La toma de tierra
Juan José Millás
El ser humano pone más pasión en lo que no existe que en lo que existe. Ahí están Dios y el diablo y la patria y los marcianos y el ácido bórico. Los programas sobre extraterrestres tienen tanto éxito porque hablan de seres irreales, fantásticos, inexistentes. Esa tendencia hacia lo quimérico está perfectamente compensada por la inclinación del ser humano hacia la clase media, que es, por naturaleza, una clase opaca y turbia, pero absolutamente necesaria. Las sociedades sin clases medias están hechas unos zorros. Por otra parte, la única revolución que ha triunfado es la francesa, llevada a cabo por la burguesía. Si uno cree en la clase media, quizá no tenga más remedio que creer en Dios (o en los marcianos) para compensar. Pero si uno cree en los marcianos (o en Dios), está abocado a corregir ese exceso intelectual perteneciendo a la única clase social que tiene los pies en el suelo.
El novelista, que es un inventor de quimeras, trabaja fundamentalmente para la clase media. Nada hay en apariencia más contradictorio que ir a la oficina en el metro leyendo una novela de espadachines o de espías. A primera vista, si a usted le gustan los espadachines (o los espías), no debería ser funcionario de Correos. Pero sólo a primera vista, porque si usted trabaja en el Ministerio de Hacienda, su médico de cabecera le debería recetar una novela semanal de aventuras. El secreto de la vida consiste en tener el cuerpo en un sitio y la cabeza en otro. Hay individuos con el cuerpo y la cabeza en el mismo lugar, pero son excepciones. Y con frecuencia están locos (los místicos, pongamos por caso).
Y casi sin querer hemos llegado al concepto clásico de evasión. El cine nos sirve de evasión; la tele nos sirve de evasión; la lectura nos sirve de evasión. Lo primero que hacemos, nada más conquistar el cuerpo, es evadirnos de él. El sueño es la evasión por excelencia, y viene como mecanismo de serie con el organismo. Mucha gente cree que, al dormir, el alma se libera del cuerpo y flota por la habitación, ligeramente unida a él por un cordón de plata. La imagen es fantástica, como la de un gordo sosteniendo un globo de gas. Los kilos mantienen al gordo unido a la clase media, al suelo, mientras que el globo representa la aspiración de elevarse. Cuando el globo se pincha, se queda uno a solas con su cuerpo (de ahí el onanismo), pero al día siguiente volvemos a soñar, a evadirnos: a inflar el globo, en fin.
Para algunos, el sueño es incompatible con la “toma de conciencia”. La toma de conciencia es como la toma de tierra: sirve para que no nos electrocutemos. Cuando la tensión entre los extraterrestres que llevamos en la cabeza y los trienios que acumulamos en el culo resulta excesiva, puede producirse una descarga que nos deje en el sitio. Ahí es donde interviene la toma de conciencia. Nos ideologizamos, mayormente, para que no salten los plomos. Y aún así, con frecuencia, saltan porque la vida del ser humano es un ejercicio de funambulismo.
Tengo una amiga modélica: lee novelas de espías, es funcionaria de la Seguridad Social y pertenece a un partido político al que paga una cuota mensual. He ahí una existencia bien armada, un circuito vital homologado, un puzle bien compuesto. Pese a ello, el otro día se le saltaron los plomos. Iba en el metro, ingiriendo dócilmente su dosis semanal de literatura de aventuras, cuando levantó la mirada de la página y no sabía ni quién era ni dónde estaba. Se apeó en la primera parada, salió a la superficie y anduvo por la ciudad durante dos días buscándose a sí misma mientras su marido y sus hijos rastreaban sus pasos. La encontraron en el centro, disfrazada de mendiga, asegurando que se había visto obligada a cambiar de identidad porque la perseguía una organización secreta de la que había descubierto casualmente, leyendo una novela en el metro, un secreto terrible.
No la perseguía ninguna sociedad secreta, sino una hipoteca, dos hijos adolescentes, un marido enfermizo, un trabajo tedioso y una vida sin horizonte. Pero frente a todas estas cosas existentes, reales, que nos persiguen a todos, ella eligió un perseguidor fantástico por esa tendencia de la que hablábamos al principio de creer más en lo irreal que en lo real. De nada le sirvió la toma de tierra ni el polo positivo ni el negativo. Su marido continúa pagando la cuota del partido, por si vuelve en sí, como el que paga un nicho a plazos. Todo el juego de contrarios del que venimos hablando es una representación del juego entre la vida y la muerte, que se salda siempre a favor de la última. No hay toma de conciencia ni toma de tierra capaz de prevenirnos de ella. Lo bueno de la muerte es que, siendo tan real, se trata de un acontecimiento que no podemos vivir, porque cuando llega ya estamos muertos. Qué raro es todo.