Martes, 03 de junio de 2008

Henry Lefebvre. El marxismo alegre
Francisco Umbral

Publicado en "El Cultural” de El Mundo (Los alucinados, 6 marzo 1999)

Entre una especie de marxismo alegre y una suerte de surrealismo comprometido se movió siempre Henri Lefebvre, aquel luchador con algo de galán maduro, el pelo abundante y el suéter de cuello blanco, la expresión fornida y la frente con tres arrugas como la visualización de los tres cerebros que él manejaba para pensar y escribir.

Lefebvre, antes de ser el hombre de Nanterre/68, es el surrealista admirador de Max Jacob. “Pero yo siempre me presentaba con una mujer hermosa y ellos eran homosexuales. Con Jacob, lo primero era la mano a la bragueta. Muy incómoda la broma”. HL estaba en un grupo de poetas más o menos surrealistas, que, por mimetismo de Aragón y otros, en seguida se afiliaron al Partido Comunista Francés. Practicaban un marxismo abierto que creían era el de Moscú. Una vez, André Breton citó a HL en su casa para un examen cultural, lo cual ya en sí resultaba un trámite pretencioso y nada surrealista. A Breton no le gustaron nada los libros que leía el joven poeta surrealista y en seguida le impuso otros.

Si en el surrealismo había que pasar examen, en el comunismo estaba prohibido el pensamiento propio. El partido pensaba por uno. ¿Y por el partido quién pensaba? Se suponía que Moscú. Pero HL descubriría más tarde que la salida del partido supone una especie de orfandad.

Tiempos difíciles, las abrumaciones de la escritura, el desgarrón de las banderas, hoces y martillos contra el capital. Hoces y martillos que había fabricado el propio capital. HL ha contado bien esta experiencia humana de la orfandad, y nosotros nos permitimos redondearla. Se abandona la familia, se abandona la sociedad, aunque se conviva en sociedad, se abandona el amor y el hombre desarraigado entra en un partido buscando calor, más que ideas, buscando charla, más que doctrina.

Luego, cuando el desengaño o la expulsión le devuelven a uno a la calle, la orfandad vuelve, pero es ya otra suerte de orfandad: la del hombre que ha renunciado a un proyecto general humano, a unos vínculos más fuertes que los del sexo. La militancia está llena de abdicaciones. ¿Pero acaso no lo está el amor? Los celos y las traiciones son igual de abyectos que las abrumaciones del partido. Esa es la fuerza de los partidos, ése es el folletín de los políticos en el arroyo, hijos de la calle.

Por eso Lefebvre, profesor en Nanterre, se engancha a Mayo/68 como al mercancías de las libertades. Mayo/68 trae un ramo fresco y anacreóntico de libertades. (Eduardo Haro Teglen lo ha incluido luego, inmejorablemente, en sus “revoluciones imaginarias&rdquoGui?o. HL es el “más Nanterre” aunque otros brillasen más en la ocasión. Entre otras cosas porque estaba allí. Como viejo surrealista, le atraían las revoluciones imaginarias.

Siempre siguió siendo marxista, pero marxista de leer a Marx, sobre todo al Marx joven, y de ahí su análisis de la Historia, que es siempre claro y certero. Porque Lefebvre es un pensador sin estilo, sin retórica, sin jerga. Lo que apasiona de su prosa o su conversación es la fuerza y realidad de las verdades que maneja, no el manantío de las palabras. HL es un hombre de verdades gordas como onzas de oro y no de movediza calderilla retórica. Reconoce en Marx al hombre que ha hecho el análisis definitivo de la sociedad y del tiempo. Es muy difícil, después de Marx, creer en las teorías literarias de otros pensadores de la Historia. Lefebvre siempre cita un trío, nunca los separa, como tres eslabones para llevar en la muñeca: Marx, Engels, Lenin. De Marx había tomado la lucidez, de Engels la información y de Lenin la práctica: “La Revolución es la electricidad y los koljoses”. A Trotsky, un corte de pelo a hacha y vale.

Marx predica el comunismo internacionalista. Cuando Stalin promulga la revolución para un solo país, Rusia, Lefebvre comprende que el comunismo se ha aburguesado, se ha estatalizado, y es cuando él más se aleja del comunismo burocrático. Renunciando al internacionalismo, Rusia se ha hecho nacionalista, y así acabaría todo. Por eso los viejos internacionalistas miramos con ácida ironía la floración de hongos de los pequeños nacionalismos en el mundo. Eso es un camino que lleva a Mistral y luego a la muerte.

Lefebvre, como teórico de la ciudad y los espacios urbanos humanizados, ve en la Bauhaus, como a trasflor, el renacimiento del hitlerianismo en Estados Unidos (aquel Berlín “alto de hombros&rdquoGui?o. El fascista americano Ezra Pound (ya lo hemos recordado en esta serie) ve así la geometría de los rascacielos: “Doncella sin senos, Nueva York”.

Antes que surrealista, HL había sido dadaísta. Admira mucho a Tristan Tzara y lo que más le gusta de él es que no escribe por no incurrir en la literatura, aunque sea la más subversiva. Tzara prefiere ser dadaísta las 24 horas del día, pero sin escribir.

Y esto no tiene nada que ver con el decadentismo de Wilde: “Mi verdadero genio lo he dejado en mi vida”. Tzara no hace biografía (siempre hay que estar haciendo biografía), sino que elude el compromiso burgués de la escritura, que siempre te caza en sus sutiles trampas. Habría que recordarle a Tzara que el escritor puede renunciar a su herramienta, pero el obrero no, con lo que la abstención literaria queda tan burguesa como la no abstención.

A medida que las clases obreras se van retirando de la vanguardia de la revolución, queda el partido como suplencia de la clase obrera. Pero esto ya no es acción, sino burocracia, y así van muriendo los partidos comunistas europeos. No se concibe una revolución vacía de obreros: Mayo/68. Lefebvre va tomando nota de todo esto y cada día está más desconcertado, pero más combativo.

Cuando en París se combate el capitalismo de Estado en Praga se combate el socialismo de Estado. Para HL queda claro que el Estado, bajo una y otra forma, es el último diplodocus del siglo XX, el dinosaurio heredado del XIX y de los reyes absolutos. “El Estado soy yo”. No lo dice sólo Luis XIV. Lo dice hasta el último burócrata.

Lo que salvaba a Lefebvre es que se movía siempre entre varios frentes y entre varias mujeres. Por eso ni el surrealismo ni el comunismo ni la política ni el sexo acabarían con él. Hombre de acción, o de pensamiento en acción, añora siempre el sabor y el olor de la vida, que él formula como “calidez”, y eso es lo que le humaniza y nos lo hace cercano y emocionante. Siempre, en la lectura, filósofo nuevo, no “nuevo filósofo”. Ni en España hay 150 como él.


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Publicado por carmenlobo @ 9:46  | Cultura
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