Arturo Perez-Reverte
Somos feos de cojones. Lamento comunicárselo a ustedes así, a quemarropa; pero el arriba firmante ha llegado a esa conclusión científica tras larga y minuciosa observación del entorno. En estos meses veraniegos, sobre todo, la cruda realidad viene y te golpea por el morro, con apelación posible. Y resulta paradójico: eso ocurre precisamente ahora, en estos tiempos en que todo cristo dedica más tiempo a estar guapo, se gasta una cantidad larga de viruta en el asunto, y luego se pasea –nos paseamos- por ahí con la certeza absoluta de que la moda, el diseño, el ejercicio físico, el danone con bífidos multiacitvos, la leche desnatada y las rebajas del Corte Inglés, nos van dejado una apariencia que te vas de vareta, Manolín.
Pero no. Dense una vuelta ojo avizor y saquen conclusiones; lo que será facilísimo, por otra parte, si se encuentran en una localidad cercana a una playa a última hora de la tarde, cuando montan los mercadillos, y la gente se sienta en las terrazas a tomarse algo. La calle es un muestrario dantesco de pantorrillas peludas, sandalias infames, camisetas de tirantes bajo las que asoma la pelambrera racial, bodis –o como carajo se escriba- que embuten ombligos rollizos, pantalones ceñidos en torno a ancas descomunales, camisetas fofas con exóticas referencias, zapatillas multicolor fosforito con airbag, bañadores de pata larga que lo mismo sirven para rascarse los huevos mientras cenas en un restaurante , y otros horrores varios.
Sobre los bañadores masculinos, el otro día, viendo pasar al persona, esclarecí por fin un misterio que hace tiempo atormentaba mis noches de insomnio: por qué ahora son de pata larga y llevan bolsillos. Y la razón es tan simple que sólo un estúpido como yo podía haberse mantenido oculta tanto tiempo: un bañador de pata larga y bolsillos es una prenda polivalente y multiuso, con la que te ahorras pantalones y bañador. Te lo pones por la mañana, desayunas y vas a comprar el periódico, llevas el coche al taller, vas a la playa, te bañas, te secas con él puesto, vas a comer sin quitártelo, duermes la siesta, sales a pasear por la tarde, y hasta puedes dormir con él. Es, en suma, una prenda cómoda y deportiva, con un no sé qué de informal, y con la ventaja de que no tienes que ir lavándolo, porque se lava cada día en la playa, y si lo combinas con el sabio uso de un par de camisetas _cuando te pones una cuelgas la otra en algún sitio para que se airee un poco- tienes el guardarropa resuelto para todo el mes de vacaciones. Y ya puedes salir a pasear tranquilo con la familia, ella con las mollas bien prietas _a ver si se ha creído la Schiffer que es la única que puede marcar chichas_, la niña con sandalias color butano de un palmo de suela, un piercing en el ombligo y otro en una teta, el niño disfrazado de telecomedia americana, y tú completando el conjunto con una camiseta de tirantes malva de Arman, riñonera, pantorrillas y axilas hirsutas, gafas de sol aerodinámicas y sandalias de suela anatómico-forense.
Antes era sólo en las localidades playeras, pero ahora te puedes encontrar a la familia Colorín en cualquier parte, en la plaza mayor de Madrid, en la catedral de Burgos o en un restaurante de Neguri. Y hay veces que me cruzo con un crio pequeñazo, de esos que te pararte a acariciarles la cabeza, y sonríes y tal.
Lo que pasa es que luego levantas la vista, ves a los padres que andan cerca, y te dices desazonado que dentro de pocos años –ya apunta detalles y maneras, si te fijas-, la criaturita será como ellos. Y se te esfuma la ternura de golpe. Y te preguntas, misántropo como eres para cierto tipo de cosas, si no sería más piadoso exterminarlos en agraz ahora que son cachorrillos, antes de que crezcan y se reproduzcan, y empeoren el aspecto del cotarro que, a estas alturas, ya anda bastante jodido.
Quién me iba a decir a mí –o tempora!, o mores!- que iba a terminar añorando, con mis años, no ya los zapatos veraniegos de rejilla, el pantalón de raya fina, el panamá de paja y la honesta camisa blanca de manga corta de mi abuelo, sino la racial y tripona silueta de ese otro ibérico varón que eran antaño, con pelo a lo Manolo Escobar, zapatos de puntera, la maricona colgando de la muñeca, y aquella hoy ya discreta pelambre morena asomando por la camisa desabotonada a medias, entre la que reliquía una gruesa cadena de oro con la Virgen del Carmen.