martes, 21 de febrero de 2006

El único autómata que amenaza con derrocarnos es el que llevamos dentro, el que nos empeñamos en cultivar

Juan Manuel de Prada

Se equivocaban aquellos visionarios que preveían un futuro gobernado por las máquinas. Las fantasías urdidas por Karel Kapek o Isaac Asimov se han incorporado ya a la chatarrería de los vaticinios inservibles, igual que aquellas viejas películas de ciencia ficción (o no tan viejas, pero la aceleración del tiempo las ha convertido en antiguallas) que desplegaban su argumento banal sobre decorados sombríamente metalúrgicos. Hoy el único autómata que amenaza con derrocarnos es el que llevamos dentro, el autómata que, día tras día, nos empeñamos en cultivar, dimitiendo de nuestra humanidad. Hoy el único futuro previsible (mucho más aniquilador que el futuro vislumbrado por la ciencia ficción clásica) ya no incorpora aparatosos apocalipsis ni majaderías similares, sino recónditas reconstrucciones de nuestra biología celular, manipulaciones genéticas que nos convertirán en apacibles monstruos y un suministro incesante de productos químicos que irán limando imperceptiblemente de nuestro organismo cualquier vestigio de naturaleza que aún asome.

Los últimos avances de la farmacología así lo anuncian: durante los últimos años, hemos padecido un alud de supuestas pastillas ‘milagrosas’ que remedian los males más acuciantes o tontorrones del hombre moderno. Inició el acoso la pastillita Viagra, que algunos botarates compararon en significancia histórica con la penicilina. Enseguida la han desbancado en el aprecio de los cantamañanas otras combinaciones químicas que prometen el fin de la calvicie, la obesidad o la celulitis. Pero todo este repertorio de grageas no es sino el reclamo que se tiende a los inocentes, el caramelo que se ofrece al niño para que compruebe su dulzura y se engolosine: detener la caída del cabello o desprenderse de michelines o retardar una erección constituyen ‘milagros’ demasiado rudimentarios, en realidad poco más complejos que curar un catarro o combatir la halitosis. De lo que se trata, al comercializar estos remedios en apariencia revolucionarios, es de atraparnos en el cebo y conducirnos dócilmente hasta el paraíso infalible de la química, esa gran tienda de gominolas que nos aguarda a la vuelta de la esquina.

Ya se expenden píldoras contra la timidez, contra la melancolía, contra las aprensiones y zozobras; y se rumorea que existe una pastilla que garantiza la felicidad perpetua. Mañana, los prestidigitadores de los laboratorios nos anunciarán la invención de una fórmula que nos haga indemnes a los cambios de humor, a las emociones desmesuradas (como si pudiera haber emoción sin desmesura), a los raptos de optimismo o euforia. Pasado mañana, nos sorprenderán con otras drogas inicuas (o inocuas) que nos borren los sueños, que nos borren la memoria (e incluso podrían ser drogas selectivas que sólo borren las pesadillas y los recuerdos afrentosos o desagradables), que nos borren las lágrimas.

No hace falta decir que, detrás de este auge creciente y ya imparable de la química, se encubre nuestro enfermizo pavor a la vida. Nos horroriza comprobar que somos perecederos y que nuestro pene y nuestros cabellos y nuestra celulitis y nuestras pesadillas y nuestra felicidad fueron creados precisamente para dilapidarse, en una lenta y gozosa combustión, no para ser encerrados en una cápsula que los mantenga en conserva. Aquella armonía del cuerpo y el alma que preconizaban los antiguos, en la que nuestro recipiente mortal se beneficiaba de los dones que el espíritu derramaba sobre él, ¿a qué ha quedado reducida? Apenas a un montón de escombros, en donde el cuerpo se ha convertido en un caparazón perennemente juvenil, pero inerte, y el alma, harta del hostigamiento de tantas pastillitas que intentan reducirla a pura ecuación matemática, se ha evadido para siempre jamás, como un pájaro sediento de horizontes.

Nos aguarda un futuro mucho más fatídico de lo que vaticinaron los catastrofistas de antaño: incapaces de aceptar nuestra propia decadencia, incapaces también de asimilar los vaivenes de nuestro ánimo, nuestros cuerpos deambularán, esbeltos y deshabitados, por los pasadizos lóbregos de un laberinto químico.

Los autómatas ya están aquí, creciendo dentro de nosotros.

Publicado por carmenlobo @ 8:31
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