sábado, 27 de enero de 2007
Juan José Millás



Un hombre telefoneó a uno de esos programas nocturnos de la radio. Dijo que se había enamorado de su mujer porque era gorda, pero que después de casarse comenzó a adelgazar.

-Y ya no la quiero -añadió con un punto de desesperación.

La locutora le preguntó si había cambiado también de carácter y el hombre dijo que sí, que de novios era una mujer seca, huidiza, introvertida, pero que desde que había adelgazado se había vuelto muy sociable. Era raro el fin de semana que no tenían gente a cenar.

-Pero todo eso es bueno -dijo la locutora.

-Será bueno, pero no es lo que yo esperaba de ella. Me siento traicionado, aunque no se lo puedo contar a nadie porque todo el mundo me dice lo mismo que usted: que como el cambio ha sido a mejor no tengo derecho a quejarme.

La locutora despidió al hombre y abrió los teléfonos de la emisora para otros oyentes que tuvieran un problema parecido. Increíblemente llamaron varios. Una mujer relató que su marido se había enriquecido al poco de casarse con ella.

-De novios -dijo- éramos pobres como ratas. Y me gustaba por eso, por pobre. Desde que amasa el dinero, siento asco cuando se acerca a mí, pero no sé cómo decírselo porque vivimos en un mundo en el que ser rico está bien visto.

Llamó también un hombre que se había casado con una ciega que ahora veía.

-En el viaje de novios -dijo- conocimos a un oculista que aseguró que lo suyo tenía arreglo con una sencilla operación. Total, que se metió en el quirófano y ahora ve.

-¿Y a usted no le gusta que vea? -preguntó la locutora, cuyo desconcierto iba a más.

-Si me hubiera gustado que viera -respondió-, me habría casado con una vidente.

Durante una hora estuvo llamando al programa gente que no soportaba ir a mejor. A primera vista resultaba gracioso, por contradictorio, pero todas aquellas personas metaforizaban perfectamente la dirección en la que va el mundo. Es lo que pensé mientras desayunaba.





Publicado por carmenlobo @ 10:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios