domingo, 22 de enero de 2006


Insostenible
JAVIER CASTAÑEDA - 12/01/2006



La sostenibilidad está de moda. Diríase que ante la incapacidad real de soportar la enorme presión que cada día comprime a los ciudadanos en sus más variados gestos, se pretende crear una ilusión óptica que arroje algo de luz ante los atropellos y tropelías que el devenir diario derrocha, haciendo brotar artificiales paisajes de idílica sostenibilidad allí donde sólo crecen púas de fakir. El resultado recrea la temporal y aparente ilusión de ofrecer luz al final del túnel, mientras que la realidad revela que son sólo los faros de otro tren que viene de frente.

En principio, la sostenibilidad se asociaba a conceptos ecológicos y de desarrollo, entendida como la “característica según la cual pueden satisfacerse las necesidades de la población actual y local sin comprometer la capacidad de generaciones futuras o de poblaciones de otras regiones de satisfacer sus necesidades”. Por tanto, cuando se habla del uso sostenible de un ecosistema, debería referirse al uso que los individuos hacen del mismo, siempre que sea capaz de destilar beneficio para la generación actual, respetando su potencial para que pueda satisfacer las necesidades de las venideras.

Desde luego, si pensamos en el uso que hacemos de éste mundo, sea cual sea el enclave elegido para el análisis y desde una perspectiva ecológica; da la sensación de que la especie humana ve en la biosfera realmente algo parecido a un balón, a juzgar por los puntapiés que le propina. Tal y como nos recuerda el doctor José Manuel Naredo, al considerar a la especie humana como “patología parasitaria de la biosfera que devora, simplifica y deteriora el complejo entramado de ecosistemas y paisajes que había llegado a tejer la vida evolucionada de la Tierra”.

Pero más allá del desarrollo sostenible aplicado a su más común acepción, como es la protección del medio ambiente, el concepto parece haber saltado como en un trampolín loco hacia otras arterias urbanas y de convivencia entre las personas. La capacidad de carga de la sociedad excede con mucho los límites propuestos. La tensión que lleva al planeta al borde del colapso, parece haberse trasladado a sus habitantes. De modo directo por el consumo de agua, la contaminación de ríos, la devastación de selvas y océanos, la progresiva contaminación que engulle la capa de ozono, etc.

Y a pesar de que la ecología nos enseña que las perspectivas de evolución de un ecosistema dependen de sus flexibilidad para reaccionar a nuevos acontecimientos, la realidad es que cada vez nuestros movimientos vienen lastrados por un ancla invisible que pulveriza casi cualquier atisbo de flexibilidad, a excepción de la flexibilidad laboral, que es la única en auge hoy día. La invención de basar el desarrollo humano en un crecimiento sostenido asociado al consumo, convierte casi automáticamente la utopía de la sostenibilidad en una quimera que, lejos de sostenerse o contenerse, ni se contiene ni se sostiene.

Cada vez hay más coches, más gasto de gasolina, más humos que merman el ozono. ¿Qué haremos cuando no haya petróleo? Insostenible. Cada vez hay más tráfico, más atascos y más colapsos nerviosos. ¿Qué haremos cuando no se pueda transitar de ninguna manera? Insostenible. Cada vez se construye más y más, la vivienda no para de subir ni la burbuja inmobiliaria de crecer, a pesar de que incluso en ciertas zonas se rompe el equilibrio natural y urbanístico. ¿Qué haremos cuando no haya ni agua para el consumo básico? Insostenible. Cada vez compramos más objetos y cachivaches que recalan en la basura. Y cada vez generamos más basura, mucha de la cual ni siquiera es biodegradable, sino biodesagradable. ¿Qué haremos cuando no sepamos qué hacer con ella porque ya sobresale hasta por debajo de la moqueta? Insostenible. Son sólo algunas escenas cotidianas, pero basta analizar muchos de nuestros gestos para comprobar que no hay nada de sostenible en la vida que llevamos, en ese “horizonte de insostenibilidad hacia el que apunta el metabolismo de la sociedad actual”.

Los estudios de metabolismo urbano revelan que esta sociedad está acostumbrada al crecimiento infinito. Y un sistema sólo puede ser sostenible si revela y garantiza cierta estabilidad a largo plazo. El resto son castillos de naipes que se derrumban con un portazo. Casas hechas de paja que tumbará cualquier estornudo. Si no se corrigen las tendencias actuales de crecimiento de población, industrialización, contaminación, urbanización, producción de recursos y agotamiento del sistema, toparemos de bruces contra un destino frágil e incontrolado. Y si bien la denuncia es necesaria, más urgente resulta compatibilizar desarrollo con viabilidad y biodiversidad en todos los sentidos. La sostenibilidad social se logra al fortalecer la cohesión social, la educación humana, la solidaridad y la tolerancia, elementos que escasean y que, por desgracia, cada vez son menos preciados. Si la presión no disminuye, puede que haga saltar resortes insoslayables que compliquen el hoy. Pero lo que es seguro es que así no se llegará al mañana. Insostenible.

'Patologías Urbanas' se asoma a la radio. Dentro del programa que dirige Jordi Sacristán en COMRádio, Tal com som, cada miércoles de 15-16.00 horas. También a través de Internet





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Publicado por carmenlobo @ 14:30  | Psicologia
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