Lunes, 26 de marzo de 2007

Arturo P?rez-Reverte


Los he visto a todos ellos muchas veces en demasiados sitios. Los veo todav?a, y no hay que ir a guerras lejanas para top?rselos. Los veo aqu? mismo, en las historias de la guerra civil que contaban mis abuelos



La he vuelto a ver por casualidad, buscando otra cosa en un viejo libro sobre los fot?grafos de Life. Y f?jense. Tengo mi propio ?lbum de fotos infames: fotos que a veces hasta son de verdad, que hice yo mismo. Y resulta que una imagen que conozco desde ni?o, tomada por otro en una guerra que ni siquiera viv?, sigue impresion?ndome. A lo mejor es bueno que as? sea, y el d?a en que esa foto deje de afectarme estar? encallecido m?s de la cuenta. Yo qu? s?. Lo cierto es que hay im?genes que simbolizan cosas, y ?sta retrata uno de los aspectos m?s viles de la condici?n humana. La tom? Robert Capa en Chartres, julio de 1944, cuando la ciudad fue liberada de los alemanes. En el centro de la imagen camina una mujer joven con el pelo reci?n rapado, vestida con una bata y con un ni?o de pocas semanas en brazos. Ella es francesa, y el beb?, hijo de un soldado alem?n. La lleva detenida un gendarme. Pero lo peor no es esa escena, sino la muchedumbre que camina alrededor: se?oras de aspecto respetable, hombres que podr?an ser considerados caballeros, ni?os, curiosos que miran o engrosan el tumulto. Y todos, absolutamente todos, r?en y se burlan de la joven que aprieta al ni?o contra su pecho y lo mira muda de verg?enza y de miedo. Debe de haber un centenar de rostros en la foto, y ninguno muestra compasi?n, pesar o disgusto por lo que sucede ante sus ojos. Ni uno.

Cada cual tiene sus ideas sobre la gente. En lo que a m? se refiere, con los a?os he llegado a la conclusi?n de que lo peor del hombre no es su crueldad, su violencia, su ambici?n o los otros impulsos que lo mueven. Siendo todo eso tan malo como es, cuando miras de cerca y le das vueltas y te mojas donde te tienes que mojar, siempre terminas encontrando motivos, cadenas de causas y efectos que, sin justificar en absoluto tal o cual hecho, a veces al menos lo explican, que ya es algo. Pero hay una infamia a la que no consigo encontrarle el mecanismo, y tal vez por eso me parece la peor de todas; la m?s injustificable expresi?n de la mucha vileza que alberga el ser humano. Hablo de la falta de caridad. De la ausencia de compasi?n del verdugo -y el verdugo es la parte f?cil del asunto- hacia la v?ctima. Hablo del ensa?amiento, la humillaci?n, la burla despiadada. Y eso, que ya es muy bellaco cuando corresponde al individuo con nombre y apellidos, se vuelve todav?a m?s nauseabundo cuando adopta la forma popular. Me refiero a las Fuenteovejunas en su aspecto miserable; a la gente que pretende demostrar p?blicamente su adhesi?n o rechazo a tal o cual causa -cuando esa causa est? indefensa y triunfa la opci?n opuesta, naturalmente- prestando su celo y su presencia y su risa al linchamiento f?cil, sin riesgos. Los mirones que jalean y se descojonan del ca?do, y de esta forma pretenden avalarse, disimular, borrar sus propias claudicaciones y su propia verg?enza. Porque -y esa es otra- observando la foto de Robert Capa uno se pregunta cu?ntas de las honradas mujeres que r?en escoltando a la joven rapada y a su hijo no agacharon la cabeza ante soldados alemanes con los que se habr?an acostado tal vez, si hubieran podido, a cambio de comida o de privilegios. Cu?ntos hombres no les cedieron el paso en la acera o la silla en el despacho, o les lamieron las botas, o pusieron sus ni?as a tiro cuando los otros eran vencedores, y pretenden ahora, en el escarnio f?cil de esa pobre mujer y de su hijo, lavar su cobard?a y su verg?enza.

Los he visto a todos ellos muchas veces en demasiados sitios. Los veo todav?a, y no hay que ir a guerras lejanas para top?rselos. Los veo aqu? mismo, en las historias de la guerra civil que contaban mis abuelos, o en la memoria de mi amigo el pintor Pepe D?az, en cuyo pueblo fusilaron a su padre por rojo en el a?o 39, y a su madre la obligaron a barrer las calles despu?s de raparle la cabeza; y Pepe, que es un buenazo, ha dejado que le pongan ahora su nombre a una calle, en vez de pegarle fuego al puto pueblo hasta los cimientos, como habr?an -habr?amos- hecho otros. Sigo viendo a los de la tijera de rapar y la risa por todas partes, oportunistas, viles, esperando la ocasi?n de acompa?ar el cortejo con una carcajada grande y estruendosa, propia de buenos ciudadanos libres de toda sospecha. Porque todos esos canallas que se r?en de la pobre mujer de la foto siguen entre nosotros. Algunos de verdad, f?sicamente, venerables ancianitos respetados por sus nietos y sus vecinos, supongo. Otros s?lo aguardan una oportunidad: son los cobardes que miran hacia otro lado y agachan la cabeza cuando el soldado alem?n, o el heroico gudari, o el pol?tico de turno, o el jefe de personal, o el vecino del tercero izquierda, les escupe en la cara. Y s?lo cuando ?ste se declare vencido, o lo maten, o pierda poder, o se vaya, saldr?n del agujero para buscar a su mujer y su hijo, arrastrarlos por las calles y salir ri?ndose en la foto.


Publicado por carmenlobo @ 23:27  | P?rez-Reverte, Arturo
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