Lunes, 26 de junio de 2006

LAS CULTURAS Y LA GLOBALIZACI?N
Mario Vargas Llosa



Uno de los argumentos m?s frecuentes contra la globalizaci?n -se lo escuch? en los alborotos contestatarios de Seattle, Davos y Bangkok- es el siguiente: La desaparici?n de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligir? un golpe de muerte a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitolog?as y patrones de comportamiento que determinan la identidad cultural de cada comunidad o pa?s. Incapaces de resistir la invasi?n de productos culturales de los pa?ses desarrollados -o, mejor dicho, del superpoder, los Estados Unidos-, que, inevitablemente, acompa?an como una estela a las grandes trasnacionales, la cultura norteamericana (algunos arrogantes la llaman la "subcultura") terminar? por imponerse, uniformizando al mundo entero, y aniquilando la rica floraci?n de diversas culturas que todav?a ostenta. De este modo, todos los dem?s pueblos, y no s?lo los peque?os y d?biles, perder?n su identidad -vale decir, su alma- y pasar?n a ser los colonizados del siglo XXI, ep?gonos, zombies o caricaturas modelados seg?n los patrones culturales del nuevo imperialismo, que, adem?s de reinar sobre el planeta gracias a sus capitales, t?cnicas, poder?o militar y conocimientos cient?ficos, impondr? a los dem?s su lengua, sus maneras de pensar, de creer, de divertirse y de so?ar.

Esta pesadilla o utop?a negativa, de un mundo que, en raz?n de la globalizaci?n, habr? perdido su diversidad ling??stica y cultural y sido igualado culturalmente por los Estados Unidos, no es, como algunos creen, patrimonio exclusivo de minor?as pol?ticas de extrema izquierda, nost?lgicas del marxismo, del mao?smo y del guevarismo tercermundista, un delirio de persecuci?n atizado por el odio y el rencor hacia el gigante norteamericano. Se manifiesta tambi?n en pa?ses desarrollados y de alta cultura, y la comparten sectores pol?ticos de izquierda, de centro y de derecha. El caso tal vez m?s notorio sea el de Francia, donde peri?dicamente se realizan campa?as por los gobiernos, de diverso signo ideol?gico, en defensa de la "identidad cultural" francesa, supuestamente amenazada por la globalizaci?n. Un vasto abanico de intelectuales y pol?ticos se alarman con la posibilidad de que la tierra que produjo a Montaigne, Descartes, Racine, Baudelaire, fue ?rbitro de la moda en el vestir, en el pensar, en el pintar, en el comer y en todos los dominios del esp?ritu, pueda ser invadida por los McDonald's, los Pizza Huts, los Kectucky Fried Chicken, el rock y el rap, las pel?culas de Hollywood, los blue jeans, los sneakers y los polo shirts.

Este temor ha hecho, por ejemplo, que en Francia se subsidie masivamente a la industria cinematogr?fica local y que haya frecuentes campa?as exigiendo un sistema de cuotas que obligue a los cines a exhibir un determinado n?mero de pel?culas nacionales y a limitar el de las pel?culas importadas de los Estados Unidos. Asimismo, ?sta es la raz?n por la que se han dictado severas disposiciones municipales (aunque, a juzgar por lo que ve el transe?nte por las calles de Par?s, no son muy respetadas) penalizando con severas multas los anuncios publicitarios que desnacionalicen con anglicismos la lengua de Moli?re. Y no olvidemos que Jos? Bov?, el granjero convertido en cruzado contra la malbouffe (el mal comer), que destruy? un Mc Donald's, se ha convertido poco menos que en un h?roe popular en Francia.

Aunque creo que el argumento cultural contra la globalizaci?n no es aceptable, conviene reconocer que, en el fondo de ?l yace una verdad incuestionable. El mundo en el que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local, que el que dejamos atr?s. Fiestas, vestidos, costumbres, ceremonias, ritos y creencias que en el pasado dieron a la humanidad su frondosa variedad folcl?rica y etnol?gica van desapareciendo, o confin?ndose en sectores muy minoritarios, en tanto que el grueso de la sociedad los abandona y adopta otros, m?s adecuados a la realidad de nuestro tiempo. ?ste es un proceso que experimentan, unos m?s r?pido, otros m?s despacio, todos los pa?ses de la Tierra. Pero, no por obra de la globalizaci?n, sino de la modernizaci?n, de la que aqu?lla es efecto, no causa. Se puede lamentar, desde luego, que esto ocurra, y sentir nostalgia por el eclipse de formas de vida del pasado que, sobre todo vistas desde la c?moda perspectiva del presente, nos parecen llenas de gracia, originalidad y color. Lo que no creo que se pueda es evitarlo. Ni siquiera los pa?ses como Cuba o Corea del Norte, que, temerosos de que la apertura destruya los reg?menes totalitarios que los gobiernan, se cierran sobre s? mismos y oponen toda clase de censuras y prohibiciones a la modernidad, consiguen impedir que ?sta vaya infiltr?ndose en ellos y socave poco a poco su llamada "identidad cultural". En teor?a, s?, tal vez, un pa?s podr?a conservarla, a condici?n de que, como ocurre con ciertas remotas tribus del ?frica o la Amazon?a, decida vivir en un aislamiento total, cortando toda forma de intercambio con el resto de las naciones y practicando la autosuficiencia. La identidad cultural as? conservada retroceder?a a esa sociedad a los niveles de vida del hombre prehist?rico.

Es verdad, la modernizaci?n hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero, al mismo tiempo, abre oportunidades y constituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. Es por eso que, en contra a veces de lo que sus dirigentes o intelectuales tradicionalistas quisieran, los pueblos, cuando pueden elegir libremente, optan por ella, sin la menor ambig?edad.

En verdad, el alegato a favor de la "identidad cultural" en contra de la globalizaci?n, delata una concepci?n inmovilista de la cultura que no tiene el menor fundamento hist?rico. ?Qu? culturas se han mantenido id?nticas a s? mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarlas entre las peque?as comunidades primitivas m?gico-religiosas, de seres que viven en cavernas, adoran al trueno y a la fiera, y, debido a su primitivismo, son cada vez m?s vulnerables a la explotaci?n y el exterminio. Todas las otras, sobre todo las que tienen derecho a ser llamadas modernas -es decir, vivas-, han ido evolucionando hasta ser un reflejo remoto de lo que fueron apenas dos o tres generaciones atr?s. ?se es, precisamente, el caso de pa?ses como Francia, Espa?a e Inglaterra, donde, s?lo en el ?ltimo medio siglo, los cambios han sido tan profundos y espectaculares, que, hoy, un Proust, un Garc?a Lorca y una Virginia Woolf, apenas reconocer?an las sociedades donde nacieron, y cuyas obras ayudaron tanto a renovar.

La noci?n de "identidad cultural" es peligrosa, porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el pol?tico, un peligro para la m?s preciosa conquista humana, que es la libertad. Desde luego, no niego que un conjunto de personas que hablan la misma lengua, han nacido y viven en el mismo territorio, afrontan los mismos problemas y practican la misma religi?n y las mismas costumbres, tenga caracter?sticas comunes. Pero ese denominador colectivo no puede definir cabalmente a cada una de ellas, aboliendo, o relegando a un segundo plano desde?able, lo que cada miembro del grupo tiene de espec?fico, la suma de atributos y rasgos particulares que lo diferencian de los otros. El concepto de identidad, cuando no se emplea en una escala exclusivamente individual y aspira a representar a un conglomerado, es reductor y deshumanizador, un pase m?gico-ideol?gico de signo colectivista que abstrae todo lo que hay de original y creativo en el ser humano, aquello que no le ha sido impuesto por la herencia ni por el medio geogr?fico, ni por la presi?n social, sino que resulta de su capacidad para resistir esas influencias y contrarrestarlas con actos libres, de invenci?n personal.

En verdad, la noci?n de identidad colectiva es una ficci?n ideol?gica, cimiento del nacionalismo, que, para muchos etn?logos y antrop?logos, ni siquiera entre las comunidades m?s arcaicas representa una verdad. Pues, por importantes que para la defensa del grupo sean las costumbres y creencias practicadas en com?n, el margen de iniciativa y de creaci?n entre sus miembros para emanciparse del conjunto es siempre grande y las diferencias individuales prevalecen sobre los rasgos colectivos cuando se examina a los individuos en sus propios t?rminos y no como meros epifen?menos de la colectividad. Precisamente, una de las grandes ventajas de la globalizaci?n, es que ella extiende de manera radical las posibilidades de que cada ciudadano de este planeta interconectado -la patria de todos- construya su propia identidad cultural, de acuerdo a sus preferencias y motivaciones ?ntimas y mediante acciones voluntariamente decididas. Pues, ahora, ya no est? obligado, como en el pasado y todav?a en muchos lugares en el presente, a acatar la identidad que, recluy?ndolo en un campo de concentraci?n del que es imposible escapar, le imponen la lengua, la naci?n, la iglesia, las costumbres, etc?tera, del medio en que naci?. En este sentido, la globalizaci?n debe ser bienvenida porque ampl?a de manera notable el horizonte de la libertad individual.

El temor a la americanizaci?n del planeta tiene mucho m?s de paranoia ideol?gica que de realidad. No hay duda, claro est?, de que, con la globalizaci?n, el impulso del idioma ingl?s, que ha pasado a ser, como el lat?n en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo, proseguir? su marcha ascendente, pues ella es un instrumento indispensable de las comunicaciones y transacciones internacionales. ?Significa esto que el desarrollo del ingl?s tendr? lugar en menoscabo de las otras grandes lenguas de cultura? En absoluto. La verdad es m?s bien la contraria. El desvanecimiento de las fronteras y la perspectiva de un mundo interdependiente se ha convertido en un incentivo para que las nuevas generaciones traten de aprender y asimilar otras culturas (que ahora podr?n hacer suyas, si lo quieren), por afici?n, pero tambi?n por necesidad, pues hablar varias lenguas y moverse con desenvoltura en culturas diferentes es una credencial valios?sima para el ?xito profesional en nuestro tiempo. Quisiera citar, como ejemplo de lo que digo, el caso del espa?ol. Hace medio siglo, los hispanohablantes ?ramos todav?a una comunidad poco menos que encerrada en s? misma, que se proyectaba de manera muy limitada fuera de nuestros tradicionales confines ling??sticos. Hoy, en cambio, muestra una pujanza y un dinamismo crecientes, y tiende a ganar cabeceras de playa y a veces vastos asentamientos, en los cinco continentes. Que en Estados Unidos haya en la actualidad entre 25 y 30 millones de hispanohablantes, por ejemplo, explica que los dos candidatos, el gobernador Bush y el vicepresidente Gore, hagan sus campa?as presidenciales no s?lo en ingl?s, tambi?n en espa?ol.

?Cu?ntos millones de j?venes de ambos sexos, en todo el globo, se han puesto, gracias a los retos de la globalizaci?n, a aprender japon?s, alem?n, mandar?n, canton?s, ?rabe, ruso o franc?s? Much?simos, desde luego, y ?sta es una tendencia de nuestra ?poca que, afortunadamente, s?lo puede incrementarse en los a?os venideros. Por eso, la mejor pol?tica para la defensa de la cultura y la lengua propias, es promoverlas a lo largo y a lo ancho del nuevo mundo en que vivimos, en vez de empe?arse en la ingenua pretensi?n de vacunarlas contra la amenaza del ingl?s. Quienes proponen este remedio, aunque hablen mucho de cultura, suelen ser gentes incultas, que disfrazan su verdadera vocaci?n: el nacionalismo. Y si hay algo re?ido con la cultura, que es siempre de propensi?n universal, es esa visi?n parroquiana, excluyente y confusa que la perspectiva nacionalista imprime a la vida cultural. La m?s admirable lecci?n que las culturas nos imparten es hacernos saber que ellas no necesitan ser protegidas por bur?cratas, ni comisarios, ni confinadas dentro de barrotes, ni aisladas por aduanas, para mantenerse vivas y lozanas, porque ello, m?s bien, las folcloriza y las marchita. Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antig?edad, el lat?n no mat? al griego, por el contrario la originalidad art?stica y la profundidad intelectual de la cultura hel?nica impregnaron de manera indeleble la civilizaci?n romana y, a trav?s de ella, los poemas de Homero, y la filosof?a de Plat?n y Arist?teles, llegaron al mundo entero. La globalizaci?n no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrar? en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.

En un c?lebre ensayo, Notas para la definici?n de la cultura, T. S. Eliot predijo que la humanidad del futuro ver?a un renacimiento de las culturas locales y regionales, y su profec?a pareci? entonces bastante aventurada. Sin embargo, la globalizaci?n probablemente la convierta en una realidad del siglo XXI, y hay que alegrarse de ello. Un renacimiento de las peque?as culturas locales devolver? a la humanidad esa rica multiplicidad de comportamientos y expresiones, que -es algo que suele olvidarse o, m?s bien, que se evita recordar por las graves connotaciones morales que tiene- a partir de fines del siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, el Estado-naci?n aniquil?, y a veces en el sentido no metaf?rico sino literal de la palabra, para crear las llamadas identidades culturales nacionales. ?stas se forjaron a sangre y fuego muchas veces, prohibiendo la ense?anza y las publicaciones de idiomas vern?culos, o la pr?ctica de religiones y costumbres que disent?an de las proclamadas como id?neas para la Naci?n, de modo que, en la gran mayor?a de pa?ses del mundo, el Estado-naci?n consisti? en una forzada imposici?n de una cultura dominante sobre otras, m?s d?biles o minoritarias, que fueron reprimidas y abolidas de la vida oficial. Pero, contrariamente a lo que piensan esos temerosos de la globalizaci?n, no es tan f?cil borrar del mapa a las culturas, por peque?as que sean, si tienen detr?s de ellas una rica tradici?n que las respalde, y un pueblo que, aunque sea en secreto, las practique. Y lo vamos viendo, en estos d?as, en que, gracias al debilitamiento de la rigidez que caracterizaba al Estado-naci?n, las olvidadas, marginadas o silenciadas culturas locales, comienzan a renacer y dar se?ales de una vida a veces muy din?mica, en el gran concierto de este planeta globalizado.

Est? ocurriendo en Europa, por doquier. Y quiz?s valga la pena subrayar el caso de Espa?a, por el vigor que tiene en ?l este renacer de las culturas regionales. Durante los cuarenta a?os de la dictadura de Franco, ellas estuvieron reprimidas y casi sin oportunidades para expresarse, condenadas poco menos que a la clandestinidad. Pero, con la democracia, la libertad lleg? tambi?n para el libre desarrollo de la rica diversidad cultural espa?ola, y, en el r?gimen de las autonom?as imperante, ellas han tenido un extraordinario auge, en Catalu?a, en Galicia, en el Pa?s Vasco, principalmente, pero, tambi?n, en el resto del pa?s. Desde luego, no hay que confundir este renacimiento cultural regional, positivo y enriquecedor, con el fen?meno del nacionalismo, fuente de problemas y una seria amenaza para la cultura de la libertad.

La globalizaci?n plantea muchos retos, de ?ndole pol?tica, jur?dica, administrativa, sin duda. Y ella, si no viene acompa?ada de la mundializaci?n y profundizaci?n de la democracia -la legalidad y la libertad-, puede traer tambi?n serios perjuicios, facilitando, por ejemplo, la internacionalizaci?n del terrorismo y de los sindicatos del crimen. Pero, comparados a los beneficios y oportunidades que ella trae, sobre todo para las sociedades pobres y atrasadas que requieren quemar etapas a fin de alcanzar niveles de vida dignos para los pueblos, aquellos retos, en vez de desalentarnos, deber?an animarnos a enfrentarlos con entusiasmo e imaginaci?n. Y con el convencimiento de que nunca antes, en la larga historia de la civilizaci?n humana, hemos tenido tantos recursos intelectuales, cient?ficos y econ?micos como ahora para luchar contra los males at?vicos: el hambre, la guerra, los prejuicios y la opresi?n.

El Pa?s


Tags: Mario Vargas Llosa, Las culturas

Publicado por carmenlobo @ 20:35  | Literatura
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