Domingo, 27 de junio de 2010

Qu? repel?s me dan los talibanes, pardiez. Incluso ??ramos?pocos y pari? la abuela arquitecta? los que trabajan sobre una mesa de dise?o y tienen un diploma colgado en la pared. Recuerdo, y supongo que ustedes tambi?n, cuando Madrid era una ciudad para caminar por ella, sentarse en sus plazas y tomar el pulso a la calle y la vida. Qu? tiempos. En algunos lugares, incluso, hab?a ?rboles. En vez de eso, los espacios abiertos que hoy se ofrecen a quien se mueve por la capital de Espa?a son ?ridas superficies pavimentadas, suelos extensos de piedra seca y dura, plazas desprovistas de sitios para sentarse, explanadas hostiles sin sombra ni resguardo: simples lugares de paso concebidos para que el transe?nte circule sin detenerse, neg?ndole todo descanso o comodidad. Remodelaci?n del espacio urbano, lo llaman. Adecuaci?n a los nuevos tiempos. Nuevo concepto de ciudad, y tal. Etc?tera.?

En los ?ltimos a?os, Madrid se ha convertido en descarado?campo de experimentaci?n de la l?nea recta y los espacios desnudos. Todo despojo y simplificaci?n tiene aqu? su asiento. Y su financiaci?n. Con el pretexto de quitar sitio a los veh?culos para d?rselo a los ciudadanos, el ayuntamiento local se ha arrojado, sin pudor, en brazos de los arquitectos radicales, fan?ticos implacables del minimalismo urbano y el concepto de ciudad como gigantesca v?a de paso orillada por locales comerciales, donde la ?nica funci?n del espacio abierto es encauzar masas de compradores de tienda en tienda, con el bar o la cafeter?a como ?nico descanso. Este af?n por convertir al ciudadano en cliente de movimiento continuo, neg?ndole todo reposo gratuito, raya en la infamia. Ausencia absoluta de jardines, llanuras de piedra, inmensos suelos de granito decorado por miles de chicles pegados en ?l. Gente sentada en el suelo, ni un solo banco, alg?n asiento individual aislado, vergonzante. Se?oras embarazadas, personas de edad, caminantes fatigados, turistas al filo de la deshidrataci?n, vagan por esos p?ramos enlosados como hebreos por la pen?nsula del Sina?, sin hallar un punto donde reposar un momento, reponer fuerzas, dar de mamar al ni?o o echar un cigarro. Es, al fin, la ciudad dura, seca y fr?a so?ada por quienes no la habitan, impuesta a la fuerza, sin consultar a nadie, entre cuatro fan?ticos de la desnudez urbana y sus c?mplices municipales encantados de salir en la foto, encandilados como bobos catetos ante los desafueros avalados por la autoridad arrogante, autista, de cualquier firma de prestigio.?

Porque una cosa es cambiar el modelo de ciudad, adecu?ndolo?a los nuevos tiempos, y otra triturar cuanto huela a tradicional, ajustando los espacios urbanos a la dictadura de lo lineal y lo vac?o. El vecino, el transe?nte no apresurado, quien se demora en el paso y la vida, son lo de menos. No cuentan. Y en los sitios m?s afortunados, cuando hay donde sentarse, el paisaje no invita en absoluto: ni una sombra, ni un ?rbol, ni una planta. Hormig?n por todas partes, bloques de granito sin respaldo en lugar de bancos, de manera que a los cinco minutos debes levantarte con los ri?ones hechos cisco. En otros lugares, ni siquiera eso. Si eres joven puedes sentarte en el suelo. Si no, a lo legionario: marcha o muere. Y las explicaciones son de un cinismo delicioso: el mobiliario urbano obstaculiza el paso, facilita el botell?n y permite que se instalen vagabundos y mendigos. Eso lo dice, sin ruborizarse, el Ayuntamiento de una ciudad que es un inmenso botell?n permanente, y donde vagabundos y mendigos venidos de toda Europa, nueva corte hispana de los milagros, acampan por centenares donde les sale del cimbel, lo mismo en mitad de una acera transitad?sima que atestando los soportales de la Plaza Mayor o los pasajes subterr?neos. Una an?cdota final. Cuando la remodelaci?n, hace un par de a?os, de la explanada situada entre el museo del Prado y el claustro de los Jer?nimos, la Real Academia Espa?ola, situada en la esquina con la calle Felipe IV, recibi? una petici?n de los arquitectos responsables y del Ayuntamiento para que ?rboles y arbustos que adornan el jard?n decimon?nico de la Docta Casa fuesen talados o reducidos de tama?o. Porque, cito de memoria, ?romp?an la armon?a y las l?neas limpias de la nueva ordenaci?n urban?stica?. O algo as?. Tan osada e imb?cil petici?n fue discutida en el pleno de los jueves ?entre intensas muestras de hilaridad y choteo de los acad?micos, por cierto?, y la conclusi?n final, resumida en corto y claro, fue que se mandara a los solicitantes a hacer pu?etas. ?Si de armon?a se trata, que planten ?rboles ellos?, dijo alguien. Y all? sigue, orgullosamente intacto. Nuestro peque?o jard?n.


Tags: arturo perez reverte

Publicado por carmenlobo @ 18:36  | P?rez-Reverte, Arturo
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