Viernes, 03 de agosto de 2007

Mujeres como las de antes


Arturo P?rez-Reverte
22 julio 2007



Muchas veces he dicho que apenas quedan mujeres como las de antes. Ni en el cine, ni fuera de ?l. Y me refiero a mujeres de esas que pisaban fuerte y sent?as temblar el suelo a su paso. Mujeres de bandera. Lo comento con Javier Mar?as saliendo del hotel Palace, donde en el vest?bulo vemos a una torda espectacular. ?Aunque ordinaria?, opina Javier. ?Creo que no lo sabe?, apunto yo. Seguimos conversando carrera de San Jer?nimo arriba, en direcci?n a la puerta del Sol. Es una noche madrile?a animada, c?lida y agradable, que nos suministra abundante material para observaci?n y glosa. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de Ava Gardner y Debra Paget a Kim Novak, pasando por la Silvana Mangano de Arroz amargo; y Javier a?ade los nombres de Donna Reed, Rhonda Fleming, Jane Rusell y Angie Dickinson, que apruebo con entusiasmo. Coincidimos adem?s en dos se?oras de belleza abrumadora, aunque opuesta: Sophia Loren y Grace Kelly. Al referirnos a la primera, Javier y yo emitimos aullidos a lo Mastroianni propios de nuestro sexo ?no de nuestro g?nero, imb?ciles? que vuelven superfluo cualquier comentario adicional. Haciendo, por cierto, darse por aludidas, sin fundamento, a unas focas desechos de tienta que pasan junto a nosotros vestidas con pantal?n pirata, lorzas al aire y camiseta sudada; creyendo, las infelices, que nuestro ?por all? resopla? va con ellas. Respecto a Grace Kelly, dicho sea de paso, me anoto un punto con el rey de Redonda ?me encanta madrugarle en materia cin?fila, pues no ocurre casi nunca?, porque ?l no recuerda la secuencia del pasillo del hotel en Atrapa a un ladr?n, cuando do?a Grace se vuelve y besa a Cary Grant ante la puerta, de un modo que har?a a cualquier var?n normalmente constituido dar la vida por ser el se?or Grant.

Pero no s?lo era el cine, concluimos, sino la vida real. Los dos somos veteranos del a?o 51 y tenemos, cine aparte, recuerdos personales que aplicar al asunto: madres, t?as, primas mayores, vecinas. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja, comenta Javier con sonrisa nost?lgica. Esas siluetas, a?ado yo, gloriosas e inconfundibles: cintura ce?ida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas. Etc?tera. No era casual, concluimos, que en las fotos familiares nuestras madres parezcan estrellas de cine; o que tal vez fuesen las estrellas de cine las que se parec?an much?simo a ellas. Hasta las ni?as, en el recreo, se recog?an con una mano la falda del babi y procuraban caminar como las mujeres mayores, con suave contoneo condicionado por la sabia combinaci?n de tacones, falda que obligaba a moverse de un modo determinado, caderas en las que nunca se pon?a el sol y garbo propio de hembras de gloriosa casta. En aquel tiempo, las mujeres se mov?an como en el cine y como se?oras porque iban al cine y porque, adem?s, eran se?oras.

Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Entre una cita de Shakespeare y otra de Henry James, o de uno de ?sos, Javier mira al frente con el radar de adquisici?n de objetivos haciendo bip-bip-bip, yo sigo la direcci?n de sus ojos que me dicen no he querido saber pero he sabido, y se nos cruza una rubia de buena cara y mejor figura, vestida de negro y con zapatos de tac?n, que camina arqueando las piernas, toc, toc, con tan poca gracia que es como para, piadosamente ??acaso no se mata a los caballos??, abatirla de un escopetazo. Nos paramos a mirarla mientras se aleja, moviendo desolados la cabeza. Quod erat demostrandum, le digo al de Redonda para probarle que yo tambi?n tengo mis cl?sicos. M?rala, chaval: belleza, cuerpo perfecto, pero cuando decide ponerse elegante parece una marmota dominguera. Y es que han perdido la costumbre, colega. Vestirse como una se?ora, con tac?n alto y el garbo adecuado, no se improvisa, ni se consigue entrando en una zapater?a buena y en una tienda de ropa cara. No se pasa as? como as? de sentarse despatarrada, el tatuaje en la teta y el piercing en el ombligo a unos zapatos de Manolo Blahnik y un vestido de Chanel o de Versace. Puede ocurrir como con ese chiste del caballero que ve a una se?ora bell?sima y muy bien puesta, sentada en una cafeter?a. ?Es usted ?le dice? la mujer m?s hermosa y elegante que he visto en mi vida. Me fascinan esos ojos, esa boca, esa forma de vestir. La amo, se lo juro. Pero resp?ndame, por favor. D?game algo.? Y la otra contesta: ??Pa qu??? ?Pa cagarla??.




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Publicado por carmenlobo @ 9:22  | P?rez-Reverte, Arturo
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