Domingo, 22 de abril de 2007
El ?ngel exterminador
Eduardo Galeano


En 1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado, que ocupan los autom?viles. Tres a?os despu?s, se prohibi? el tr?nsito de autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia, prohibici?n que se extender? a la ciudad entera a medida que se multipliquen los tranv?as, las l?neas del metro, las v?as peatonales y los autobuses. Tambi?n las ciclov?as: pronto se podr? atravesar toda la ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un medio de transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el espacio humano ni envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo de Vinci.

Mientras tanto, un informe oficial confirmaba que los autom?viles ocupan un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad norteamericana de Los Angeles, pero all? a nadie se le ocurri? cometer el sacrilegio de expulsar a los invasores.

?A qui?n pertenecen las ciudades?

Amsterdam y Florencia son excepciones a la regla universal de la usurpaci?n. El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han ido creciendo las ciudades y las distancias, y los medios p?blicos de transporte han cedido paso al autom?vil privado. El presidente franc?s Georges Pompidou lo celebraba diciendo que ``es la ciudad la que debe adaptarse a los autom?viles, y no al rev?s'', pero sus palabras cobraron sentido tr?gico cuando se revel? que hab?an aumentado brutalmente los muertos por contaminaci?n en la ciudad de Par?s, durante las huelgas de fines del a?o pasado: la paralizaci?n del metro hab?a multiplicado los viajes en autom?vil y hab?a agotado las existencias de mascarillas anti-smog.

En Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranv?as realizaban las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente suman menos de una quinta parte. El promedio europeo ha ca?do al 25 por ciento, lo que es todav?a mucho si se compara con Estados Unidos, donde el transporte p?blico, virtualmente exterminado en la mayor?a de las ciudades, s?lo llega a cuatro por ciento del total.

Henry Ford y Harvey Firestone eran ?ntimos amigos, y ambos se llevaban de lo m?s bien con la familia Rockefeller. Ese cari?o rec?proco desemboc? en una alianza de influencias que mucho tuvieron que ver con el desmantelamiento de los ferrocarriles y la creaci?n de una vasta telara?a de carreteras, luego convertidas en autopistas, en todo el territorio norteamericano. Con el paso de los a?os se ha hecho cada vez m?s apabullante, en Estados Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de autom?viles, los fabricantes de neum?ticos y los industriales del petr?leo. De las 60 mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta santa alianza o est? de alguna manera ligada a la dictadura de las cuatro ruedas.

Datos para un prontuario

Los derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las m?quinas. Los autom?viles emiten impunemente un coctel de muchas sustancias asesinas. La intoxicaci?n del aire es espectacularmente visible en las ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en alguna ciudades del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran medida, por el uso obligatorio de los convertidores catal?ticos y de la gasolina sin plomo, que han reducido la contaminaci?n m?s notoria de cada veh?culo en los pa?ses de mayor desarrollo. Sin embargo, la cantidad tiende a anular la calidad, y estos progresos tecnol?gicos van reduciendo su impacto positivo ante la proliferaci?n vertiginosa del parque automotor, que se reproduce como si estuviera formado por conejos.

Visibles o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman una larga lista criminal. Por poner tan s?lo tres ejemplos, los t?cnicos de Greenpeace han denunciado que proviene de los autom?viles no menos de la mitad del total del mon?xido de carbono, del ?xido de nitr?geno y de los hidrocarburos que tan eficazmente est?n contribuyendo a la demolici?n del planeta y de la salud humana.

``La salud no es negociable. Basta de medias tintas'', declar? el responsable de transportes de Florencia, a principios de este a?o, mientras anunciaba que ?sa ser? ``la primera ciudad europea libre de autom?viles''. Pero en casi todo el resto del mundo se parte de la base de que es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana, en la era urbana.

Copiamos lo peor

El ruido de los motores no deja o?r las voces que denuncian el artificio de una civilizaci?n que te roba la libertad para despu?s vend?rtela, y que te corta las piernas para obligarte a comprar autom?viles y aparatos de gimnasia. Se impone en el mundo, como ?nico modelo posible de vida, la pesadilla de ciudades donde los autos mandan, devoran las zonas verdes y se apoderan del espacio humano. Respiramos el poco aire que ellos nos dejan; y quien no muere atropellado, sufre gastritis por los embotellamientos.

Las ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a Florencia, sino a Los Angeles, y est?n consiguiendo convertirse en la horrorosa caricatura de aquel v?rtigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis, podr?amos elegir nuestros modelos con un poco m?s de cuidado. Anestesiados como estamos por la televisi?n, la publicidad y la cultura de consumo, nos hemos cre?do el cuento de la llamada modernizaci?n, como si ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el abracadabra de la felicidad.



Publicado por carmenlobo @ 10:20  | Galeano, Eduardo
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