Un ataque de sentimentalismo
Juan José Millás
En el salón del hotel rural donde pasé el fin de semana había una especie de libro de firmas en el que la gente escribía unas frases y estampaba su nombre. Mientras esperaba a mi mujer, que se había quedado en la habitación arreglándose para salir a cenar, me senté en una butaca de orejas, tomé el libro y leí algunos de estos mensajes. Por lo general, eran estupideces acerca de lo feliz que se había sido en aquel lugar. Abundaba la fórmula: “En este hotel me reencontré con mi esposa” (o con mi marido). También se hacían numerosas alusiones al paisaje en el que estaba situado el hotel, que era de un pintoresquismo algo tópico: se encontraba al lado del mar, cerca de un acantilado en el que daban más ganas de suicidarse que de ser feliz (a mí al menos). Muchos huéspedes aludían a los desayunos, donde abundaba la bollería supuestamente casera. Una colección, en fin, de lugares comunes propia de gente convencida de que hay algo verdadero en los lugares “con encanto”.
En esto, al pasar una página, mis ojos tropezaron con la firma de mi ex mujer. Había escrito una nota en la que daba las gracias a la dirección del hotel por haberla ayudado a ser feliz con Antonio. Hacía años que no sabía nada de Julia y me hizo gracia que me llegaran noticias suyas de este modo. Era forense y me dejó por un endocrino (Antonio). Su vida, como se ve, eran las vísceras. Yo soy dermatólogo. Detesto las profundidades, siempre me quedo en la superficie de las cosas. Eso nos separó. Cuando llegó mi mujer, cerré el libro y exageré mis muestras de admiración por lo guapa que se había puesto para disimular mi turbación. No le conté nada del encuentro que acababa de tener con mi pasado.
Lo cierto es que durante toda la noche estuve dándole vueltas a la historia. No creo en el destino ni nada semejante, pero me parecía una casualidad excesiva aquel encuentro. Normalmente no voy a sitios con encanto, los detesto por lo que tienen de decorado. Me encontraba allí porque mi mujer se había empeñado en que celebráramos de ese modo nuestro aniversario. Le di el gusto por no discutir y metí un par de novelas policiacas en la maleta, para pasar el trago. También era raro que hubiera caído en la tentación de mirar el libro de firmas. No contienen más que un cúmulo de estupideces. No entiendo que personas sensatas y maduras caigan en la sensiblería de exponer sus sentimientos (nada originales, por cierto) a la vista del que quiera verlos. Todo era muy raro, en fin.
Cuando mi mujer se durmió, bajé al salón del hotel y tomé de nuevo el libro de firmas. Busqué la nota de Julia y la leí tres o cuatro veces. Comprendí entonces que lo que me había llamado la atención era que había en ella algo de despedida de la vida. Agradecía haber sido feliz con Antonio, pero al modo del que ya no lo será más. Leyendo sus palabras con atención, se advertía en ellas una amenaza, como si estuviera desahuciada y aquel viaje hubiera constituido su despedida de la existencia. No soy una persona con imaginación, de modo que era difícil que me montara una novela de estas características si la realidad no me daba pie para ello. Los médicos conocemos bien las perífrasis que se utilizan para decirle a alguien que se va a morir, incluso para decirnos a nosotros mismos que vamos a morir, y la frase de Julia en aquel absurdo libro de firmas olía a necrológica.
De modo que allí estaba yo, a las tres de la mañana, en una puta casa con encanto, leyendo el epitafio de la que había sido mi primera mujer. Tuve un momento de debilidad, quizá una bajada de azúcar, y me eché a llorar. Mis lágrimas cayeron sobre las letras de Julia y corrieron la tinta, lo que me pareció una profanación. Una profanación, me repetí a mí mismo entre hipidos, qué estupidez. No sé lo que es una profanación. No había habido hasta entonces nada que no me pareciera profanable. No había llorado desde que era pequeño. No había tenido aquel ataque de sentimentalismo jamás. ¿Qué me estaba ocurriendo?
No sé lo que me estaba ocurriendo, pero lo cierto es que tomé el bolígrafo y me puse a escribir en el maldito libro una nota de agradecimiento por haberme puesto en contacto de súbito con mi pasado. Bueno, empezó siendo eso, una nota de agradecimiento, pero al final se convirtió en una carta en la que fui capaz de decirle a Julia todo lo que había sido incapaz de decirle, Dios me perdone, durante los años que habíamos estado casados. Me despedí de ella, en fin, de un modo decente, y al amanecer me metí en la cama. Me desperté al mediodía y vi una nota en la que mi mujer me decía adiós: había leído mientras desayunaba el maldito libro de firmas. No somos nadie.