Martes, 29 de abril de 2008

Había sido un hombre anodino, vulgar, y su vida había sido vulgar, anodina. Se llamaba José López García, y no era muy alto ni demasiado bajo. Cuando era joven, pesaba un par de kilos menos de los que correspondían su estatura. A partir de los cuarenta, empezó a pesar dos más. No era rubio, tampoco moreno y mucho menos pelirrojo. El color de su pelo era, como el de sus ojos, de ese tono castaño abrumadoramente mayoritario en los españoles. Su rostro carecía de rasgos relevantes fuera de su regularidad. Todo en él, los ojos, la nariz, la boca, los pómulos, la frente, era regular, ni grande ni pequeño, ni bonito ni desagradable. No había sido nunca un hombre guapo. Tampoco había sido nunca un hombre feo.

Su trayectoria vital se asemejaba a su aspecto. A su primera y única novia le costó trabajo aprender a reconocerle. Al principio, si él la citaba un sábado en un lugar muy concurrido, ella le confundía sin querer con otros, tan corriente le parecía. En invierno y en verano, él iba siempre vestido de gris, con camisas lisas, corbatas convencionales de rayas azul marino, y gabardinas de un corte que, de puro clásico, parecía universal. Era más joven que ella, pero no lo aparentaba. No lo aparentó hasta que logró hacerla abdicar del color, del maquillaje, de los escotes e incluso de las caderas. Ella se resistió, estuvo a punto de dejarle por eso, pero una mañana de domingo, en una zona desierta del Retiro, él la cogió de las manos y le contó la verdad. No se la había contado a nadie antes, no se la contaría a nadie después. Ella se casó con él. Su familia no comprendió aquella decisión y aún menos la extravagancia de aquella ceremonia sin invitados, sin convite, sin fotografías. Los recién casados se mudaron enseguida a un barrio nuevo de muchas torres idénticas de muchos pisos iguales, y nunca invitaron a nadie a su casa. Sin embargo, durante más de cincuenta años, fueron felices juntos.

Tuvieron cuatro hijos que por una casualidad tan vulgar como todo cuanto les rodeaba, se apellidaron López García. Ninguno parecía hijo suyo. Dos de ellos salieron extremadamente guapos, la chica muy bajita, el chico con el pelo negro como el carbón. Los otros dos también llamaban la atención, porque uno medía más de un metro noventa y el otro poco menos. Los dos jugaban al baloncesto sin haberse preguntado nunca de dónde salía su estatura, un rasgo tan exótico como la belleza de sus hermanos, y que les hizo igual de populares. Los cuatro se casaron jóvenes y tuvieron hijos pronto. Después, dos se divorciaron, los otros no. Los divorciados volvieron a casarse. Ella tuvo dos hijos más, él uno. Así, cuando el hombre anodino, vulgar, murió de viejo, en la cama y sin dolor, se había convertido en el patriarca de una familia muy numerosa. Todos se turnaron para acompañarle en su agonía, todos vieron como miraba a su mujer y negaba con la cabeza, todos comprobaron que ella asentía a esa negativa como si pretendiera tranquilizarle, y ninguno entendió lo que estaba viendo.

Después, aquella mujer que se había vuelto vulgar, anodina, por amor, hizo la única extravagancia que su familia recordaría haber visto alguna vez. El día del entierro, cuando todos la acompañaron a casa, les pidió que la dejaran sola. Ellos se negaron, argumentaron las razones, se ofrecieron a quedarse, a llevársela a sus casas, a dejarle a algún nieto como escolta. Se pusieron tan pesados que tuvo que echarlos. Los echó, fuera de aquí ahora mismo todo el mundo, y esa fue la extravagancia. Lo demás, no lo vio nadie.

Nadie estaba con ella cuando movió la cama en la que había dormido durante más de medio siglo, y apartó la alfombra que las pesadas patas de hierro habían mantenido pegada al suelo durante el mismo tiempo, y levantó una tabla de la tarima, y luego otra, y otra, y otra más, para sacar una maleta tan vieja que le manchó los dedos de polvo marrón. Debería tirarla tal cual, pensó, pero no resistió la tentación de abrirla por segunda y última vez en su vida. Dentro, todo estaba igual, las sucesivas documentaciones falsas, las listas de direcciones de confianza, varios certificados de nacimiento a nombres diversos, la pistola, dos cápsulas de cianuro, varias condecoraciones soviéticas... La herencia, en fin, del hijo de un agente moldavo del Komintern que conoció en España a una judía argelina de origen polaco, con la que tuvo un hijo tan vulgar que todo el mundo le conoció siempre como José López García. Su viuda lo metió todo en varias bolsas de basura y las repartió por los contenedores del barrio.

Esta historia merecería ser más larga, pero termina aquí, igual que tantas otras que han pasado en España.

ALMUDENA GRANDES , EL pais 27/04/2008


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Publicado por carmenlobo @ 9:34  | ART
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