Jueves, 24 de junio de 2010

Alejandro Dolina: Vals del Duende


En el barrio de Flores siempre se sinti? admiraci?n por las renuncias. La gente distinguida apreciaba como muestra de buen gusto el rechazo de honores, dignidades, premios y cargos p?blicos.
Durante mucho tiempo no existieron recomandaciones escritas al respecto. Ninguno de los autores del barrio se ocup? del asunto para clasificarlo y ordenarlo.
Los Hombres Sensibles se limitaban a aplaudir cada renuncia, sin detenerse a meditar el car?cter ?tico o est?tico de los gestos individuales. De cualquier manera, ya se sabe que los muchachos del Angel Gris confund?an casi siempre lo bueno con lo hermoso y verdadero. No es extra?o encontrar en sus textos referencias a teoremas canallescos, flores mentirosas y corajes vistosos. Nadie puede sospechar que esta adjetivaciones se propusieran el asombro: eran la expresi?n cabal de hombres a quienes las propiedades del bismuto solian parecerles una compadrada.
Este caos inicial del espiritu renunciante dura hasta la aparici?n de una peque?a antolog?a realizada por Manuel Mandeb. Se titulaba Ni a?n me lo pidan de rodillas y consist?a - como ya puede adivinarse - en una colecci?n de renuncias memorables. El libro comienza con una del propio Mandeb, que no tiene fecha y que reviste la forma literaria del telegrama. Los glosadores se inclinan a creer que su texto original fue mucho m?s breve que el que figura en la antolog?a. Y en realidad es muy probable que el autor haya querido amenguar los estragos que las tarifas del correo suele hacer en el estilo literario de sus clientes.
Al parecer, Manuel Mandeb expone en esta pieza su decisi?n de declinar el cargo de cadete en la Farmacia Ghigliotti de Caseros, a causa de graves desinteligencias filos?ficas y empresarias con la conducci?n de la firma.
Siguen a ?sta veintenueve renuncias de toda indole.
Merece destacarse la n?mero doce, suscripta por el doctor Angel D. Molina Acosta y dirigida al administrador del edificio en el que viv?a, con copia a cada uno de los copropietarios. En realidad es el anuncio de la inminente mudanza del doctor Molina Acosta, pero al hombre se le antojaba esta actitud como una renuncia a su car?cter de inquilino.
Vale la pena transcribir la n?mero veinte, aunque no sea por su brevedad:
?Yo no me llamo cincuenta pesos?.
Firmado: Ram?n.
La antolog?a de Mandeb es de lo peor que ha escrito el pol?grafo ?rabe. Pero sus consecuenciasd fueron notables. Su lectura despert? en muchas personas la conciencia de una vocaci?n renunciante. Y los m?s emprendedores comprendieron las ventajas de reunirse y asociarse, para brindarse mutuo apoyo, para esclarecer puntos oscuros y para difundir la doctrina en los barrios b?rbaros.
As? nace la Sociedad de Renunciantes de Flores.
Los maliciosos afirman que esta gente pasaba la mitad del tiempo eligiendo presidentes y la otra mitas considerando sus renuncias. Esto es casi cierto, pero no puede negarse que han dejado una serie de pensamientos muy interesantes, especialmente en estos tiempo, en los que nadie renuncia a nada.
Todo socio o simpatizante de la entidad ten?a como obligaci?n principal la de hacer obra para merecer algo. Muchos emprend?an carreras univeritarias, otros trabajaban durante a?os en casas de comercio, los menos elig?an el camino del arte.
En alg?n momento el tes?n o el talento eran reconocidos. Y ah? empezaba la verdadera tarea: rechazar ese reconocimiento. Los m?dicos renunciaban a su t?tulo. Los amanuenses a su ascenso. Los artistas al renombre. De este modo, la culminaci?n de los esfuerzos de toda la vida consist?a en renunciar a la recompensa.
Semejante postura espiritual deb?a ir acompa?ada en todos los casos por una conducta digna y humilde. Los renunciantes jam?s se dejaban tentar por la notoriedad. Iban siempre a menos. Si por su mente cruzaba un argumento feliz para refutar a alg?n pedante, se lo guardaban. Muchas veces pasaban por cobardes, sobr?ndoles cuero para ser corajudos. No cobraban los billetes premiados y se iban al mazo con el as de bastos.
Como ocurre siempre con las grandes corrientes filos?ficas, no tardaron en aparecer heresiarcas.
El primer problema que se present? era bastante previsible: muchos socios que se empe?aban en tareas cicl?peas llegaban al final del camino sin que nadie les ofreciera gratificaci?n alguna. Mandeb y otros ortodoxos sostuvieron que la verdadera renuncia es anterior al premio, debe yacer en el espiritu y no necesita hacerse manifiesta.
Pero esto era demasiado para algunos afiliados no del todo fuertes. Y as?, muchos apresurados empezaron a renunciar p?blicamente a distinciones que nadie les hab?a ofrecido.
En 1967, el arquitecto Mario Cuenca, que ya no era joven y que nunca hab?a sobresalido, se permiti? renunciar anticipadamente a su nominaci?n como uno de los diez jovenes sobresalientes del a?o. Su carta caus? sorpresa entre los funcionarios, que ni siquiera lo conoc?an. Cuenca no recibi? ni el m?dico halago de la aceptaci?n de su renuncia.
Sin embargo, su ejemplo hizo escuela. Muy pronto los socios de la agrupaci?n dejaron de hacer m?ritos para dedicarse tan s?lo a renunciar.
La fundaci?n Nobel, el Circulo de Periodistas Deportivos, las academias y los colegios recib?an docenas de notas firmadas por los hombres de Flores, deseosos de rechazar cualquier eventual medalla.
Ya se puede uno imaginar el catastr?fico efecto de este nuevo criterio.
Gandules que renunciaban a empleos que no ten?an. Galanes que romp?an con novias ajenas. Indoctos que rechazaban c?tedras inalcanzables.
Parele?lamente, la proverbial dignidad de los renunciantes se fue deteriorando. Empezaron a aparecer falsos virtuosos que se jactaban de resistir tentaciones que no sent?an. Y eso - come bien lo afirma Mandeb - no costituye en verdad haza?a ninguna. Leamos el pensador de Flores.
?La virtud no consiste en privarse de lo que a uno no le gusta. ?Qu? m?rito representa el no tomar guindado si uno detesta esa bebida? El verdadero virtuoso es aquel que a todas horas siente deseos de tomar guindado y no lo hace. Por eso, cuanto mayor sea el n?mero de tentaciones que nos acechen, m?s grande ser? tambi?n nuestra ocasi?n de ejercer la virtud. Un hombre sin tentaciones jam?s podr? ser santo.?
Hay que aclarar que ni Manuel Mandeb, ni la mayor?a de los Hombres Sensibles de Flores pertenecieron a la Sociedad de Renunciantes de un modo efectivo. Miraron con simpatia las actividades del grupo y sufrieron ante su decadencia.
Con los a?os, las ramas her?ticas fueron multiplic?ndose. Unos atorrantes de la calle Mor?n dec?an haber renunciado a la renuncia. No se privaban entonces de nada: se entregaban a los placeres m?s guarangos y de yapa de jactaban de su alta condici?n moral. ?Nada nos gustar?a m?s que renunciar al juego, al alcohol, a los lupanares y al dulce de leche. Pero hemos renunciado a renunciar.?
Un grupo de esteticistas de la avenida Gaona entend?a la renuncia como una de las artes literarias. De este modo nace la renuncia-ficci?n, g?nero que ?nicamente exige la redacci?n de un texto, sin que esto implique el abandono de nada. Hay que reconocer que algunas obras surgidas de este cen?culo son primorosas.
Las hubo melanc?licas, apasionadas y hasta versificadas, como ?sta que transcribimos:

?Informo con la presente
que a partir de este momento
al cargo que yo detento
renuncio redondamente.
Lo saluda atentamente
Angel Natalio Formento.?

Despu?s tambi?n hubo escisiones entre los literarrios y los m?s recalcitrantes se condenaron al silencio.
Otras manifestaciones art?sticas tuvieron lugar en la calle Pedernera, donde se cantaban canciones de renuncia, aunque los cantores gustaban de hacerse rogar durante horas.
Pintores renunciantes parece que no existieron, aunque ciertos cr?ticos cre?an ver en los cuadros del famoso pl?stico Lucio Cantini una especie de renuncia, aunque no acertaban a explicarse en qu? consist?a.
El ?ltimo y tal vez m?s agudo de los sectores disidentes fue el de la calle Boyoc?, que sosten?a que cualquier conducta lleva impl?cita una renuncia a otra conducta posible. El que se dirige al norte ha renunciado al Sur, al Este y al Oeste. El que toma mate amargo ha renunciado al az?car y el que lo toma dulce ha renunciado a la amargura. Vivimos renunciando, aunque no lo sepamos.
Como puede verse, la intenci?n primitiva hab?a quedado muy lejos. El demasiado an?lisis condujo a los neorrenunciantes hacia el lado de los tomates.
hoy, los estrictos consejos morales de la primera ?poca se nos antojan exagerados.
Pero quiz?s convenga que todos nosotros los examinemos minuciosamente. No est? tan mal renunciar de vez en cuando. La verdadera nobleza consiste en hacer lo que uno debe, sin esperar recompensa ninguna. Tampoco est? mal darle cierta ventaja a la vida. Sespu?s de todo, el que pierda puede alardear aunque pierda.
Y una cosa m?s. Si no podemos enorgullecernos de lo que hemos hecho, que nos quede por lo meno el orgullo de lo que no hemos querido hacer.

? Alejandro Dolina -?Cr?nicas del Angel Gris?
Ediciones Colihue, 1986


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Elogio della rinuncia

di Alejandro Dolina

Dopo gli elogi alla disfatta, all'impostura e all'amore impossibile, Alejandro Dolina completa il bouquet curricolare del perfetto Gentiluomo di Sfortuna tessendo le lodi della rinuncia. I molti di noi che non vanno orgogliosi di ci? che hanno fatto nella vita, potranno qui trovare una comoda scappatoia per potersi finalmente vantare di ci? che, a nostro dire, non abbiamo voluto fare.

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Nel barrio di Flores sempre si sent? ammirazione per le rinunce. Le persone distinte apprezzavano come dimostrazione di buon gusto il rifiuto di onori, riconoscimenti, premi e cariche pubbliche. Per molto tempo non ci furono al riguardo raccomandazioni scritte. Nessuno nel barrio si sogn? mai di occuparsi della questione per studiarla e classificarla.?
Gli Uomini Sensibili si limitavano ad applaudire ogni rinuncia, senza soffermarsi a riflettere sul carattere etico o estetico dei gesti individuali. Ad ogni modo, ? noto che questi ragazzi hanno spesso confuso il buono con il bello e il vero. Non ? quindi strano trovare nei loro testi dei riferimenti a teoremi canaglieschi, a fiori bugiardi e a vistosi atti di coraggio. E nessuno pu? sospettare che questa aggettivazione si proponesse di suscitare stupore: era semmai l?esatta espressione di uomini a cui le propriet? del bismuto sono sempre sembrate una spacconata.
Quest?iniziale caos dello spirito rinunciatario dura fino all?apparizione di una piccola antologia realizzata da Manuel Mandeb. Si intitolava?Neanche se me lo chiedono in ginocchio?e consisteva - com?? facile indovinare - in una collezione di rinunce memorabili. Il libro comincia con una dello stesso Mandeb, senza data e in forma letteraria di telegramma. I glossatori sono inclini a pensare che il testo originale fosse molto pi? corto di quello che figura nell?antologia. E in realt? ? molto probabile che l?autore avesse voluto attenuare i danni che le tariffe delle poste sono solite produrre nello stile letterario dei loro clienti. A quanto pare, Manuel Mandeb espone in questo pezzo la sua decisione di declinare la carica di fattorino presso la Farmacia Ghigliotti di Caseros, a causa dei gravi disaccordi filosofici e manageriali nella conduzione di tale attivit?.
Seguono a questa ventinove rinunce di tutti i tipi.
Merita una menzione la numero dodici, sottoscritta dal dottor Angel D. Molina Acosta e diretta all?amministratore dell?edificio in cui viveva, con copia a ognuno degli altri proprietari. A dir la verit? ? l?annuncio dell?imminente trasloco del dottor Molina Acosta, il quale, per?, considerava l?evento come una rinuncia al suo carattere di inquilino.
Vale la pena trascrivere anche la numero venti, non fosse altro che per la sua brevit?:
?Io non mi chiamo cinquanta pesos?.
Firmato: Ram?n.
L?antologia di Mandeb ? tra le cose peggiori che il poligrafo arabo abbia scritto. Le sue conseguenze, per?, furono degne di nota. La sua lettura risvegli? in molti una vocazione rinunciante. I pi? intraprendenti compresero i vantaggi di riunirsi e associarsi per donarsi mutuo appoggio, chiarire i punti oscuri e diffondere la dottrina nei quartieri barbari. Nacque cos? la Societ? dei Rinunciatari di Flores.
I maliziosi affermano che questa gente passava met? del tempo a eleggere presidenti e met? a considerare le loro dimissioni. Pu? anche essere vero, ma nemmeno si pu? negare che abbiano lasciato una serie di concetti molto interessanti, specie di questi tempi, in cui nessuno rinuncia ad alcunch?.
Ogni socio o simpatizzante dell?ente aveva come obbligo principale quello di operare allo scopo di meritarsi qualche cosa. Molti cos? si buttarono nella carriera universitaria, altri lavorarono per anni in un negozio, e alcuni scelsero la strada artistica. Prima o poi, la costanza o il talento venivano riconosciuti e l? aveva luogo il vero compito: respingere il riconoscimento. I medici rifiutavano il titolo, gli impiegati la promozione, gli artisti la celebrit?. In questa maniera, il culmine degli sforzi di tutta una vita consisteva nel rinunciare alla ricompensa.
Una simile postura spirituale doveva essere sempre accompagnata da una condotta degna e umile. I rinunciatari non si lasciavano mai tentare dalla notoriet?. Se ne stavano costantemente appiattiti. Se per caso trovavano un argomento risolutivo per sbaragliare un pedante, lo passavano sotto silenzio. Molti li scambiavano per codardi, quando invece avevano troppo fegato per essere coraggiosi. Non incassavano i biglietti vincenti e se ne andavano al mazzo con l?asso di briscola.
Come sempre capita nelle grandi correnti filosofiche, non tardarono ad apparire degli eresiarchi.
Il primo problema che si present? era abbastanza prevedibile: molti soci che si erano impegnati in imprese ciclopiche arrivavano alla fine della strada senza che nessuno gli offrisse alcuna gratificazione. Mandeb e altri ortodossi sostennero che la vera rinuncia ? anteriore al premio, quindi deve starsene racchiusa nello spirito e non ha bisogno rendersi manifesta. Ma questo era un po? troppo per gli affiliati dall?animo non del tutto forte. E cos? alcuni frettolosi cominciarono a rinunciare pubblicamente a distinzioni che nessuno gli aveva offerto.
Nel 1967, l?architetto Mario Cuenca, che gi? non era pi? un giovanotto e mai era riuscito a farsi notare, si permise di rinunciare anticipatamente alla sua nomination come uno dei dieci giovani promettenti dell?anno. La sua lettera produsse sorpresa tra i funzionari, che peraltro non lo conoscevano. Cuenca non ricevette nemmeno la modica soddisfazione del cenno di riscontro alla sua rinuncia.
Ci? nonostante, il suo esempio fece scuola. Ben presto i membri dell?associazione smisero di perseguire il merito per dedicarsi esclusivamente a rinunciare.
La fondazione Nobel, il Circolo dei Giornalisti Sportivi, le accademie e i licei ricevevano dozzine di lettere firmate dagli abitanti di Flores desiderosi di respingere qualunque eventuale medaglia.
E? facile immaginare il catastrofico risultato di questo nuovo criterio: scansafatiche che rinunciavano a lavori che non avevano, rubacuori che rompevano con fidanzate altrui, ignoranti che rinunciavano a cattedre irraggiungibili.
Parallelamente, la proverbiale dignit? dei Rinunciatari cominci? a deteriorarsi. Spuntarono dei falsi virtuosi che si vantavano di resistere a tentazioni che non sentivano. E questo - come afferma chiaramente Mandeb - non ? quel che si dice una gran impresa. Leggiamo cosa scrive il pensatore di Flores.
?La virt? non consiste nel privarsi di ci? che non ci piace. Che merito pu? avere astenersi dal bere tamarindo, se uno detesta questa bibita? Il vero virtuoso ? colui che a tutte le ore desidera bere tamarindo e non lo fa. Per questo, pi? grande ? il numero di tentazioni che ci assediano e pi? numerose saranno le occasioni per esercitare la virt?. Un uomo senza tentazioni non diventer? mai santo.?
E? doveroso per? chiarire che n? Manuel Mandeb, n? la maggior parte degli Uomini Sensibili di Flores, parteciparono alla Societ? dei Rinunciatari in modo effettivo. Guardarono con simpatia, questo s?, alle attivit? del gruppo e soffrirono della sua decadenza.
Con gli anni, le deviazioni eretiche si vennero moltiplicando. Alcuni perdigiorno della calle Mor?n dicevano di aver rinunciato alla rinuncia. Dunque non si privavano di nulla: si abbandonavano ai piaceri pi? grossolani e in pi? si vantavano anche della loro alta condizione morale: ?Non c?? niente che ci piacerebbe di pi? che rinunciare al gioco d?azzardo, all?alcol, ai bordelli e al dulce de leche. Ma purtroppo abbiamo rinunciato a rinunciare.?
Un pugno di esteti della avenida Gaona interpret? la rinuncia come una branca della letteratura. Nacque cos? la rinuncia di finzione, genere che esige soltanto la redazione di un testo, senza che ci? implichi abbandono alcuno. Bisogna riconoscere che alcune opere generate da questo cenacolo sono di squisita fattura. Ce ne furono di malinconiche, di appassionate e persino di messe in rima, come quella che trascriviamo qui sotto:

?Informo con la presente
che a partir da adesso
alla carica in mio possesso
io rinuncio assolutamente.?
La saluta con attenzione
Angelo Natale Ansalone.?

In seguito ci furono delle scissioni anche tra i letterati e i pi? recalcitranti si condannarono al silenzio.
Altre manifestazioni artistiche ebbero luogo nella calle Pedernera, dove si cantavano canzoni di rinuncia, nonostante ai cantanti piacesse farsi pregare per delle ore.
Di pittori rinuncianti nessuno sembra ricordarsi, anche se alcuni critici credettero di vedere nei quadri del famoso artista plastico Lucio Cantini qualche tocco di rinuncia qua e l?, pur non sapendo spiegarne la motivazione.
L?ultimo e probabilmente il pi? acuto dei settori dissidenti fu quello della calle Boyoc?, che sosteneva che ogni condotta implicitamente contiene la rinuncia a un?altra condotta possibile. Chi si dirige al nord rinuncia nel contempo al sud, all?est e all?ovest. Chi beve il mate amaro, rinuncia allo zucchero; chi lo beve dolce, rinuncia all?amarezza. Viviamo rinunciando, anche se non lo sappiamo.
Come si pu? vedere, l?intenzione primigenia si ? fatta molto lontana. La troppa analisi condusse i Neo-Rinunciatari a sfiorare il paradosso. Oggi, le severe regole morali della prima epoca ci sembrano esagerate. Per? forse ? meglio dargli un?occhiata pi? approfondita. Non ? poi cos? male rinunciare a qualcosa di tanto in tanto. Le vera nobilt? d?animo ? nel fare ci? che si deve senza aspettarsi ricompense. E non ? neanche male dare alla vita un certo vantaggio. Dopo tutto, chi perde potr? sempre stimarsi della sconfitta. E una cosa ancora. Se non possiamo andare orgogliosi di quel che abbiamo fatto, ci rimanga perlomeno l?orgoglio di quello che non abbiamo voluto fare.

? Alejandro Dolina -?Cronicas del Angel Gris
trad. Jean Fajean



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Tags: Vals del duende, Alejandro Dolina

Publicado por carmenlobo @ 10:46  | Dolina, Alejandro
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