miércoles, 09 de agosto de 2006

Nicole Cecilia Delgado
New York




Ramón Emeterio Betances (1827-1898), «Padre de la Patria» puertorriqueña, es recordado por muchas personas como un héroe romántico. A los 31, graduado de una escuela de medicina francesa, regresó a su pueblo natal y se enamoró perdidamente de su sobrina, quien era diez años menor que él. Él se llevó a la niña a Francia para que tuviera una educación francesa, a la altura del futuro prócer. Pero la niña María del Carmen Henry enfermó de tristeza o fiebre tifoidea un Viernes Santo, varios días antes de la boda. Cuenta la leyenda que Ramón se puso un poco excéntrico ante la muerte de su prometida. Llevó el cadáver a Cabo Rojo y se dejó crecer la barba como símbolo de su penar. Todos los días la visitaba en la tumba y le llevaba flores. Como todos los héroes de su época y de su educación europea en pleno Romanticismo, Betances no sólo libraba un duelo de amor. Esta tragedia marcaba otra contienda en la que la Naturaleza vencía a la Ciencia. Betances era médico, pero no pudo impedir la muerte de su amada. Así lo recuerda la memoria colectiva. Carmelita fue su amor de juventud, y muchos piensan que después de esto Betances se convirtió en una especie de monje, dedicado a la estricta investigación científica y a las causas políticas más nobles. Poco se sabe de su vida amorosa y personal posterior a la muerte de Carmelita.

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Sin embargo, hay algunas pistas. La verdad es que la vida de mártir romántico le duró poco tiempo a Ramón Emeterio. Por el contrario, sabemos que tuvo una compañera por treinta y cinco años, Simplicia Jiménez Carlo, quien lo sobrevivió. Cálculos aritméticos simples nos revelan que, si Betances murió en 1898, su vida con Simplicia tuvo que comenzar cerca de 1863, apenas cuatro años después de la muerte de Carmelita en 1859. Por lo tanto, no sólo pudo haber superado su idilio juvenil, sino que esta nueva compañera estuvo con él durante sus años de mayor labor política, sus numerosos exilios, los preparativos para el Grito de Lares.

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Existen apenas unas vagas referencias a ella en cartas escritas por Ramón Emeterio. Por ejemplo, en una del 25 de marzo del 1868 dirigida a Ramón Jiménez, Betances escribe: «Simplicia buena y gruesa. Santo Domingo le prueba más que nada y luego ella dice que cuando más pobreza pasó fue que más salud gozó y que más gorda estuvo». Un mes después le escribe a Pedro Lovera contándole de las peripecias del terremoto vivido en San Tomás, experiencia en la que también lo acompañó Simplicia: «El techo de nuestro aposento estuvo a punto de caer sobre nosotros. No habíamos dado Simplicia y yo cuatro pasos fuera de él cuando se desplomó. No hubo ningún milagro en todo eso. Salimos huyendo sin zapatos ella y yo y hasta en enaguas ella y yo en mangas de camisa». Aparentemente, ya en 1868 Betances estaba curado de su mal de amores, y vivía una vida normal y tranquila, por lo menos en la privacidad doméstica.

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Pero, ¿quién fue Simplicia Jiménez Carlo, además de la oscura e ignorada compañera del Antillano? Poco se sabe. Dónde nació exactamente, cuántos años tenía, dónde y cómo conoció al Dr. Betances, qué estudió, cuándo murió, son preguntas que la historia oficial no contesta, o peor, que no han sido preguntadas en voz alta. La única referencia directa aparece en el libro La Manigua en París: Correspondencia diplomática de Betances, editado por Félix Ojeda Reyes. En él se reproduce una dramática carta escrita por Simplicia a Tomás Estrada Palma por motivo de la muerte de Ramón. Esas son las únicas palabras que nos quedan de ella. Sin embargo, revelan a una mujer educada, decidida, y sobretodo, desamparada ante la muerte de su compañero de vida.

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La poca información que queda sobre Simplicia Jiménez Carlo ha sido desvelada casi en su totalidad por el historiador Mario Cancel, profesor de Historia y Literatura de las instituciones educativas de Puerto Rico. El Profesor Cancel afirma haber dedicado tres meses de su vida encorvado en archivos polvorientos investigando el misterio de esta mujer. Cuando le inquirí por Simplicia en un e mail, me ofreció la información a cuentagotas, como un chisme que hay que preguntar muchas veces para descubrir todas sus capas. Finalmente, me escribió lo siguiente: «Simplicia era de origen dominicano, trabajaba para una hermana de Betances entre 1863 y 1864 y conoció a Betances en casa de ella. La leyenda romántica la convierte en una mujer fatal. Se enamoró a primera vista del joven doctor, fue a verlo con sus maletas en mano una noche y se quedó en su casa reclamándole que no era de caballeros dejar una mujer en la calle. La versión del relato oral es de Loida Figueroa que me la comentó hace años. Nunca se casaron formalmente. Betances no creía en las fórmulas legales y ella tampoco. Pero no tuvieron hijos por razones que se desconoce.» (Cancel, email)

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Me cuenta Mario Cancel que cuando la viuda regresó a Puerto Rico con las cenizas del prócer, fue una incomprendida, rechazada por los mismos círculos que ya veneraban a su difunto compañero como a un mártir. Le recriminaban por no haber cuidado bien del viejo Betances en su lecho de muerte. Algunos hasta afirman que el Dr. Betances murió por culpa de ella. Decían que era alcohólica, frívola y coqueta. Que hablaba más francés que castellano (de seguro lo aprendió del doctor) y le llamaban «extranjera». Aunque vivió y acompañó al prócer por treinta y cinco años, siempre fue considerada «la otra». La gente prefería recordar y oficializar la leyenda romántica de Carmelita escrita por Cayetano Coll y Toste, a tener que aceptar que al héroe lo sobrevivía una viejita un poco loca de quien había que cuidar.

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¿Quién conoce a Simplicia Jiménez Carlo, si hasta gran parte de la historiografía oficial de su país la olvida?



Bibliografía Mínima

Betances, Ramón Emeterio. Betances, poeta. (ed. Luis Hernández Aquino). Bayamón, PR: Ediciones Sarobei, 1986.

Betances, Ramón Emeterio. Ramón Emeterio Betances. (ed. Harolod Díaz y Emilio Godínez). La Habana: Casa de las Américas, 1983.

Betances, Ramón Emeterio. Testamento. Archivos Casa Museo Aurelio Tió.

Cancel, Mario. «Memorias de Simplicia». Intento dibujar una sonrisa. Terranova, 2005. (en imprenta)

Cancel, Mario. Cartas de Ramón E. Betances a Lola Rodríguez de Tió. Transcripciones Personales.

Cancel, Mario. «Re: pregunta histórica». Email a la autora. 19 de julio de 2005.

Coll y Toste, Cayetano. «La novia de Betances». Leyendas Puertorriqueñas. San Juan: Editorial Orión, 1962.

Cruz, Mara Daisy. «Lamentos de una virgen enamorada». Desde el Límite 4.

Ojeda Reyes, Félix. La Manigua en París: Correspondencia diplomática de Betances. San Juan: Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, 1984.



Publicado por carmenlobo @ 20:10
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