Publicidad engañosa
Fernando Delgado
No sé si oí bien lo que quise entender que me contaba la radio, pero comentaba al parecer que Izquierda Unida había demandado al Gobierno de determinada autonomía, que bien podría ser la valenciana, pero también cualquier otra, por publicidad engañosa.
Se refería a engaños contenidos en esa publicidad que, con apariencia de rendir cuentas de su gestión a los ciudadanos como no lo hacen en el Parlamento, describen en época próxima a unas elecciones lo bien que lo hacen los que gobiernan, pero además, al parecer, faltando a la verdad.
Puestos ya a rendir cuentas por este procedimiento, y en el caso de que se tratara de la Comunitat Valenciana, por ejemplo, sería de esperar un anuncio en el que se diera cuenta del coste real del viaje del Papa, que es un pequeño dato que se le ha hurtado a las Cortes. Pero no parece que responda a un deseo de transparencia en la gestión la intención del tipo de publicidad que se denuncia, y menos si es engañosa, sino más bien a propaganda electoral del partido gobernante, financiada con el dinero de todos.
Cuando yo era pequeño, a la publicidad se le llamaba generalmente, al menos en mi tierra y entre las clases populares, propaganda. Y es muy difusa la raya que separa a la publicidad de la propaganda. Por eso, a pesar de que estén establecidas las reglas del juego para que los gobiernos no prevariquen, confundiendo su ventajismo electoral con el servicio público, quizá resulte aún difícil deslindar lo que supone una cosa y otra y siga imponiéndose la desvergüenza al sentido común.
Una desvergüenza en la que, además, han aflorado con frecuencia negocios publicitarios de gente próxima a los partidos, sin que finalmente hayan sido castigados. Pero, ante esa dificultad de poner orden en este desmadre, esta otra vía de la denuncia por publicidad engañosa, que es lo que casi siempre contiene la pura propaganda, me parece, si es cierto lo que creí oír en la radio, una idea imbuida de realismo.
Otra cosa es la suerte que corra en los tribunales, que ya se sabe que en los tribunales la suerte suele ser muy diversa. Pero de no correr mala suerte y resultar condenado el fraude político, ya que no el robo de las arcas públicas, las asociaciones de consumidores podrían decidirse también a librar a los ciudadanos de tan peligrosa y reiterada manipulación como que te vendan camas que no existen, escuelas para las que tienen presupuesto o que inauguren centros asistenciales con personal suficiente sólo para la fiesta inaugural.