Domingo, 17 de septiembre de 2006

F?lix de Az?a


Este texto forma parte de la conferencia de clausura de la Feria del Libro de Jaca (Agosto de 2006).


A principios de agosto apareci? un estudio seg?n el cual a?n hab?a descendido un poco m?s el n?mero de lectores espa?oles. M?s de la mitad de la poblaci?n no toca un libro en su vida. De la otra mitad, s?lo una m?nima parte lee habitualmente. Frente a las cifras menguantes de lectura, el mercado editorial presentaba otras del todo opuestas: nunca han vendido tantos libros. Si fuera como imagino, habr?amos llegado a la perfecci?n: se venden muchos libros, pero ya no es necesario leerlos. La lectura habr?a regresado a su posici?n anterior al siglo XIX. Porque lo cierto es que la lectura popular tiene menos de doscientos a?os. Puede afirmarse que comienza hacia 1850. Antes s?lo le?an los profesionales. Todos los dem?s o?an leer.


En el pr?logo de la Gran conquista de Ultramar, libro atribuido a Alfonso el Sabio, pero seguramente de la ?poca de Sancho IV, se lee (resumo):


"E como quier que nuestros cinco sentidos sean todos muy buenos ? los sabios antiguos departiesen de cada uno las bondades que en ?l hab?a, en fin tovieron que el oir es m?s necesario al entendimiento del hombre, porque aunque el ver es muy buena cosa, muchos hombres que nascieron ciegos aprendieron muchas cosas; ? esto les caus? el oir, que oyendo las cosas las deprendieron tan bien o mejor como otros muchos que hobieron sus sentidos complidos; e muchos que tuvieron los sentidos complidos, por el oir que les falt? perdieron el entendimiento ? no supieron ninguna cosa. E pues que tan gran bien puso Dios en este sentido, mucho deben los hombres trabajar siempre de oir buenas cosas ? de aquellos que las sepan decir, ? oir los libros antiguos ? las historias de buenos fechos".


Durante siglos el ciego fue una figura respetada, en tanto que el sordomudo de nacimiento era excluido de la comunidad. El saber ineludible para la salvaci?n entraba por el o?do, no por los ojos. La lectura en voz alta domin? sin resquicio, no ya durante el medievo, sino tras la invenci?n de la imprenta. Es cierto que los libros se abarataron despu?s de Gutenberg y ya no s?lo los eclesi?sticos le?an para s? en silencio: la libertad de interpretaci?n del texto sagrado increment? la lectura privada. A pesar de lo cual, y seg?n c?lculos recientes, apenas un 3% de la poblaci?n del ?rea germana (la m?s culta) estaba alfabetizada a finales del siglo XVI; de ellos, muy pocos pose?an libros (Cavallo y Chartier, Historia de la lectura, Taurus, 1998).


Igual espejismo producen las sociedades dieciochescas. Los philosophes de Par?s, los ilustrados alemanes, ingleses e italianos, dan una enga?osa impresi?n de lectura generalizada. Lo cierto es que, si bien aumentaron los t?tulos editados, los libros segu?an siendo le?dos en voz alta ante grupos numerosos. Lo que cambi? no fue el n?mero de lectores, sino el respeto del libro.


En la antig?edad los libros eran algo lejano, formaban parte de los objetos de culto ligados al poder y s?lo pod?an usarlos quienes estaban autorizados. El libro no era una puerta hacia la sabidur?a o la emoci?n ?ntima, sino un utensilio venerable, como los c?lices o las espadas. La transformaci?n que comienza en el siglo XVIII no afecta a los h?bitos de lectura sino a la relaci?n con el libro. En esos a?os comienza la andadura de la sociedad burguesa, radicalmente distinta de la aristocr?tica. El invento de la intimidad, del mundo emocional y sentimental privado, forma el esqueleto de una sociedad para cuyo desarrollo es ineludible la extensi?n universal de la lectura.


De un saber exterior que viene del cielo y administran los funcionarios eclesi?sticos y judiciales, un saber que confirma el poder del se?or y su prolongaci?n en objetos, tierras y ej?rcitos, se va a pasar a un saber ?ntimo, garantizado por el sujet cartesiano, sometido a la efervescencia pasional y capaz de razonar a solas, sin ayuda externa, ni siquiera divina. La metamorfosis ocupa todo el siglo XVIII y parte del XIX, pero con ella va puli?ndose la herramienta ideal para la invenci?n del alma burguesa: la literatura. A mediados del XVIII apenas un 6% del cat?logo de Leipzig eran novelas, pero en 1800 rozan el 22%. Su modelo es elWerther de Goethe (1774), primer superventas mundial y escuela sentimental de media Europa. No obstante, no hay que hacerse ilusiones, la mayor parte de quienes accedieron a ese texto no lo leyeron, lo escucharon. La casi totalidad de las mujeres eran analfabetas y la novela tiene en ellas a su clientela m?s numerosa.


El saber se fue interiorizando: los libros de lectura personal crec?an y los libros divinos menguaban. Los editados en lat?n bajan de un 30% a un 4% en las fechas de que hablamos. La lectura personal es un ?cido que ataca los s?lidos de la autoridad, al tiempo que vitaliza las pasiones, las emociones, las especulaciones filos?ficas, la imaginaci?n cient?fica. La sutil materia del lenguaje corroe los artilugios tot?micos y al disolverlos fluyen vapores que incitan a la aventura, a la pasi?n amorosa y art?stica, a la investigaci?n, a la exploraci?n del mundo.


Cuando en 1850 el prestigio del libro alcance su cima, comenzar?n los planes para la educaci?n obligatoria y gratuita. ?sta ser? la verdadera revoluci?n: en 1870 vive en Europa la primera generaci?n casi totalmente alfabetizada. A partir de entonces, el libro es la pieza maestra de las sociedades occidentales. La alfabetizaci?n generalizada impulsa la lectura masiva. Las bibliotecas municipales de Par?s prestaron 363.322 libros en 1881. Mil pr?stamos al d?a en una ciudad que apenas superaba el mill?n de habitantes es una cifra vertiginosa, supone una idolatr?a del libro. La lectura es escala para el ascenso social y para el refinamiento moral. Victor Hugo intuye en 1831 que la antigua civilizaci?n construida en piedra va a dejar paso a una sociedad de papel:


"El pensamiento humano, al cambiar de forma, iba a cambiar tambi?n su modo de expresi?n. El libro de piedra, tan s?lido y duradero, iba a dejar su lugar al libro de papel, a?n m?s s?lido, a?n m?s duradero. Un arte iba a destronar a otro arte. La imprenta acabar?a matando a la arquitectura" (Notre-Dame de Par?s).


En una asombrosa coincidencia con lo que Hegel dictaba en su c?tedra de Berl?n ese mismo a?o, el novelista anunciaba una sociedad cuyos monumentos ya no ser?an arquitect?nicos sino literarios. Entre 1870 y 1970, el mundo civilizado fue gloriosamente literario. Las obras maestras que se acumulan en ese periodo forman una cordillera imponente. La decadencia s?lo comenzar? despu?s de la Segunda Guerra Mundial.


En la actualidad vivimos un profundo cambio. Creo que la lectura como ejercicio intelectual supremo est? siendo sustituida por otras pr?cticas. Quiz?s est? regresando a su lugar cl?sico: unos pocos hogares, conventos, gabinetes de humanistas. Como en el pasado, el resto de la ciudadan?a mirar? y oir? historias, novedades, instrucciones, leyendas, conocimientos, pero ya no leer? por s? misma.


?Debemos lamentar este cambio? No lo creo. Los humanos somos los ?nicos animales que cambiamos porque queremos cambiar. No nos cambia la "evoluci?n biol?gica" sino nuestra inquietud, la incapacidad para dejar las cosas tal como las encontramos al nacer. Nuestra vida es constante cambio y ning?n cambio nos mejora o empeora, s?lo nos ayuda a perdurar. Resulta dif?cil imaginar un futuro en el que la lectura dificulte la perduraci?n, pero habr? que hacerse a la idea.




Tags: Félix de Azúa

Publicado por carmenlobo @ 23:37  | ART
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