JORDI COSTA 25/07/2008
Don Adams logró hacer una verdadera creación de su personaje: su Smart era, como decía Susan Sontag a propósito del camp, "una seriedad que fracasa". El secreto de Adams consistía en forzar la idiotez del personaje hasta un extremo irritante. En el fondo, Smart era un pobre tipo, capaz de salvar el pellejo -y, de paso, la civilización occidental- gracias a lo que podríamos llamar la suerte de los tontos, pero Adams lo transformaba en ese modelo de idiota extremo que coloca al interlocutor contra las cuerdas: ese tipo que está pidiendo a gritos un bofetón pero que, quizás por ello, parece inmune a todo rechazo y toda agresión.
En esta revisión cinematográfica del personaje -que nació en televisión, pero tuvo su primer síntoma de agotamiento en la gran pantalla: El disparatado súper agente 86 (1980) de Clive Donner-, Steve Carell, uno de los cómicos más interesantes de la reciente comedia americana, toma el relevo de Adams y con ello comienzan los (gravísimos) problemas del proyecto. Carell, capaz de sacar increíble partido de su consustancial rigidez, cómico minimalista y discreto, se coloca lejos de la arriesgada posición adoptada por Adams: su Smart no es irritante, sino angélico, un tonto entrañable, redimible, desarmante.
Con todo, los mejores momentos de la película -su combate con una diminuta ballesta en el angosto lavabo de un avión, por ejemplo- son suyos: el problema es que su Smart no es precisamente Smart. Tras las cámaras, Segal da una lección magistral de desgana: ni siquiera parece importarle que imágenes toscamente rodadas en vídeo convivan con el celuloide. En este caso, el tonto irritante no trabaja para CONTROL: se sienta en la silla de director.