Domingo, 28 de febrero de 2010


¡La libertad o el amor!
: un título por igual hermoso y sugerente, para una obra original, surreal, divertida, extraña.
Robert Desnos tituló así este enorme poema en prosa dedicado a la fuerza salvaje del amor, entendido como una energía primigenia que dota de verdadero sentido a la vida. Dedicado a la cantante Yvonne George, de la que el autor estuvo enamorado, sus páginas son por igual un reclamo amoroso a la amante esquiva, a la vez que un pasatiempo al que el autor se aplica a la espera de que ese huidizo amor repare por fin en él.

Corsaire Sanglot es el protagonista de esta singular obra. Trasunto del propio Desnos, a veces actúa como un simple enamorado anhelante por unirse a la amada; otras, es un ser cuasi mitológico, investido de raros poderes y al que le acaecen extrañas peripecias. En cualquier caso, siempre es posible vislumbrar entre líneas la silueta de un hombre (escritor) enamorado, sentado ante una cuartilla en la que vierte —Desnos fue un importante representante y experimentador de la escritura automática—, una miríada de pensamientos, historias y recuerdos que giran en torno al júbilo del amor.

Porque ¡La libertad o el amor! no es sino la concreción del destello imaginativo de una mente brillante, fecunda, sin duda única; la expresión de una manera distinta de comprender la realidad. Sobre la grisura de lo cotidiano Desnos tiende un colorido telón, para a continuación disfrazar a los personajes comunes que pueblan el día a día con vistosos trajes: así, convierte a una portera en sirena, funda el Club de los Bebedores de Esperma, o hace que un leopardo legendario se despoje de su piel, voluntaria pero dolorosamente, para que la bella Lousie Lame se confeccione con él un abrigo.

¡La libertad o el amor! es un delirio desencadenado, una narración que parece ir por delante del autor (y esto no es un defecto), quien se limita a dar testimonio de los fuegos de artificio que estallan en su cabeza. Es un viaje sorprendente, donde un paisaje asombroso sucede a otro. Es un alud de imaginación, que crece gracias a su propio movimiento: las frases se encadenan tejiendo historias, las historias se encadenan dibujando el deambular de Corsaire Sanglot por un extraño mundo donde cabe la fantasía, el erotismo y el amor, pero también los anuncios publicitarios, París, la muerte o dios. Un laberinto en el que Desnos actúa como visionario guía.

Levanta la mano y habla. Dice que, a sus espaldas, lleva las treinta esponjas que fueron empapadas con hiel y tendidas a la sed de Cristo. Dice que, desde hace mil novecientos años, esas esponjas han venido sirviendo para lavar a las mujeres fatales, y que poseen la propiedad de volver más diáfanas sus adorables carnes. Dice que esas treinta esponjas han secado muchas lágrimas de dolor y de amor, y que han borrado para siempre el rastro de tantas noches de batallas y muertes. Muestra, una por una, esas esponjas que tocaron los labios del endiablado masoquista. ¡Oh, Cristo!, amante de las esponjas, Corsaire Sanglot, el comerciante y yo, somos los únicos en conocer tu amor por las voluptuosas esponjas, por las tiernas, elásticas y refrescantes esponjas cuyo sabor salado resulta reconfortante para las bocas torturadas por besos sanguinarios y resonantes palabras.

Fuente: http://www.solodelibros.es/24/02/2010/%C2%A1la-libertad-o-el-amor-robert-desnos/




"Yo me complacía contemplando el juego de su abrigo de piel en torno a su cuello, el roce del ribete con las medias de seda, la caricia intuida del forro sedoso en las caderas. De repente constaté la presencia de una cinta blanca alrededor de las pantorrillas. Ésta fue creciendo rápidamente, se deslizó hasta el suelo, y cuando llegué al lugar recogí el bombacho de fina batista. Cabía entero en una mano. Estaba impregnado del olor más íntimo de Louise Lame. Qué fabulosa ballena, qué prodigioso cachalote puede destilar un ámbar más perfumado. Oh pescadores perdidos en los fragmentos de la banquisa, que os dejaríais morir de emoción hasta caer en las olas glaciales cuando, una vez despedazado el monstruo y habiendo recogido cuidadosamente la grasa el aceite y las barbas para hacer corsés y paraguas, descubrís en el vientre abierto el cilindro de materia preciosa. ¡El bombacho de Louise Lame! ¡Qué universo! Cuando volví a mi ser, ella había ganado terreno. Tropezando entre los guantes que ahora se juntaban todos, con la cabeza pesada de tanta embriaguez, la perseguí, guiado por su abrigo de leopardo.
En la Porte Maillot, recogí el vestido negro de seda del que se había desprendido. Desnuda, ahora estaba desnuda bajo su abrigo de piel leonada. El viento de la noche impregnado del olor rugoso que las velas de lino habían recogido en las diferentes costas, impregnado del olor a fuco encallado en las playas y parcialmente reseco, impregnado del humo de las locomotoras que se dirigían a París, impregnado del cálido olor a raíl tras el paso de los grandes expresos, impregnado del olor frágil y penetrante a césped húmedo de los jardines de los castillos dormidos, impregnado del olor al cemento de las iglesias en construcción, el viento pesado de la noche debía de sepultarse debajo del abrigo y acariciar sus caderas y la parte inferior de sus pechos. La fricción del tejido con sus caderas despertaba en ella, sin duda, deseos eróticos mientras andaba por la avenida de Les Acacies con rumbo desconocido. Unos pocos coches iban y venían, la luz de sus faros barría los árboles, el suelo se erizaba en montículos, Louise Lame se apresuraba. Yo distinguía muy claramente la piel de leopardo.
Había sido un animal terriblemente fiero.
Durante años había aterrorizado a toda una comarca. A veces se veía su silueta en un árbol o en una roca, después, al alba siguiente, caravanas de jirafas y de antílopes, camino de los abrevaderos, mostraban a los indígenas una epopeya sangrienta inscrita profundamente con sus garras en los troncos de la selva. Aquello duró varios años. Los cadáveres habrían podido contar, si los cadáveres hablaran, que sus dientes eran blancos y su robusta cola más peligrosa que la cobra, pero los muertos no hablan, los esqueletos aún menos, y todavía menos os esqueletos de jirafa, pues tan graciosos animales eran la presa favorita del leopardo.
Un día de octubre, cuando el cielo empezaba a verdear y asomaban los montes erguidos en el horizonte, vieron al leopardo trepar, desdeñando por una vez los antílopes, los mustangs y las bellas, altivas y rápidas jirafas, a un arbusto de espinas. Durante toda la noche y todo el día siguiente estuvo hecho un ovillo rugiendo. Al salir la luna se había desollado completamente y su piel, intacta, yacía en tierra. Durante todo este tiempo el leopardo no había dejado de crecer. Al salir la luna, alcanzaba la copa e los árboles más altos, y a medianoche ocultaba con su sombra las estrellas.
Extraordinario fue el espectáculo de la marcha del leopardo desollado a través de la campiña sumida en espesas tinieblas por su gigantesca sombra. Arrastraba su piel, más fastuosa que ninguna de las que vistieron los emperadores romanos, ni ellos ni el legionario elegido entre los más hermosos y a quien amaron.
¡Procesiones de enseñas y lictores, procesiones de luciérnagas, ascensiones milagrosas! Nunca hubo otra sorpresa semejante a la marcha de la fiera enfrentada, en cuyo cuerpo se transparentaban las azules venas.
Cuando alcanzó la casa de Louise Lame, la puerta se abrió sola y, antes de sucumbir, sólo le quedaron fuerzas para depositar en la escalinata, a los pies de la fatal y adorable joven, el homenaje supremo de su piel.
Sus osamentas obstruyen todavía hoy un buen número de los caminos del planeta. El eco de su colérico grito, tras repercutir, durante mucho tiempo en glaciares y encrucijadas, murió como el ruido de las mareas y Louise Lame anda delante de mí, desnuda bajo su abrigo.
Unos pasos más y he aquí que de desprende de esa última prenda. Cae. Corro más rápido. Ahora Louise Lame está denuda, completamente desnuda en el Bois de Boulogne. Los autos huyen barritando; sus faros iluminaban a veces un abedul, otras un muslo de Louise Lame sin alcanzar, no obstante, el vello de su sexo. Una tempestad de rumores angustiosos pasa por las localidades vecinas: Puteaux, Saint-Cloud, Billancourt.
La mujer desnuda camina toda ella rozada por telas invisibles, París cierra puertas y ventanas, apaga las farolas. Un asesino en un barrio lejano se toma mucho trabajo en matar a una impasible paseante. Unas osamentas obstruyen la calzada. La mujer desnuda llama a cada puerta, abriendo los párpados cerrados.

Robert Desnos,
La libertad o el amor, Cabaret Voltaire, pgs. 64-66."


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Publicado por carmenlobo @ 12:52  | Literatura
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