Domingo, 10 de diciembre de 2006


1924 - 1969


Acaba de aparecer en París Vies croisées de Victoria Ocampo et Ernest Ansermet, de Jean-Jacques Langendorf, que reúne las cartas intercambiadas por la escritora argentina y el músico suizo


Algunas correspondencias, recogidas en libros, se limitan a ilustrar el vínculo que unió a quienes las mantuvieron; otras, además, echan luz sobre el espíritu y sobre las características de un país. Este último es el caso de Vies croisées de Victoria Ocampo et Ernest Ansermet (Buchet-Chastel, París, 2005), que reúne las cartas intercambiadas entre la escritora argentina y el gran músico suizo desde 1924 hasta 1969. El trabajo de edición fue realizado por Jean-Jacques Langendorff, escritor e historiador suizo que ya publicó dos obras sobre Ansermet.

En realidad, el proyecto de dar a conocer este epistolario fue de Jean-Claude Piguet (1924-2000), al que está dedicado Vies croisées... Este era un filósofo, íntimo amigo y especie de confidente intelectual del músico suizo, que contaba con el apoyo de la Asociación Ernest Ansermet para realizar su propósito. En 1978, cuando aún no habían trasncurrido diez años de la muerte de Ansermet, Piguet le pidió a Victoria Ocampo las cartas del director. Ella le contestó: "No creo haberlas guardado [...]. Si encuentro algo, no dejaré de advertirle". Afortunadamente, Victoria halló las cartas y se las hizo llegar a Piguet. Por circunstancias no del todo claras, los originales se perdieron, pero ya habían sido fotocopiados. Por otra parte, las cartas que Victoria le había dirigido a Ansermet habían sido conservadas por éste y depositadas en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Pública y Universitaria de Ginebra. Piguet viajó a Buenos Aires en dos ocasiones, en 1980 y en 1984, para identificar a algunos de los personajes mencionados en las cartas. Aunque lamentablemente la muerte le impidió terminar su trabajo, llegó a encargarle a Langendorff que lo hiciera. El resultado es este libro.

Las primeras reflexiones que hace un argentino después de la lectura de Vies croisées... son inevitablemente sombrías: ¿acaso, al cabo de ochenta años, nada ha cambiado en la Argentina en el campo cultural? ¿Por qué los gobiernos, los funcionarios y muchos ciudadanos que podrían llegar a ser generosos mecenas se empeñan de un modo mezquino en destruir o relegar lo que contribuiría al desarrollo espiritual del país? ¿Cómo no entienden que ese desarrollo también significaría crecimiento económico? Extraña y terrible ceguera

Los protagonistas

Ansermet fue quizá el primero en comprender el tesoro de novedades que encerraban las obras de Debussy, de Stravinski, de Ravel y de Honegger, entre tantos otros compositores del siglo XX que él contribuyó a divulgar. Había nacido en 1883, en Vevey. Pertenecía a una familia protestante de clase media, muy ilustrada, de ascendencia campesina. Como su familia era muy musical, el niño recibió tempranamente lecciones de piano y de violín. Después estudió matemática y, una vez terminado el colegio secundario, se instaló en París para seguir los cursos del Conservatorio. Cuando escuchó por primera vez Pelléas et Mélisande de Debussy, sintió que su vida había cambiado y resolvió consagrarse por completo a la música. Ya de regreso en Suiza, se vinculó con las orquestas que existían en su país. Un día conoció a un hombrecito que lo deslumbró con su conversación y con su música. Era Igor Stravinski. Simpatizaron y pronto, Ansermet incluyó en sus programas obras de Igor.

En 1916, Ansermet dirigió el estreno en el Châtelet, en la temporada de los Ballets Russes, de Parade, el ballet de Erik Satie, con trajes, telón y escenografía de Picasso y se convirtió en el director preferido de Serge Diaghilev, el director de la compañía. Al año siguiente, vino por primera vez a la Argentina, precisamente para dirigir la orquesta que acompañaba la temporada de los Ballets Russes. Victoria Ocampo no reparó entonces en el director suizo porque, como confesó más tarde en uno de sus Testimonios, sólo tuvo ojos para los bailarines, para Nijinski y Karsavina.

Cuenta Victoria en su artículo "Ansermet", publicado por primera vez en este Suplemento en 1969 (esas páginas habían sido escritas mucho antes, en 1953): "La orquesta con la que Ansermet debió trabajar estaba compuesta por músicos sindicados de Buenos Aires que eran, con excepción de algunos excelentes artistas, músicos de segundo o tercer orden, que tocaban en los cines y en los cafés. El resultado, a pesar de todo, fue espléndido. En reconocimiento, los músicos lo invitan a comer, al fin de la temporada y el jefe de esos músicos le dice: «Señor Ansermet, nuestra ambición es formar una orquesta con músicos argentinos y dar conciertos en Buenos Aires, porque nunca hay conciertos en Buenos Aires, salvo de tanto en tanto los de la orquesta del Colón. Y si llegamos a tener las subvenciones necesarias, esperamos que usted venga a dirigirnos»".

Seis años después, en 1923, apenas terminado un concierto en París, un ordenanza le avisó a Ansermet que un joven deseaba hablar con él. Era Juan José Castro, el futuro gran director y compositor argentino que había sido el violín solista de Ansermet en Buenos Aires y que, en 1923, se encontraba en Francia. Los profesores de la orquesta porteña habían obtenido la subvención y le pedían a Ansermet, por medio de Castro, que fuera a Buenos Aires para dirigirlos.

En aquellos años, el conjunto de los músicos de Buenos Aires estaba agrupado en un sindicato, la APO (Asociación del Profesorado Orquestal). Ellos serían el conjunto que Ansermet debería dirigir. La subvención del gobierno era insuficiente. Apenas alcanzaba para pagarle al director suizo. Los músicos completaban malam ente sus ingresos en teatritos y confiterías. Sólo podían ensayar las tardes, de 13 a 15, pero se esforzaron para lograr resultados inesperados.

Victoria Ocampo, que no recordaba haber escuchado a Ansermet en 1917, asistió al primer concierto de ese ciclo porque se interpretaría Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy. Al final del concierto, admirada de la proeza que había realizado el director con los profesores argentinos, fue a saludarlo y éste le explicó en qué condiciones precarias trabajaba la APO.

En esos días comenzó la correspondencia Ocampo-Ansermet, que aparece registrada en Vies croisées... El entusiasmo que despertó el músico en Victoria la llevó a preguntarle si él no estaba dispuesto a volver a Buenos Aires el año siguiente y "otros años más". Las primeras cartas no sólo se ocupan de esos temas prácticos. Ansermet, por ejemplo, trata de convertir a Victoria Ocampo al culto de Proust. Victoria sentía cierto rechazo, al principio, por En busca del tiempo perdido, en realidad, porque aquello de lo que hablaba la novela la obligaba a ver lo que no quería saber de sí misma.

Más allá de las disquisiciones musicales y literarias, Victoria se empeñó en conseguir fondos para que Ansermet volviera en 1925 a Buenos Aires. Ella contribuiría con 5000 pesos para la temporada, pero se necesitaba mucho más. Con el fin de obtener una suma importante, fue a visitar a la señora Saint, como cuenta en una carta del 19 de septiembre de 1924: "Anteayer fui a lo de los Saint. Lo que me pasó es muy cómico. Iba a la casa de los Saint para pedirles dinero (naturalmente). Sentada en una silla, ¡esperé a Madame Saint durante diez minutos! Y durante esos diez minutos la fealdad de los muebles, de los tapices, de los cuadros, de los bibelots reunidos en ese salón me intimidó. Me dije que en el fondo el señor Saint debía de ser pobre y que yo no podía obligarlo a despojarse de algunos pesos. En suma, cuando la señora Saint llegó, no encontré las palabras que había preparado cuidadosamente y le dije otras que no tenían ningún sentido. Pero sospecho que, de todos modos, la señora Saint me debe de haber comprendido. [...] Ayer le envié una carta a Marcelo [NR: Marcelo T. de Alvear, entonces presidente de la República]. Creo que las cosas van a arreglarse. Marcelo, siguiendo mis instrucciones, ha hablado de los conciertos a una anciana dama amiga suya, muy rica, y que parece dispuesta a seguir los menores deseos expresados por el presidente (que Dios lo bendiga). Mañana iré a ver a la señora Devoto (ella dio 20.000 pesos para Zanni) y espero poder convencerla".

Tres días después, Victoria le escribe a Ansermet: "Anteayer fui a casa de la señora D., multimillonaria, para pedirle dinero. Imagínese, querido, que halagué a esa vieja cocinera cuya vulgaridad me desalienta y cuya seguridad me crispa. Es preciso tener necesidad de dinero para descubrir de qué es uno capaz. Estoy persuadida de que si me da la gruesa suma que le pedí, terminaré por adorarla".

La sombra de Oriente

Durante todo 1924, las cartas entre Victoria y Ansermet se sucedieron casi a un ritmo diario. Ella quería expresarle todo lo que la música le sugería y, también, consultar sobre distintos temas a ese hombre que sabía escucharla y al que ella había aprendido a respetar. Sin embargo, una sombra se interpuso entre ellos: un visitante por el que Victoria sentía una vieja admiración, Rabindranath Tagore. El poeta bengalí, que ella había leído hacía unos años, de paso por Buenos Aires en viaje a Lima, se vio obligado por una enfermedad a permanecer en esta ciudad. Victoria le propuso que fuera su huésped y Tagore aceptó. El entusiasmo por Ansermet quedó relegado. Tagore se convirtió en el guía espiritual que ella anhelaba. Entre la argentina y el poeta de la India se tejió un estrecho vínculo. En una carta del 28 de octubre de 1924, ella le dice al amigo suizo: "Pasé tres días enteros leyendo y pensando en Tagore y pasé tres días de felicidad perfecta, hasta tal punto me siento acompañada... ¿Entiende usted, hombre de Occidente?" A esa misiva le siguieron muchas otras en que Victoria hacía partícipe a Ansermet del nuevo horizonte de su alma. Abundaban las citas de los Upanishad y del poeta bengalí. El suizo no dejaba de preocuparse por la "distracción" que Tagore representaba para los proyectos musicales que había compartido con Victoria. Por otra parte, ella se sentía herida porque él no había leído la versión en francés de su libro De Francesca a Beatrice.

La distancia creaba inevitablemente malentendidos, celos de amigos, tristezas. Dice Ansermet en carta del 3 de diciembre de 1924: "Desde hace algunos días, tengo un fuerte resfrío y hace un tiempo horrible: niebla, lluvia, frío, todo mezclado. Pienso a menudo en la diferencia de expresión que deben de adquirir las mismas cosas que usted me escribe y que yo leo, usted en el sol y el calor de un verano triunfante, yo en este áspero invierno. ¡La naturaleza humana es bastante contradictoria para que esos elementos exteriores de nuestra vida nos hagan efectos diferentes. Veamos. Yo digo: su verano triunfante; ¿es así como usted lo vive? Quizá, si Tagore está cerca de usted. En cuanto a mí, un poco de sol me resultaría muy beneficioso: lo disfruto con sólo verlo reflejarse sobre sus fotografías".

Y el 17 de diciembre de 1924, continúa: "Todavía me prohíbo hablar de Tagore pues, como usted dijo, no lo conozco. No hay nada que usted me haya citado de él, que no encuentre hermoso. Pero siento todavía, respecto de él, un poco de lo que usted siente ante Proust, en sentido exactamente inverso: el sentimiento de una cosa incompleta, no en su conclusión, sino en su punto de partida, en su anclaje en la vida. [...] Nuestra naturaleza europea es profundamente realista, profundamente enraizada en la tierra, no podemos negar esto, ni hacer como si no fuera así. Eso hizo que Europa realizara cosas hermosas. Que, en esa curiosidad apasionada de la vida terrestre, olvidamos un poco nuestra salvación es precisamente aquello de lo que sufrimos, es precisamente donde la sabiduría oriental nos sirve de precioso socorro [...]".

Un año más tarde, con subvenciones y donaciones obtenidas, Ansermet partió hacia Buenos Aires, exactamente en las mismas condiciones en que hoy llegan muchos artistas de ópera a esta ciudad. En carta a Victoria, el 12 de abril de 1925, explica: "De nuevo, parto sin contrato (por lo menos, todavía no lo recibíGui?o. No puedo discutir un punto que me resultaba importante: conservar mi libertad para hacer algo más aparte de dirigir la APO".

Durante esa temporada en Buenos Aires, el director suizo estrenó aquí el oratorio Le roi David, de Arthur Honegger. El papel de recitante lo cubrió Victoria Ocampo. Fue la primera vez que una mujer interpretó ese papel y Ansermet se había opuesto, al principio, a que lo hiciera una voz femenina. Finalmente se rindió ante un hecho insuperable: no había en Buenos Aires un hombre que pudiera recitar en francés ese texto con la comprensión necesaria. Victoria, por su parte, era partidaria de que el texto se leyera en francés y, en ese caso, la intérprete ideal era ella, que había estudiado recitado con la gran actriz francesa Marguerite Moreno. Esa situación creó un malentendido por exceso de delicadeza de ambos, que se disipó por el éxito obtenido en el concierto.

El 1° de octubre de 1925, Victoria transmite a Ansermet una reflexión muy reveladora: "Comprendo tan bien esta queja de Rivière: «Pienso que soy aquel para el que cada belleza es una sofocación....» [...]. Cuando escucho el Cuarteto de Debussy (aun a su lado), estoy en una isla. Cuando asisto al baño de mi pequeña (e insoportable) sobrina y beso sus piececitos mojados y la tomo en mis brazos y quisiera comerla, estoy en una isla [...]. Y así de continuo.

"Pero cuando leo en Santo Tomás que el amor es un «apetito de amistad» (eso es lo que yo llamo belleza espiritual), estoy en un continente, estoy en comunicación con el universo, me siento transmisible, estoy en conexión con todas las formas de vida".

Para la temporada de 1927, Victoria logró, gracias a Marcelo T. de Alvear y a sus contactos, una subvención de cien mil pesos para la APO. Pensó entonces que se habían acabado los problemas de Ansermet y su orquesta. Pecaba de excesiva ingenuidad. La dirección y la comisión cultural de la APO, con mayoría de votos, separaron al suizo del nuevo ciclo y contrataron al norteamericano Hadley, que resultó una batuta mediocre. Victoria, indignada, renunció al nombramiento de "socio protector" que le había conferido la APO. Entonces, se puso en campaña para que Ansermet pudiera venir a dirigir conciertos con una orquesta reducida. Quizá los conciertos podían darse en una sala más chica y más económica, como el cine teatro Grand Splendid. Para reunir fondos, recurrió una vez más a la generosa, riquísima pero imprevisible señora Saint. El 12 de marzo de 1927 escribe a Ansermet: "La señora Saint me dijo que no le parecía conveniente que usted dirigiera en un local que sirve de cine y que muchas personas comparten su opinión [...]. El Politeama sirvió de circo; el Coliseo, ídem pero, claro, en esa época la señora Saint era todavía la señora Rusikoff".

Finalmente Ansermet vino a Buenos Aires, tocó en el Grand Splendid y ofreció L´incoronazione di Poppea, fragmentos de La historia del soldado de Stravinski, Pastoral de Verano de Honegger y Mi madre la oca de Ravel.

En 1933, Victoria Ocampo fue designada directora del Teatro Colón. Naturalmente tropezó con los mismos obstáculos que hoy paralizan los espectáculos. El 10 de marzo de 1933, le confiesa a Ansermet: "Para mí el Colón es un clavo. Si pudiera actuar según mi voluntad, todavía. Pero una máquina como el Colón, sobre todo en este momento en que tenemos poco dinero (800.000 pesos para toda la temporada) y el Concejo Deliberante mira todo con malos ojos, no es verdaderamente una empresa «para mi placer».

"Nombré a Juan José [Castro] director general del Colón. Querían darle ese empleo a un argentino y la opinión pública, los diarios, etcétera, preferían a Panizza (o a Calusio). Con excepción de LA NACION y de La Razón, la prensa está en contra de nosotros". La gestión de Ocampo y Castro, a pesar de varios espectáculos de mucho éxito, terminó poco después con la renuncia de ambos.

La despedida

A partir de los años 30, la correspondencia entre Victoria y Ansermet cobró un ritmo más lento y se interrumpió por completo durante la Segunda Guerra. Desde la posguerra y hasta la muerte de Ansermet, el intercambio epistolar de los dos amigos fue escaso, en parte, porque los viajes de Victoria a Europa y a los Estados Unidos se hicieron más frecuentes y, entonces, ambos tenían oportunidad de encontrarse.

Las últimas cartas que intercambiaron están marcadas por los rituales de las despedidas y por la memoria. Dice Ansermet en una carta del 5 de enero de 1965: "Usted es como yo en esta época de la vida en que nuestro mundo se disuelve y uno pasa su tiempo rindiendo homenaje a seres queridos que nos abandonan. Uno aprecia entonces mucho más la presencia de los que nos quedan". Y el 15 de julio de 1967 le escribe: "Usted es una gran parte de mi existencia, Victoria, y siempre la quiero. Usted es para mí una de las columnas que cuentan para sentirme firme sobre mis pies en la tierra y debe saber que hasta durante nuestros largos períodos de silencio está siempre presente en mí".

La muerte de Juan José Castro en 1968 fue el preludio de la despedida de Victoria y Ansermet. Ella le escribió el 5 de septiembre de 1968: "Esta muerte es también la muerte (material) de todo un pasado que hemos vivido juntos.[...] Tout va sous terre et rentre dans le jeu [Todo vuelve a la tierra y reanuda el juego], como decía Valéry, ¿pero qué juego?" En su última carta, fechada el 19 de octubre de 1968, él le responde: "Querida Victoria, sus noticias siempre me conmueven, pues encuentro en ellas ese corazón de la Argentina, que es para mí toda la Argentina y que me conquistó para siempre".

Vies croisées... abunda en humor, en inteligencia, en emociones, pero constituye sobre todo un documento notable acerca de la amistad de dos seres excepcionales, que supieron preservar ese lazo en medio de fuertes tormentas espirituales. Cuando uno vuelve la última página del libro es inevitable sentir nostalgia por lo que fue, por lo que ellos fueron, pero también por lo que la Argentina pudo haber sido y no es. Victoria y Ansermet lucharon por causas y valores que son todavía los de muchos de los que habitamos la Argentina. Sería bueno que la nostalgia que inspiran estas cartas se convierta en acción reparadora.

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Por Hugo Beccacece 
De la Redacción de LA NACION 
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Tags: Ernest Ansermet, Victoria Ocampo

Publicado por carmenlobo @ 20:29  | Literatura
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