La ciénaga del subconsciente
MANUEL VICENT 19-08-2007
El colegial James Joyce acababa de hacer los ejercicios espirituales de san Ignacio. La minuciosa descripción de los estertores de la agonía, la putrefacción del cuerpo que sería pasto de los gusanos y el merecido castigo del fuego eterno habían dejado el terror consolidado para siempre en su alma. Hay que imaginar al adolescente Joyce, con el rostro plagado de acné, arrodillado en el confesionario de la capilla del colegio Belvedere de Dublín, siendo acariciado en las mejillas por un jesuita meloso mientras él vertía en la oscuridad del
cajón sus malos pensamientos y los pecados de la carne. Cada vez que se atascaba, frenado por el rubor, el padre confesor lo animaría a seguir con un nuevo pescozón, como quien espolea a un potro que rehúsa saltar el obstáculo. Sabía que, una vez perdonado, volvería a caer y después sería roído de nuevo por el remordimiento. Y así siempre. Ése fue el légamo cenagoso del que el escritor extraería las mejores páginas de su literatura.Venía de un progenitor manirroto, bebedor y profundamente católico, que en una de sus quiebras económicas, antes de ingresarlo en el colegio Belvedere, había mandado a su hijo durante un tiempo a las Escuelas Cristianas, una institución para pobres, que el espíritu altivo de
James Joyce guardó como una humillante caída en la quesera del subconsciente. Se matriculó en medicina, que pronto cambió por la disciplina de lenguas y gramática comparada en la Universidad Católica de Dublín, situada a la vera del St. Stephen Green Park, y allí tampoco pudo desprenderse de los santos torturados y de las lámparas de sebo votivo que había en la iglesia de estilo bizantino inserta en el mismo caserón. En el centro de la ciudad estaba el Trinity College, la síntesis del espíritu protestante y elitista de Irlanda, y aunque los universitarios de una y otra formación y creencia compartían las praderas del parque de Dublín, el joven Joyce creció volcando su rebeldía contra el complejo de una familia empobrecida, contra el nacionalismo irlandés amalgamado de curas, contra la soberbia protestante que era soporte del invasor británico, tres dogales que le ahogaban. La única solución era huir. Joyce había nacido en 1882, y a los 20 años ensayó el primer conato de fuga. Se fue a París, y después de pasearse por el Barrio Latino como un perro sin collar regresó derrotado a la caspa grasienta de Dublín.