miércoles, 22 de noviembre de 2006
Teresa Viejo

Agobiado por los gastos que el verano deja en herencia, el hombre buscó fórmulas para el ahorro, y comprar un móvil usado le pareció buena idea. En la oficina supo que internet ofrecía posibilidades para hacerse con modelos retirados del mercado y se decidió a cambiar su vapuleado artefacto. Al día siguiente tenía sobre la mesa un diminuto teléfono cromado cuya pulcritud enmascaraba su origen. Cualquiera diría que era de segunda mano. Y a un precio de risa.

Aunque era de sencillo manejo necesitó tiempo para ganar familiaridad con el aparato. Entonces descubrió un abanico casi infinito de tonos que se ajustaban a su estado de ánimo y unas pantallas refrescantes que le traían a la epidermis la añoranza marina, pero cuando el otoño anunció su llegada el hombre mudó los azules e instaló un par de tazas de café humeantes que subían la tensión sólo de mirarlas. Ahora bien, el día que dominó la función del organizador le cambió la vida.

En el monedero anotaba religiosamente cada gasto diario y así pudo ahorrar el puñado de euros que antes se escapaba de sus manos. Al principio, cogió la costumbre de duplicar las tareas por escrito, en la agenda de papel y en el móvil, pero el aparato le conquistó por celeridad y precisión y terminó anotando su rutina en abreviaturas. Las notas sonoras le avisaban de cumpleaños antaño olvidados, de citas siempre atrasadas y de los pagos en tiempo correcto. Ese pequeño ordenador nacido de la telefonía digital era un invento.

Un lunes a media mañana sonó un aviso de recordatorio. En la pantalla leyó: “Cumpleaños de Jacobo. Mandar las orquídeas a su casa cuando no esté S.”. Hizo memoria sin éxito: no conocía a ningún Jacobo. Supuso que se trataba de algún mensaje descarriado en el espacio que aterrizó en su móvil por gracejo cibernético pero comprobó que no existía otro remitente más que él mismo; sin embargo, nunca había escrito esas palabras.

A las dos horas escupió otra nota: “Recoger el traje negro del tinte. Pendientes de azabache y Can Martí para cenar”. La dejó pasar. A las cinco el teléfono perdió su mudez con otro mensaje: “Si Jacobo no ha llamado, improvisar excusa y llamar yo. Hoy hace cuatro años de lo de Valencia”. El hombre gastó el resto de la tarde en rastrear la identidad de aquellas notas que le habían perturbado y, en su búsqueda, halló nuevos datos que proyectaban su sombra en los meses siguientes: alguna cita con un abogado, una revisión dental, la firma de una escritura; pero ningún rastro de Jacobo. Nulos sus intentos por completar la S.

La semana transcurrió escoltada por breves mensajes que recibía su móvil sin previo aviso. Así el miércoles tuvo el anuncio de un vuelo a Berlín que debía haber sido tomado a las 10.30 de la mañana y de una comida con el assistant manager de una compañía multinacional a las 14.00 horas. El viernes completó el periplo europeo con un vuelo a Londres y enlace a Ginebra. Antes supo que el fin de semana alguien visitaría a su hermana en Bilbao en una visita fugaz porque el lunes debería estar a primera hora en casa para abrir a los pintores.

Un experto en informática le ayudó a recomponer la agenda de la mujer que poseyó antes su teléfono y supo de este modo que la vida que se oculta en la tarjeta de memoria de todo móvil no muere del todo y anida en alguna de sus tripas. Se informó de una existencia prestada con idéntica facilidad con la que conoció cómo en Estados Unidos la empresa Trust Digital resetea los móviles para horadar sus secretos cibernéticos, que no desaparecen con el desuso y van desde conversaciones entre amantes hasta datos bancarios pasando por toda clase de información confidencial en el trabajo. El teléfono del hombre desveló una historia mucho más intensa que la suya.

Y en esa empatía con la mujer deseó revivir aquel feliz encuentro en Valencia. Y odió tanto a S. como aquella.






Publicado por carmenlobo @ 9:23
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