Sábado, 13 de febrero de 2010

Cada uno tiene sus lugares. Los que amuebla con los libros
leídos, con la imaginación y con la propia vida. Sitios vinculados a recuerdos, a personas, a sueños realizados o por realizar. Algunos tenemos el privilegio –aunque por todo pagas antes o después– de que tales lugares estén repartidos por aquí y por allá, conformando un territorio extenso. A fin de cuentas, cuando a los dieciocho o veinte años renuncias a la seguridad del molusco, te echas una mochila a la espalda y empiezas a caminar, dispuesto a abonar las tarifas necesarias, esos pasos terminan llevándote, por muy torpe que seas, a algunos sitios curiosos. Te trazan un mapa vital más o menos complejo. Una biografía.

Durante casi veinte años, la punta de la Aduana fue uno de esos lugares en mi mapa. Desde ella hay una vista razonable de la ciudad de Venecia, pero no es el paisaje lo que me hacía ir allí. Tenían más que ver ciertos estados de ánimo y algunos libros leídos en edad temprana, y también el hecho de que, en una ciudad frecuentada como ésa, la punta de la Aduana quedaba lejos de los circuitos habituales de comercios, paseantes en masa y postales de rigor. Había que ir a propósito, sin otro objeto. El museo más próximo era el Guggenheim, y distaba un pequeño trecho. En invierno, sobre todo, y especialmente de noche, la soledad podía ser absoluta. Alguna pareja de enamorados, como mucho. Gente inmóvil y silenciosa. Ibas caminando desde el muelle Zattere, escuchando el ruido de tus propios pasos, te sentabas luego en el piloncillo de piedra y encendías un cigarrillo mirando la laguna y las luces de la ciudad, en compañía del Judío Errante y de unos cuantos viejos camaradas más. En esos momentos la otra Venecia quedaba muy lejos, y la punta de la Aduana volvía a ser parte de la materia con la que se tejen los sueños. Los míos, por lo menos. Los que alguna vez tuve. Fue allí, sentado al sol de un invierno, cuando acabé de leer una novelita medio policíaca y medio fantástica de Fruttero y Luccentini cuyo título, bellísimo, asocio siempre con ese lugar: El amante sin domicilio fijo.

En los últimos cuatro o cinco años, sometida a restauración, la punta de la Aduana ha estado prohibida a los transeúntes. Se abrió de nuevo hace unos meses, convertido el edificio en centro de arte contemporáneo. La puesta al día de éste, confiada al arquitecto japonés Tadeo Ando, me parece extraordinaria. Y el contenido inaugural –parte de la colección Pinault–, discutible según los gustos. Ahí cada uno es cada cual. Cuando estuve la última vez, a finales de diciembre, lo único que de verdad me puso caliente fue el enorme y bruegeliano Fucking Hell de los hermanos Chapman; y lo que más me divirtió fue la explicación que unas incómodas madres italianas daban a sus criaturas de cinco o seis años ante el pene de dos palmos, enhiesto y largando un espeso chorro de albo producto, situado en una escultura manga de Takashi Murakami. El resto no me hubiera importado ahorrármelo, pero no se fíen mucho de mi criterio. De arte contemporáneo no tengo ni puta idea. Una vez vi un armario con pastillas y medicamentos firmado por Damien Hirst y estuve a punto de abrirlo y tomarme una aspirina.

El caso es que al salir me asomé a la punta de la Aduana, que en realidad era el objeto principal de mi visita. Y no saben lo que me alegré de haber saturado mis recuerdos con lo que el sitio fue, porque nunca volverá a serlo. La proximidad de la colección Pinault tenía aquello lleno de gente –con el mismo derecho que yo a estar allí–; y, justo delante del pilar de piedra donde tantos personajes reales e imaginarios se sentaron durante siglos a contemplar la laguna –alguno de ellos mío, como Olvido Ferrara y el fotógrafo Faulques–, hay ahora una escultura blanca de poliuretano acrílico y tamaño algo más que natural: Niño con una rana de Charles Ray, convertida ya en foto veneciana obligatoria, otra más, para cuanto visitante se acerca al paraje. Y lo que antes era un lugar tranquilo y melancólico, solitario a menudo, se ha convertido en un circo de fotos, flashes y grupos con guías; incluido un guardia de seguridad pegado a la escultura, a fin de que nadie la pintarrajee o le arranque el brazo con la rana. Más arte moderno interactivo, imposible. Punta de la Aduana con segurata, niño y rana, podría llamarse. O quizá es así como se llama. Volví de noche, y era todavía mejor: una enorme jaula metálica nada artística preservaba la integridad de la obra, enriqueciéndola con su divertida paradoja. Metáfora del arte, o puro arte contemporáneo, finalmente. El único ya posible. Todos estamos dentro y son los tiempos que corren, concluí resignado. Lo que espera a cada una de las puntas de Aduana que en el mundo han sido. Regresé despacio, caminando por la orilla del ancho canal de la Giudecca. Hacía un frío que partía las piedras. Por suerte, me dije, nadie puede enjaular la memoria, ni los libros.

Tags: Venecia, Arturo Pérez Reverte

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