Lunes, 31 de julio de 2006

El cuento de todos los cuentos

El Semanal

«Si has oído la llamada del Oriente, ya no oirás otra cosa», escribió a finales del siglo XIX el escritor británico Rudyard Kipling. No una llamada, sino mil y una voces del lejano Oriente escucharon los europeos hace ahora tres siglos, cuando Antoine Galland publicó en Caen la primera traducción occidental de uno de los libros capitales de la historia de la literatura: Las mil y una noches. El orientalista y diplomático francés presentaba en 1704 el primero de los seis volúmenes de unos Cuentos árabes de autor desconocido, que cambiaron la percepción de Oriente en Occidente y revolucionaron las artes europeas, primero poco a poco; después, de forma radical, dentro del movimiento romántico, que se inspiró en culturas exóticas.


Galland daba a luz aquel 1704 una adaptación de un manuscrito árabe que había conocido durante una estancia en Siria, en busca de inscripciones y monedas para los museos franceses. El éxito de su traducción fue fulminante. Todo el mundo se maravilló del encanto de aquellos relatos, que hablaban de pueblos, costumbres, indumentarias y modos de vida ignorados hasta entonces y muy distintos a las convecciones morales y estéticas de la época. El libro otorgó a los europeos «una conciencia del Oriente», en palabras del escritor Jorge Luis Borges, uno de los máximos admiradores de la obra, sólo comparable a la presencia del lejano Egipto en los libros de Herodoto y a las campañas militares de Alejandro Magno, cuyo avance hasta la India supuso el primer encuentro entre Oriente y Occidente.

El hechizo provocado por la obra de Galland se extendió a lo largo del continente y se incrustó en el sentir de los europeos, hasta el punto de que «no es necesario haberla leído –decía Borges–, ya que es parte de nuestra memoria». Ciertamente no hace falta llegar hasta su última línea para conocer la historia de Alí Babá y los cuarenta ladrones, la de Simbad el Marino o la de la doncella árabe Schahrasad, la gran protagonista del libro.

Las mil y una noches es la historia de la infidelidad de las esposas de dos hermanos reyes, Shahriar y Shahseman, que comprueban cómo sus mujeres los engañan cuando ellos abandonan la ciudad. Desde entonces, cada vez que contrae matrimonio con una doncella virgen, Shahriar la mata esa misma noche. Las jóvenes acaban por huir de la ciudad y sólo quedan las dos hijas del visir: Schahrasad y Dunyasad. La primera se ofrece voluntaria y la noche de bodas comienza a relatar al rey el primero de sus más de mil cuentos: la Historia del mercader y el efrit (genio), con el que capta la atención del monarca, que decide no matarla hasta oír el final del relato. El cuento se entrelaza con otros, como las matrioshkas rusas, y se prolongan mil y una noches, inconclusos y retroalimentándose en una narración sin fin. Schahrasad para entonces ha engendrado un hijo del rey. Y éste le perdona la vida.

Cuando apareció este libro, nadie sabía de dónde habían surgido unos relatos que en Egipto se conocían desde finales del siglo XV (quizá desde mucho antes), pero que, probablemente, no eran egipcios, ni siquiera árabes. Según la tesis más extendida, el libro fue, en origen, un conjunto de fábulas habladas, al principio en la India, luego en Persia y Asia Menor, hasta que finalmente, ya redactadas en árabe, se compilaron en El Cairo en el siglo XV (otros autores defienden un origen persa, a partir de un manuscrito hoy perdido, Los mil cuentos). Por tanto, autores anónimos, a lo largo de centenares de años, habían conformado Las mil y una noches, por lo que no se podía hablar de un único autor o de un lugar de nacimiento ni, sobre todo, de un manuscrito auténtico primitivo.

Durante siglos, los anónimos confabulatores nocturni (hombres cuya profesión es contar cuentos durante la noche y que aún hoy pueden verse en las plazas de Marrakech) habían gestado una obra única. Transmisores orales de la tradición, la historia y las normas sociales, fue Alejandro Magno, según la leyenda, el primero que ordenó reunir a estos hombres para contar relatos durante sus épocas de insomnio. Su fama se extendió por todo el mundo e incluso Cervantes señala en El Quijote al cronista moro Cide Hamete Benengeli como autor de las andanzas de Don Quijote y Sancho.

Fueron estos contadores de historias quienes compilaron Las mil y una noches, transmitiéndola de generación en generación, desde el Ganges hasta el Nilo. Más tarde, los árabes, en palabras de Rafael Cansinos Assens, que en el año 1954 publicó la edición castellana más aclamada, «se apoderaron de ese fantasma indostánico, le dieron los rasgos fisonómicos y psicológicos de su raza ardiente; hicieron más que adoptar al expósito; volvieron a recrearlo en sus entrañas». De ahí que esta obra sea considerada en la actualidad, junto con el Corán, como la creación más grande de la literatura árabe. Y eso pese a que, durante años, los árabes no han admitido la obra como digna de figurar en la historia, por contravenir la moral y por su `pobre´ nivel literario en algunos fragmentos. Una opinión «sólo matizada en los últimos decenios por la fama que la obra ha tenido en Occidente», según Dolors Cinca y Margarita Castells, que en 1997 publicaron una edición castellana siguiendo el manuscrito más antiguo conocido, que se conserva en la Biblioteca Nacional de París.

En Las mil y una noches árabes se entremezclan así episodios redactados en árabe clásico con ráfagas de lenguaje popular, en el que abundan los barbarismos, convirtiéndose así en un filón sobre la lengua árabe para los filólogos. A su vez, historiadores, antropólogos, filósofos y religiosos estudian las costumbres, la percepción del erotismo por los protagonistas (tan desenfadado y asociado muchas veces, erróneamente, a la pornografía), su peculiar sentido del humor, de la justicia, de la violencia y su sentimiento religioso. Por su parte, los críticos literarios analizaron la influencia de la literatura oriental (como la epopeya de Ulises, en Simbad) en los relatos.

Lo cierto es que, para la literatura del racionalismo, la publicación del libro supuso una auténtica revolución. En 200 años aparecieron más de 400 versiones de la obra en distintas lenguas. El mismo Goethe se hizo eco del influjo en su colección de poemas Diván de Oriente y Occidente. La anarquía y heterogeneidad del relato (una sucesión de historias que se entretejían sin aparente sentido) desbancaron las formas narrativas tradicionales en favor de una total libertad. Y los temas de Las mil y una noches se instalaron en el subconsciente del Viejo Continente: el genio capaz de cumplir deseos, la montaña magnética que atrae lo que la rodea, el gigantesco Ave Roj, los hombres mono… Todo envuelto por una fantasía desbordante, retórica filosófica, angustia y picaresca.

Muchos lugares de origen, muchos autores y muchas traducciones, la mayoría dedicadas a niños y adolescentes, de ahí que los relatos más conocidos sean los fantásticos, como Simbad el marino o Aladino y la lámpara maravillosa. Un relato, éste último, que aparece ya en la versión de Galland, aunque el explorador inglés Richard Burton, el traductor más destacado en lengua inglesa, no pudo encontrar en el siglo XIX ningún documento árabe o persa donde se haga referencia al mismo, circunstancia que ha llevado a más de uno a plantearse si Galland se había inventado el cuento, después de traducir el resto, y a Borges a preguntarse si es que acaso no tenía derecho.

Los árabes aseguran que nadie puede leer por completo Las mil y una noches, que aquel que llegue al final de la colección se volverá loco porque es un libro infinito e inagotable, porque después de la última noche vendrán mil más, fruto de siglos de leyendas, fábulas y hechos reales maravillosos e increíbles, y así eternamente. Como si esta obra formara parte de un patrimonio universal común que penetrara en cada uno de nosotros un día y saliese convertido en unas nuevas mil y una noches más, únicas e irrepetibles.


Tags: Las mil y una noches

Publicado por carmenlobo @ 12:12  | Literatura
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