Martes, 06 de febrero de 2007
Arturo P?rez-Reverte
El Semanal 7 de enero de 2007



Ocurri? hace demasiado tiempo. Cuarenta y dos o cuarenta y tres a?os, por lo menos. Para un mozalbete fascinado por el mar y los barcos, Cartagena era territorio propicio. A veces me escapaba de clase en los maristas aprovechando la hora del recreo, e iba al puerto, respirando el olor caracter?stico de todo aquello ?brea, hierro, estachas h?medas, viento salino? mientras escuchaba el campanilleo de drizas y el flamear de gallardetes y banderas. A veces pasaba as? el resto de la ma?ana, entre los hombres quietos y silenciosos que miraban el horizonte tras los faros de la bocana, o aguardaban con una ca?a, los ojos fijos en el corcho que flotaba en el agua al extremo del sedal. Siempre me fascin? la inmovilidad de esa gente que miraba el mar; y yo, dispuesto a creer que todos eran viejos marinos que rumiaban sus nostalgias de puertos ex?ticos y temporales, me quedaba junto a ellos, sentado en un noray oxidado y poniendo cara de tipo duro, sinti?ndome uno m?s. So?ando con irme un d?a.

Fue por entonces cuando conoc? a Paco el Piloto, luego amigo fiel y personaje literario de La carta esf?rica, cuya noble camarader?a tanto influy? en mi vida marinera. Y con ?l, a muchos otros personajes portuarios, t?picos de una ?poca desaparecida en este siglo de contenedores y puertos informatizados, fr?os y geom?tricos; habituales del lugar que se buscaban la vida entre los tinglados del muelle y los barcos que iban y ven?an, recalando a todas horas en las tabernas cercanas. Fue all? donde, a?n casi criatura y con el poco dinero que mis padres me asignaban los domingos, fum? mis primeros Celtas y Bisontes y pagu? las primeras ca?as de mi vida, a gente que, apoyada en un mostrador de m?rmol, contaba historias que yo consideraba formidables: trapicheos portuarios, contrabandos, barcos, naufragios, viajes inventados o reales. Ya no hay puertos as?, como digo, ni gente como aqu?lla, capaz de ense?arte a robar un pl?tano de los tinglados, a entalingar sedal y anzuelo o a ganar la voluntad del aduanero al que le vas a meter, bajo las narices, tres botellas de whisky y seis cartones de rubio americano.

Uno de mis recuerdos m?s vivos corresponde a un episodio concreto, e ignoro por qu? se me fij? en la memoria. Los barcos mercantes amarraban en el muelle comercial, y los de guerra frente al monumento a los h?roes de Cavite. Y all?, junto a los habituales destructores y minadores espa?oles, se situaban tambi?n los visitantes extranjeros: norteamericanos de la VI flota, franceses, ingleses e italianos. Gente que hablaba lenguas a?n extra?as para m?, y que bajaba a tierra con sus uniformes azules o blancos, ruidosos, inquisitivos y simp?ticos; pues no hab?a nada m?s simp?tico ?o eso me parec?a entonces? que un grupo de marineros uniformados bajando por la escala y dispers?ndose, alborozados, por tierra firme. Otros se quedaban a bordo: los que estaban de guardia o no ten?an permiso. Y quienes rond?bamos por el puerto nos acerc?bamos a los barcos para observarlos o charlar con ellos.

Aquel d?a hab?a un destructor norteamericano abarloado al muelle, y yo contemplaba sus modernas superestructuras y ca?ones. Cerca hab?a tres o cuatro individuos de esos que nunca sab?as qu? hac?an por all?: flacos, morenos, el aire curtido. Fumaban y se entend?an desde tierra, por se?as, con los marineros yanquis apoyados en la batayola del destructor. En ?sas, uno de los espa?oles sac? un paquete de tabaco negro, sin filtro, y ofreci? uno al marinero que estaba m?s cerca. Lo encendi? ?ste, hizo remedo de toser, y tras darse golpecitos en el pecho agit? una mano, admirado del ?spero sabor de aquel humo. Despu?s, sonriendo, ofreci? al hombre de tierra uno de los suyos, que era rubio emboquillado, como entonces se dec?a. Entonces, el espa?ol ?t?pico fulano portuario, chaqueta ra?da, muy moreno de piel y con un tatuaje en el dorso de la mano? cogi? el cigarrillo e hizo algo que lo grab? para siempre en mis recuerdos: antes de encenderlo, con adem?n despectivo, muy masculino y superior, arranc? el filtro del pitillo. Luego se lo llev? a los labios, la cabeza algo inclinada y el f?sforo protegido en el hueco de las manos, y aspir? profundamente el humo mientras miraba impasible al norteamericano. ?Para se?oritas?, dijo. Y yo, admirado, con toda la inocencia de los doce o trece a?os, el pantal?n corto, el bocadillo del cole a medio comer, pens? que en ese momento quedaban vengados, ante mis ojos, Santiago de Cuba, Cavite y Trafalgar.




Publicado por carmenlobo @ 11:45  | P?rez-Reverte, Arturo
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