Viernes, 02 de febrero de 2007
Nadie dijo que fuera f?cil
ARTURO P?REZ-REVERTE
21 - enero - 2007


Todo el m?rito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quiz? el bot?n de tan larga campa?a ?y lo que te queda todav?a? no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece a?os, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un bot?n, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho m?s de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendr?n en su miserable y satisfecha vida. T? has abordado naves m?s all? de Ori?n, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te har? diferente hasta el final. Fuiste, vas, ir?s, esos cien metros m?s lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habr?s sido t? y habr?s sido libre, en vez de quedarte de rodillas, c?moda y est?pida, aguardando.

Ahora sabes que todo merece la pena. La larga traves?a por ese mundo de m?ritos num?ricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al ni?o de pap?, al tonto del haba, al in?til carne de matadero, con tal de llevar a buen t?rmino el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no hab?a nada malo en aquella chica t?mida que se llevaba libros a las horas libres de tutor?a; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse c?mplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardi?n entre el centeno o El se?or de los anillos, que en la excursi?n del cole a Madrid prefer?a ver el Planetario, el Prado o el Reina Sof?a a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compa?eros cretinos porque era la ?nica que hab?a le?do las Sonatas de Valle-Incl?n o sab?a qui?n era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atr?s con madurez, comprendes que cada vez que alguien ningune? tu forma de ser, te insult?, te mir? por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, m?s despierta y diferente.

M?rate ahora. Qu? lejos est?s de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ce?o. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la ni?a callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus pel?culas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cu?nto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el m?s hondo sentido de la palabra, est? en ese aguante de tantos a?os, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres t? quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te ense?a. Nadie dijo que fuera f?cil.

El otro d?a fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la pel?cula, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minor?a de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de pol?ticos sin escr?pulos, y una masa inerte cuya ?nica aspiraci?n es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el s?bado por la noche; j?venes con garganta y sin nada que gritar, que se ir?an por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visi?n del garrote vil har?a cerrar los ojos con escalofr?os en la nuca. Pero tus l?grimas, amiga, demuestran que tienes raz?n. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Gald?s, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jug?ndotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desenga?o, de cada ilusi?n y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean.

Y si alg?n d?a tienes hijos, intenta que sean como t?. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio C?sar, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sue?o a los apoltronados y a los imb?ciles.





Publicado por carmenlobo @ 22:23  | P?rez-Reverte, Arturo
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