Jueves, 22 de febrero de 2007


Arturo P?rez-Reverte
El sello infame


Pues resulta que recibo una carta con sus sellos pegados, y entre ellos hay uno con el careto de Fernando VII (1784-1833). Y me digo: hay que fastidiarse, colega. Con la de reyes que ha habido en este pa?s, reyes para dar y regalar, y tiene que salir ?se en mi carta, oye, el mayor hijoputa que llev? corona. El rey m?s cobarde, m?s vil y m?s infame que hemos tenido en esta tierra conde de monarcas chungos sabemos un rato, y a quien ni siquiera esa cara de atravesado y de borde relamido que le pint? Goya -el sordo sab?a mirar adentro- hizo justicia.


He escrito alguna vez que la estupidez, la ignorancia voluntaria, la deslealtad y la mala fe en pol?ticos y monarcas me vuelven intolerante hasta el punto de hacerme a?orar, a veces, una guillotina en mitad de una plaza p?blica. Pero en el caso de Fernando VII esa a?oranza m?a roza la frustraci?n. Porque ese individuo, que nunca vio su cabeza en un cesto como el idiota de su primo el gabacho gordito, fue un perfecto miserable y un canalla, pero nunca fue un est?pido. Y su vileza ante Napole?n, la negra reacci?n en que sumi? a Espa?a tras la expulsi?n de los franceses, su camarilla de can?nigos y mangantes, su persecuci?n de liberales, su desprecio a la Constituci?n entonces m?s avanzada del planeta y su despotismo salvaje, no se debieron a impulsos imb?ciles, sino a c?lculos inteligentes, astutos y cobardes. Fernando de Borb?n fue capaz de denunciar a sus c?mplices en la conjuraci?n contra Godoy, de lamerle las botas al franc?s que lo despojaba de un reino, de condenar a muerte a quienes le devolvieron la corona; y todo eso lo hizo sopesando minuciosamente los pros y los contras. Fue como los malvados de las viejas pel?culas, pero peor. Fue un rey malo de cojones.


Recuerdo que hace cosa de un a?o estuve d?ndole vueltas al personaje, despu?s de una representaci?n de "El s? de las ni?as", de Morat?n. Cuando vi a Emilio Guti?rrez Caba interpretar de forma excelente al maduro don Diego en la ?ltima escena del tercer acto -"Eso resulta del abuso de autoridad, de la opresi?n que la juventud padece"- no pude menos que pensar, como me ocurre ahora ante el sello de marras: qu? mala suerte, qu? desgraciado pa?s el nuestro, siempre a punto de conseguirlo y siempre recibiendo a ?ltima hora un sartenazo que lo pone todo patas arriba, que nos arroja de nuevo al abismo. Cuando por fin nos hacemos romanos y hablamos lat?n y construimos acueductos, llegan los b?rbaros. Cuando el Renacimiento y los siglos de oro nos pillan siendo primera potencia mundial, aparecen Lutero y Calvino, viene la Contrarreforma y todo se va a tomar por saco.


Y cuando por fin nos encontramos ante la gran oportunidad del siglo de las luces y la revoluci?n, y hay gente como Jovellanos y Morat?n y Goya, llegan los franceses y nos funden los plomos, y a los l?cidos los convierten en afrancesados. Y encima, sin propon?rselo, hacen de un Borb?n abyecto un h?roe nacional. Y a?n as? hay militares que leen libros y hablan de soberan?a popular y de libertad, y espa?oles dispuestos a ponerse de acuerdo, aunque sea para degollar franchutes, y pol?ticos capaces de sentarse en C?diz a hacer una Constituci?n que es la leche. Y entonces Fernando VII vuelve a por una corona que no se ha ganado, y asesorado por curas fan?ticos, por correveidiles y lameculos, va y se lo cepilla todo, abole la Constituci?n, cierra peri?dicos y teatros, y ejecuta a los generales y guerrilleros que pelearon por ?l, menos a Mina, que se larga a Francia, y despu?s a Riego, y al empecinado, y a Manzanares y a Torrijos y a Mariana Pineda; y Francia e Inglaterra se llenan de exiliados, y aqu? se impone la reacci?n m?s siniestra, y otra vez, como siempre, a las tinieblas cuando est?bamos a pique de levantar cabeza. Y encima, cuando se muere, el t?o nos deja de herencia a la chocholoco de su hija Isabelita, que trajo cola. Y de postre, las guerras carlistas.


En fin. Cuando empec? a teclear estas l?neas iba a pedir que me ahorren cartas con la jeta de ese rey, que maldita sea su estampa. Pero, pens?ndolo mejor, rectifico. Es bueno recordar que la infancia existe, y que siempre acecha un vil mierdecilla dispuesto a carg?rselo todo con el pretexto de la religi?n, la raza, la naci?n, la lengua o el chichi de la Bernarda. Caciques locales, mercachifles de feria, apost?licos postmodernos, reaccionarios a quienes ahora no se les cae la palabra democracia de la boca, pero siguen queriendo devolvernos al pozo de las sombras.






Tags: El sello infame, Arturo Pérez-Reverte, Fernando VII, Goya

Publicado por carmenlobo @ 11:29  | P?rez-Reverte, Arturo
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