama amor de mi vida.
A la ma?ana lo despierta un golpe en la puerta. Se envuelve con la colcha y parece una virgencita de Luj?n gigante. Abre y se la encuentra a Eubeba parada ah? con un enorme ramo de flores. Ella se sorprende y es como que le cuesta reconocerlo. El se queda, gracias a Dios, sin palabras. Sonr?e y se aplasta los canusos mechones. Ella mira hacia ambos lados del pasillo y con expresi?n desesperada murmura:
- Ten?a que verte. Tienes que ayudarme.
Don H?ctor la hace pasar. Se mete en el ba?o tratando de encender la bombita que explota por telekineis. Eubeba escucha la explosi?n desde el dormitorio y golpea a la puerta, desesperada.
- Abre, abre, ?qu? has hecho?
- Pum pum bombilla.
Eubeba se lleva la mano al pecho y sonr?e aliviada. Sola en el cuarto, parece que se le da por espiar las pertenencias de su pretendiente. Descubre en la mesa de luz su propia foto en la que est? tom?ndole la mano al hombre. Don H?ctor sale m?s peinadito. Enfrenta la espalda de la joven, con las manitos cruzadas atr?s, se qued? pegada a ese rectangulito de cart?n con su imagen. No se mueve. Se lleva un dedo a la boquita y se lo chupa. En su timidez, el pr?ncipe teme distraera la doncella de zapatitos blancos y carterita haciendo juego pasada de moda. Ella se despierta, su cuerpo vibra levemente, gira y descubre a H?ctor detr?s de su hombro.
- ?Esto eras vos?
Don H?ctor no entiende y piensa que es debido al fuerte acento de los dialectos de la regi?n draculiana.
- Me pudr?a reputir la cuestioni.
- No, nada.
Ella sonr?e y se ondula d?ndose br?os, como una actriz lista a salir de escena nuevamente.
- Ahora s? que est?s lindo, qu? bien te peinaste.
Don H?ctor desv?a sus ojos a la alfombra como si hubiera perdido algo.
- ?Qui cosa ti giusta di mua, Eubeba?
Ella se acerca y abraza a nuestro lungo compa?ero, escondiendo su carita, ahora sollozante, en su peludo pecho por entre la bata abierta.
- No m?s palabras, mi tesoro. Al fin estamos juntos.
- Ven? senterte porquito ac? camita.
M?s que sentarse se reclinan, se acuestan, hacen el amor. Tiembla la cama y la mesita de luz, volteando la fotito que del otro lado tiene anotado, as? nom?s, dos n?meros de tel?fono de la embajada rumana en Buenos Aires y una nota que dice: ?Esta foto pertenece al Sr. H?ctor Lasota domiciliado en tal y tal con n?mero de tel?fono este y aquel, de ser extraviada se ruega su devoluci?n. Ser? recompensado. No tiene valor comercial, s?lo afectivo para su due?o. Desde ya muchas gracias y que Dios lo bendiga?.

La Eubeba le dice que en los meses que no se vieron muchas cosas cambiaron. Conoci? a un se?or ingl?s de plata que le ofreci? casarse y llevarsela.
Ella no preve?a su regreso. Ella quer?a rajarse de su pa?s. Para eso necesitaba casarse con alguien que pudiera pagarle al Estado el dinero invertido en su educaci?n. Era tarde, la boda estaba fechada para dentro de dos semanas. Cuando hombron canuso llamare prima volta ella lo ten?a al lado al otro. Por eso colg?.
Eubeba se despide dolorida dej?ndolo solo y con una lamparita menos. Don H?ctor llora y piensa en suicidarse. No resiste la verg?enza de volver a la Argentina sin novias y sin cuchillos. El tiempo se detiene a su alrededor. Pone la fotito en su mesa de luz. Concentra la mirada en la inocente sonrisa que no bes? a tiempo, la agarra y la destruye en pedazos con las manos. Suena el tel?fono.
- ?El se?or H?ctor?
- ?Qui?n habla?
- Soy una amiga de la se?orita Eubeba. No acostumbro hacer estas cosas, pero al verla destrozada me veo obligada a acceder.
- ?Al fin, alguien que habla espa?ol!
- S?, por eso Eubeba me eligi?. Mi padre es diplom?tico, somos chilenos.
- Mire, se?orita, para mi la situaci?n es tan terrible como para ella. Disc?lpeme si se me quiebra la voz, pero le confeso que estoy desesperado. Yo la quiero mucho...
- Me imagino, c?lmese, tute?monos.
- Gracias, che, necesitaba hablar con alguien.
- Para eso llamo, para que nos reunamos. Eubeba me pidi? que los tres vayamos a cenar, y yo pueda hacerles de int?rprete; su dominio del rumano parece ser un poco precario.
- No s?, a mi en el curso me dijeron que andaba fenomeno.
- Suele pasr, son idiomas dificiles de chequear.
?Cu?ndo es la cita?
- Esta misma noche. El asunto es delicado. No tenemos tiempo que perder.
- S?, s?, d?nde, ?d?nde nos vemos?
- Usted conoce la perspectiva Swrchytznsvibtresky?
- ?La cu?l?

Una peque?a brasserie con paredes de madera. Adentro hace calor. Don H?ctor se saca el gamul?n, el su?ter y, en el ba?o, hasta la camiseta de frisa.
Lleg? temprano. No se aguanta la espera. Pide un trago en una mesita che eligi?, redondita, con mantel a cuadritos blanco y rojo.
A ese lugar debe ir a cenar la peque?a aristocracia b?lgara, los j?rarcas del partido, las familias como la de esta mina traductora que parecen ser diplom?ticos. El c?lido restaurante le hace volver la sangre al cuerpo. Las mesas est?n divididas en cabinitas tipo reservados.
La m?sica no resbala y est? ajustada a un volumen ?ptimo. Se la escucha s?lo en los momentos en que uno deja de pensar.
Entre columnitas de madera, Don H?ctor advierte en el reflejo de un espejo que las chicas llegaron. Se est?n sacando los abrigos y la amiga traductore es un poco m?s alta que Eubeba; tiene cabello obscuro, ademanes medio remilgados y chucher?as colgadas que brillan. Una mesera las acompa?a. Se presentan. La traductora se llama Silvia. El marco de sus lentes debe salir un fangote de guita. Perezosamente se podr?a decir que es t?mida, pero no es m?s que afectadamente distante. Tras unos minutos de besos, formalidades, traducciones del men?, sonrisitas y carraspeos, van al grano.
Eubeba habla bajito y casi en la oreja de su amiga. Retuerce la servilleta y se la pasa mordi?ndose el labio inferior. Su respiraci?n es irregular. Las comas en sus frases caen en cualquier palabra, s?lo las usa para frenar las ganas de llorar. Silvia pone voz de frecuencia modulada y transcribe cl?nicamente a su representada.
- Ella dice que a este se?or lo conoci? cuando lleg? a Sof?a. Que le parece un hombre simp?tico, aunque es un poco grande de edad.
- ?Qu? edad?
Eubeba se acerca todav?a m?s a la oreja de Silvia.
- Dice que cumple setenta y uno el d?a de la indipendencia del Congo, o sea en escasas dos semanas.
- ?Tanto?
- Dice que se parece al padre. Que ac?, los b?lgaros maltratan a las mujeres tanto o m?s que los rumanos. En cambio, cuando le presentan a Pierson descubre en sus ojos una nueva clase de ternura.
- ?Pierson es el qu?a?
- No, el abogado penalista.
- ?Retirado?
Eubeba mueve en no la cabeza, Silvia dice que no y mira alarmada a su amiga, que empieza a revolver cosas adentro su carterita. Ambas se ponen a discutir en b?lgaro, dej?ndolo afuera a H?ctor.
- Mire, yo le aclaro que solamente repito lo que Eubeba me dice, ahora quiere mostrarle la foto de su prometido...
Se la pasan de mano en mano hasta que llega a hombron canuso. La fotito es un poco m?s grande que una de carnet, y el tipo es un peladito con barbita a lo Satan?s con cara redondita y ojitos de yo no fui.
- ?Para qu? me muestran esto? ?Para qu? me lo mostr?s Eubeba?
Eubeba parece que empieza a hablar en b?lgaro y el damnificado ahora s? que no entiende ni jota.
- Se la muestra porque en Rumania existe la costumbre ancestral, de la regi?n de los C?rpatos, que dice m?s o menos, c?mo le podr?a decir... ?Cornudo consciente, cornudo el otro?. Si bien no es tan as?, es muy dificil encontrar una traducci?n equivalente, la cosa es que yo no s? si la conoce, pero esta cultura es medio extra?a.
- Yo lo ?nico que s? es lo del Conde Dr?cula y eso de chupar la sangre.
- Claro, ah? tiene, eso es m?s de la parte Este, de donde ella viene, los rituales son un poco distintos.
- ?Qu? te chupan? Digo, ?cuales son las diferencias folkl?ricas?
Don H?ctor ingiere, por los nervios, una desacostumbrada cantidad de Bizon-vodka de sesenta y un grados. Medio que se le escapa el desatinado humor. La situaci?n es rid?cula, y ?l pretende ocultarle, a esta nueva se?orita, su ?ntima desesperaci?n, a trav?s de bocadillos fr?volos y medio cheroncas.
- Son m?s religiosos. Mire, entre nosotros, mucho m?s retrasados.
- Retrasado me siento yo en esta situaci?n. Tom? la foto, que no se le arrugue.
Eubeba empieza a dictarle a su amiga un largo p?rrafo. En el medio el llanto la vence. Silvia dice que no con la cabeza, se niega fervientemente a traducir el nuevo speech. Eubeba insiste, toma de los brazos a su amiga y la sacude, la besa, le pone las manos como que reza. Al final Silvia se baja medio trago de un sorbo, se pone la mano en la gargante, respira hondo y, sin mirar a don H?ctor, es ahora ella la que empieza a jugar con la servilleta.
- Mire, H?ctor, no s? si debo traducirle lo que acabo de escuchar. Me cuesta. No estoy acostumbrada a estas cosas.
- Te entiendo, pero dec?me, larg?lo nom?s.
- Ac? la se?orita dice que si usted le ofrece casamiento, ella est? dispuesta a suspender la boda con Pierson.
- Bueno...
- Esto no es todo. Quiere que le prometa que la lleva a la Argentina.
- Bueno...
- S?, pero adem?s tendr?a que pagarle al Estado rumano el equivalente a unos quince mil d?lares, en concepto de educaci?n y servicios sociales que le fueron brindados desde su nacimiento por el gobierno comunista.
- ?Qu??????
- Bueno, esto es lo que me dice ella, no me mire as?, yo qu? tengo que ver.
Don H?ctor cambia la mirada a su estimada y ella haci?ndose eco de cierta mala onda se larga a llorar con tutti y se precipita en carrerilla hacia el ba?o.
- Pobrecita, es tan dificil para ella.
- Pero esto, ?no hay, digo, otra manera de arreglarlo?
Silvia sonr?e trat?ndolo de p?rvulo.
- Mi querido amigo, tendr?a que haberse asesorado antes.
- Pero usted no es de... ?Su padre no es embajador de Chile?
- S?, pero eso no tiene nada que ver.
- Pero con quince mil d?lares uno se compra dos casas en la Argentina.
- Ac? ocho, en Chile seis.
- Se ve que ya estuviste calculando...
- Y s?. ?Hace mucho que ustedes se conocen?
- Bastante, ?ella no te cont??
- No, no hubo tiempo. Me llam? esta tarde. En la embajada le tomamos cari?o desde que se desmay?.
- ?Cu?ndo?
- Se ven?a todos los d?as a ver si le d?bamos asilo pol?tico. Una ma?ana le agarr? aquello.
- ?Qu? cosa le agarr?...?
- Y, el problemita que tiene, la epilepsia.
- Ah, yo cre?a que era otra cosa.
Don H?ctor trata de disimular su terror a ser mordido ah? abajo. Un reflejo le junta las piernas. Se las cubre con la servilleta.
- Qu? vida esta chica...
- S?, qu? vida. ?Usted sabe todo sobre Eubeba?
- ?Lo de la madre dice?
- No, s?, no... ?Qu??
- Tuvo sus razones para matarla, ?no le parece?
- Pe...Po... por supuesto.
- ?Prostituirla desde los once a?os...!
- Po... Pros... Nos...
- Le arruin? la vida. Usted la conoci? en Rumania, ?no?
- S?, en el restaurante.
- Fueron a un restaurante.
- No, en el restaurante en el que ella trabajaba, ?no es cierto?
- Ella no trabajaba all?, espere... ?Ah!, perd?neme, usted quiere decir la c?rcel.
- ?Qu? caca, qu? cac?rcel...?
- La c?rcel modelo de Zurpete. ?No sab?a usted?
- No, el lugar se llamaba Carisma, ten?an unos trajecitos...
- S?, los uniformes, terrible... La sacaron de la hero?na, pero no por eso estoy de acuerdo con los m?todos que emplean.
- A nosotros nos llev? el cartero.
- ?Qu? cartero?
- Uno con uniforme celestito, con un gorrito con una banda dorada y la hoz y el martillo.
- Ah, entiendo, a los guardiac?rceles en lunfardo ustedes los llaman carteros. Mejor voy al ba?o, a ver si le agarr? otro ataque, est? tardando mucho.
Silvia se levanta preocupada, llev?ndose la cuchara de sopa, por si tiene que apretarle la lengua a Eubeba para que no se la muerda.
Don H?ctor mira para todos lados y, directamente, agarra la botella de vodka y entra a chupar del pico. Amaga irse, pero lo descubren las chicas regresando, dej?ndole el gesto de incorporarse en el aire como un adem?n de caballero. Les acomoda las sillas a las dos, y se vuelve a sentar moviendo la carita, sonriente como un perrito de juguete en la luneta trasera de un auto.
- Eubeba me dijo, en el ba?o, que entiende lo dificil que debe ser para usted la situaci?n.
- No, para nada. Peor es la muerte.
Eubeba sonr?e. Don H?ctor trata de encontrale el costado positivo al asunto. Por lo menos, as?, no tendr?a suegra. Llega la comida y la charla se camufla de gastron?mica.
- Ac? se come mejor que all?, ?no, H?ctor?
- ?Qu?? ?En d?nde, en la Argentina?
- No, digo en el restaurante que la parroquia les puso en Zurpete a las reclusas, para juntar plata para la metadona.
Don H?ctor mira al cielorraso como para pedir ayuda, o para bajar algo que se le qued? atravesado en el canarutzo.
- Eubeba pregunta si usted sabe cocinar.
- No.
- Bueno, de todos modos, en Buenos Aires hay un restaurante por cuadra. Ella es mucho de salir y le gusta mucho la carne. ?No es cierto, Eubeba?
Silvia levanta el bife con el tenedor y se lo se?ala a la amiga. Eubeba dice ?da? con la boca llena.
Pens?ndolo bien, bajos las circumstancias, la traductore est? bastante fuerte, el noble coraz?n de don H?ctor extra?a con nostalgia la forma de ser latinoamericana. Silvia se distiende y le sonr?e.
- Cuando Eubeba me cont? el idilio de ustedes, a mi me agarr? como envidia. Usted es muy rom?ntico, ?no?
- S?, pero la vida es dura.
Eubeba escucha esta palabra e interviene haci?ndose la graciosa.
- Duran duran hombron canuso...
- Se ve que ella lo quiere, ?eh? No le saca los ojos de encima. Lo que usted podr?a hacer es quedarse a vivir ac?.
- ?Ac?, yo, y qu? corno ago?
- Y, con los quince mil d?lares que se ahorran, ac? se dan una vida de reyes. Se pueden poner un restaurante.
- O una c?rcel...
- Perd?n, no le escuch?.
- Digo que ac? escasean los restaurantes.
- Este es el mejor. El m?s rom?ntico. ?Siempre us? bigote usted...?

? Alejandro Agresti -?La sonrisa no basta?
Buenos Aires 1997

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Italiano:http://www.thetqr.org/Archivio/TQR%2016%20it/eub.html


Tags: alejandro dolina, la sonrisa no basta, El arte del encuentro

Publicado por carmenlobo @ 10:44  | Literatura
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