Martes, 10 de enero de 2006
1924 - 1969 Por Hugo Beccacece
LA NACION
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Acaba de aparecer en Par?s Vies crois?es de Victoria Ocampo et Ernest Ansermet, de Jean-Jacques Langendorf, que re?ne las cartas intercambiadas por la escritora argentina y el m?sico suizo

Algunas correspondencias, recogidas en libros, se limitan a ilustrar el v?nculo que uni? a quienes las mantuvieron; otras, adem?s, echan luz sobre el esp?ritu y sobre las caracter?sticas de un pa?s. Este ?ltimo es el caso de Vies crois?es de Victoria Ocampo et Ernest Ansermet (Buchet-Chastel, Par?s, 2005), que re?ne las cartas intercambiadas entre la escritora argentina y el gran m?sico suizo desde 1924 hasta 1969. El trabajo de edici?n fue realizado por Jean-Jacques Langendorff, escritor e historiador suizo que ya public? dos obras sobre Ansermet.

En realidad, el proyecto de dar a conocer este epistolario fue de Jean-Claude Piguet (1924-2000), al que est? dedicado Vies crois?es... Este era un fil?sofo, ?ntimo amigo y especie de confidente intelectual del m?sico suizo, que contaba con el apoyo de la Asociaci?n Ernest Ansermet para realizar su prop?sito. En 1978, cuando a?n no hab?an trasncurrido diez a?os de la muerte de Ansermet, Piguet le pidi? a Victoria Ocampo las cartas del director. Ella le contest?: "No creo haberlas guardado [...]. Si encuentro algo, no dejar? de advertirle". Afortunadamente, Victoria hall? las cartas y se las hizo llegar a Piguet. Por circunstancias no del todo claras, los originales se perdieron, pero ya hab?an sido fotocopiados. Por otra parte, las cartas que Victoria le hab?a dirigido a Ansermet hab?an sido conservadas por ?ste y depositadas en el departamento de manuscritos de la Biblioteca P?blica y Universitaria de Ginebra. Piguet viaj? a Buenos Aires en dos ocasiones, en 1980 y en 1984, para identificar a algunos de los personajes mencionados en las cartas. Aunque lamentablemente la muerte le impidi? terminar su trabajo, lleg? a encargarle a Langendorff que lo hiciera. El resultado es este libro.

Las primeras reflexiones que hace un argentino despu?s de la lectura de Vies crois?es... son inevitablemente sombr?as: ?acaso, al cabo de ochenta a?os, nada ha cambiado en la Argentina en el campo cultural? ?Por qu? los gobiernos, los funcionarios y muchos ciudadanos que podr?an llegar a ser generosos mecenas se empe?an de un modo mezquino en destruir o relegar lo que contribuir?a al desarrollo espiritual del pa?s? ?C?mo no entienden que ese desarrollo tambi?n significar?a crecimiento econ?mico? Extra?a y terrible ceguera

Los protagonistas

Ansermet fue quiz? el primero en comprender el tesoro de novedades que encerraban las obras de Debussy, de Stravinski, de Ravel y de Honegger, entre tantos otros compositores del siglo XX que ?l contribuy? a divulgar. Hab?a nacido en 1883, en Vevey. Pertenec?a a una familia protestante de clase media, muy ilustrada, de ascendencia campesina. Como su familia era muy musical, el ni?o recibi? tempranamente lecciones de piano y de viol?n. Despu?s estudi? matem?tica y, una vez terminado el colegio secundario, se instal? en Par?s para seguir los cursos del Conservatorio. Cuando escuch? por primera vez Pell?as et M?lisande de Debussy, sinti? que su vida hab?a cambiado y resolvi? consagrarse por completo a la m?sica. Ya de regreso en Suiza, se vincul? con las orquestas que exist?an en su pa?s. Un d?a conoci? a un hombrecito que lo deslumbr? con su conversaci?n y con su m?sica. Era Igor Stravinski. Simpatizaron y pronto, Ansermet incluy? en sus programas obras de Igor.

En 1916, Ansermet dirigi? el estreno en el Ch?telet, en la temporada de los Ballets Russes, de Parade, el ballet de Erik Satie, con trajes, tel?n y escenograf?a de Picasso y se convirti? en el director preferido de Serge Diaghilev, el director de la compa??a. Al a?o siguiente, vino por primera vez a la Argentina, precisamente para dirigir la orquesta que acompa?aba la temporada de los Ballets Russes. Victoria Ocampo no repar? entonces en el director suizo porque, como confes? m?s tarde en uno de sus Testimonios, s?lo tuvo ojos para los bailarines, para Nijinski y Karsavina.

Cuenta Victoria en su art?culo "Ansermet", publicado por primera vez en este Suplemento en 1969 (esas p?ginas hab?an sido escritas mucho antes, en 1953): "La orquesta con la que Ansermet debi? trabajar estaba compuesta por m?sicos sindicados de Buenos Aires que eran, con excepci?n de algunos excelentes artistas, m?sicos de segundo o tercer orden, que tocaban en los cines y en los caf?s. El resultado, a pesar de todo, fue espl?ndido. En reconocimiento, los m?sicos lo invitan a comer, al fin de la temporada y el jefe de esos m?sicos le dice: ?Se?or Ansermet, nuestra ambici?n es formar una orquesta con m?sicos argentinos y dar conciertos en Buenos Aires, porque nunca hay conciertos en Buenos Aires, salvo de tanto en tanto los de la orquesta del Col?n. Y si llegamos a tener las subvenciones necesarias, esperamos que usted venga a dirigirnos?".

Seis a?os despu?s, en 1923, apenas terminado un concierto en Par?s, un ordenanza le avis? a Ansermet que un joven deseaba hablar con ?l. Era Juan Jos? Castro, el futuro gran director y compositor argentino que hab?a sido el viol?n solista de Ansermet en Buenos Aires y que, en 1923, se encontraba en Francia. Los profesores de la orquesta porte?a hab?an obtenido la subvenci?n y le ped?an a Ansermet, por medio de Castro, que fuera a Buenos Aires para dirigirlos.

En aquellos a?os, el conjunto de los m?sicos de Buenos Aires estaba agrupado en un sindicato, la APO (Asociaci?n del Profesorado Orquestal). Ellos ser?an el conjunto que Ansermet deber?a dirigir. La subvenci?n del gobierno era insuficiente. Apenas alcanzaba para pagarle al director suizo. Los m?sicos completaban malam ente sus ingresos en teatritos y confiter?as. S?lo pod?an ensayar las tardes, de 13 a 15, pero se esforzaron para lograr resultados inesperados.

Victoria Ocampo, que no recordaba haber escuchado a Ansermet en 1917, asisti? al primer concierto de ese ciclo porque se interpretar?a Preludio a la siesta de un fauno, de Debussy. Al final del concierto, admirada de la proeza que hab?a realizado el director con los profesores argentinos, fue a saludarlo y ?ste le explic? en qu? condiciones precarias trabajaba la APO.

En esos d?as comenz? la correspondencia Ocampo-Ansermet, que aparece registrada en Vies crois?es... El entusiasmo que despert? el m?sico en Victoria la llev? a preguntarle si ?l no estaba dispuesto a volver a Buenos Aires el a?o siguiente y "otros a?os m?s". Las primeras cartas no s?lo se ocupan de esos temas pr?cticos. Ansermet, por ejemplo, trata de convertir a Victoria Ocampo al culto de Proust. Victoria sent?a cierto rechazo, al principio, por En busca del tiempo perdido, en realidad, porque aquello de lo que hablaba la novela la obligaba a ver lo que no quer?a saber de s? misma.

M?s all? de las disquisiciones musicales y literarias, Victoria se empe?? en conseguir fondos para que Ansermet volviera en 1925 a Buenos Aires. Ella contribuir?a con 5000 pesos para la temporada, pero se necesitaba mucho m?s. Con el fin de obtener una suma importante, fue a visitar a la se?ora Saint, como cuenta en una carta del 19 de septiembre de 1924: "Anteayer fui a lo de los Saint. Lo que me pas? es muy c?mico. Iba a la casa de los Saint para pedirles dinero (naturalmente). Sentada en una silla, ?esper? a Madame Saint durante diez minutos! Y durante esos diez minutos la fealdad de los muebles, de los tapices, de los cuadros, de los bibelots reunidos en ese sal?n me intimid?. Me dije que en el fondo el se?or Saint deb?a de ser pobre y que yo no pod?a obligarlo a despojarse de algunos pesos. En suma, cuando la se?ora Saint lleg?, no encontr? las palabras que hab?a preparado cuidadosamente y le dije otras que no ten?an ning?n sentido. Pero sospecho que, de todos modos, la se?ora Saint me debe de haber comprendido. [...] Ayer le envi? una carta a Marcelo [NR: Marcelo T. de Alvear, entonces presidente de la Rep?blica]. Creo que las cosas van a arreglarse. Marcelo, siguiendo mis instrucciones, ha hablado de los conciertos a una anciana dama amiga suya, muy rica, y que parece dispuesta a seguir los menores deseos expresados por el presidente (que Dios lo bendiga). Ma?ana ir? a ver a la se?ora Devoto (ella dio 20.000 pesos para Zanni) y espero poder convencerla".

Tres d?as despu?s, Victoria le escribe a Ansermet: "Anteayer fui a casa de la se?ora D., multimillonaria, para pedirle dinero. Imag?nese, querido, que halagu? a esa vieja cocinera cuya vulgaridad me desalienta y cuya seguridad me crispa. Es preciso tener necesidad de dinero para descubrir de qu? es uno capaz. Estoy persuadida de que si me da la gruesa suma que le ped?, terminar? por adorarla".

La sombra de Oriente

Durante todo 1924, las cartas entre Victoria y Ansermet se sucedieron casi a un ritmo diario. Ella quer?a expresarle todo lo que la m?sica le suger?a y, tambi?n, consultar sobre distintos temas a ese hombre que sab?a escucharla y al que ella hab?a aprendido a respetar. Sin embargo, una sombra se interpuso entre ellos: un visitante por el que Victoria sent?a una vieja admiraci?n, Rabindranath Tagore. El poeta bengal?, que ella hab?a le?do hac?a unos a?os, de paso por Buenos Aires en viaje a Lima, se vio obligado por una enfermedad a permanecer en esta ciudad. Victoria le propuso que fuera su hu?sped y Tagore acept?. El entusiasmo por Ansermet qued? relegado. Tagore se convirti? en el gu?a espiritual que ella anhelaba. Entre la argentina y el poeta de la India se teji? un estrecho v?nculo. En una carta del 28 de octubre de 1924, ella le dice al amigo suizo: "Pas? tres d?as enteros leyendo y pensando en Tagore y pas? tres d?as de felicidad perfecta, hasta tal punto me siento acompa?ada... ?Entiende usted, hombre de Occidente?" A esa misiva le siguieron muchas otras en que Victoria hac?a part?cipe a Ansermet del nuevo horizonte de su alma. Abundaban las citas de los Upanishad y del poeta bengal?. El suizo no dejaba de preocuparse por la "distracci?n" que Tagore representaba para los proyectos musicales que hab?a compartido con Victoria. Por otra parte, ella se sent?a herida porque ?l no hab?a le?do la versi?n en franc?s de su libro De Francesca a Beatrice.

La distancia creaba inevitablemente malentendidos, celos de amigos, tristezas. Dice Ansermet en carta del 3 de diciembre de 1924: "Desde hace algunos d?as, tengo un fuerte resfr?o y hace un tiempo horrible: niebla, lluvia, fr?o, todo mezclado. Pienso a menudo en la diferencia de expresi?n que deben de adquirir las mismas cosas que usted me escribe y que yo leo, usted en el sol y el calor de un verano triunfante, yo en este ?spero invierno. ?La naturaleza humana es bastante contradictoria para que esos elementos exteriores de nuestra vida nos hagan efectos diferentes. Veamos. Yo digo: su verano triunfante; ?es as? como usted lo vive? Quiz?, si Tagore est? cerca de usted. En cuanto a m?, un poco de sol me resultar?a muy beneficioso: lo disfruto con s?lo verlo reflejarse sobre sus fotograf?as".

Y el 17 de diciembre de 1924, contin?a: "Todav?a me proh?bo hablar de Tagore pues, como usted dijo, no lo conozco. No hay nada que usted me haya citado de ?l, que no encuentre hermoso. Pero siento todav?a, respecto de ?l, un poco de lo que usted siente ante Proust, en sentido exactamente inverso: el sentimiento de una cosa incompleta, no en su conclusi?n, sino en su punto de partida, en su anclaje en la vida. [...] Nuestra naturaleza europea es profundamente realista, profundamente enraizada en la tierra, no podemos negar esto, ni hacer como si no fuera as?. Eso hizo que Europa realizara cosas hermosas. Que, en esa curiosidad apasionada de la vida terrestre, olvidamos un poco nuestra salvaci?n es precisamente aquello de lo que sufrimos, es precisamente donde la sabidur?a oriental nos sirve de precioso socorro [...]".

Un a?o m?s tarde, con subvenciones y donaciones obtenidas, Ansermet parti? hacia Buenos Aires, exactamente en las mismas condiciones en que hoy llegan muchos artistas de ?pera a esta ciudad. En carta a Victoria, el 12 de abril de 1925, explica: "De nuevo, parto sin contrato (por lo menos, todav?a no lo recib?). No puedo discutir un punto que me resultaba importante: conservar mi libertad para hacer algo m?s aparte de dirigir la APO".

Durante esa temporada en Buenos Aires, el director suizo estren? aqu? el oratorio Le roi David, de Arthur Honegger. El papel de recitante lo cubri? Victoria Ocampo. Fue la primera vez que una mujer interpret? ese papel y Ansermet se hab?a opuesto, al principio, a que lo hiciera una voz femenina. Finalmente se rindi? ante un hecho insuperable: no hab?a en Buenos Aires un hombre que pudiera recitar en franc?s ese texto con la comprensi?n necesaria. Victoria, por su parte, era partidaria de que el texto se leyera en franc?s y, en ese caso, la int?rprete ideal era ella, que hab?a estudiado recitado con la gran actriz francesa Marguerite Moreno. Esa situaci?n cre? un malentendido por exceso de delicadeza de ambos, que se disip? por el ?xito obtenido en el concierto.

El 1? de octubre de 1925, Victoria transmite a Ansermet una reflexi?n muy reveladora: "Comprendo tan bien esta queja de Rivi?re: ?Pienso que soy aquel para el que cada belleza es una sofocaci?n....? [...]. Cuando escucho el Cuarteto de Debussy (aun a su lado), estoy en una isla. Cuando asisto al ba?o de mi peque?a (e insoportable) sobrina y beso sus piececitos mojados y la tomo en mis brazos y quisiera comerla, estoy en una isla [...]. Y as? de continuo.

"Pero cuando leo en Santo Tom?s que el amor es un ?apetito de amistad? (eso es lo que yo llamo belleza espiritual), estoy en un continente, estoy en comunicaci?n con el universo, me siento transmisible, estoy en conexi?n con todas las formas de vida".

Para la temporada de 1927, Victoria logr?, gracias a Marcelo T. de Alvear y a sus contactos, una subvenci?n de cien mil pesos para la APO. Pens? entonces que se hab?an acabado los problemas de Ansermet y su orquesta. Pecaba de excesiva ingenuidad. La direcci?n y la comisi?n cultural de la APO, con mayor?a de votos, separaron al suizo del nuevo ciclo y contrataron al norteamericano Hadley, que result? una batuta mediocre. Victoria, indignada, renunci? al nombramiento de "socio protector" que le hab?a conferido la APO. Entonces, se puso en campa?a para que Ansermet pudiera venir a dirigir conciertos con una orquesta reducida. Quiz? los conciertos pod?an darse en una sala m?s chica y m?s econ?mica, como el cine teatro Grand Splendid. Para reunir fondos, recurri? una vez m?s a la generosa, riqu?sima pero imprevisible se?ora Saint. El 12 de marzo de 1927 escribe a Ansermet: "La se?ora Saint me dijo que no le parec?a conveniente que usted dirigiera en un local que sirve de cine y que muchas personas comparten su opini?n [...]. El Politeama sirvi? de circo; el Coliseo, ?dem pero, claro, en esa ?poca la se?ora Saint era todav?a la se?ora Rusikoff".

Finalmente Ansermet vino a Buenos Aires, toc? en el Grand Splendid y ofreci? L?incoronazione di Poppea, fragmentos de La historia del soldado de Stravinski, Pastoral de Verano de Honegger y Mi madre la oca de Ravel.

En 1933, Victoria Ocampo fue designada directora del Teatro Col?n. Naturalmente tropez? con los mismos obst?culos que hoy paralizan los espect?culos. El 10 de marzo de 1933, le confiesa a Ansermet: "Para m? el Col?n es un clavo. Si pudiera actuar seg?n mi voluntad, todav?a. Pero una m?quina como el Col?n, sobre todo en este momento en que tenemos poco dinero (800.000 pesos para toda la temporada) y el Concejo Deliberante mira todo con malos ojos, no es verdaderamente una empresa ?para mi placer?.

"Nombr? a Juan Jos? [Castro] director general del Col?n. Quer?an darle ese empleo a un argentino y la opini?n p?blica, los diarios, etc?tera, prefer?an a Panizza (o a Calusio). Con excepci?n de LA NACION y de La Raz?n, la prensa est? en contra de nosotros". La gesti?n de Ocampo y Castro, a pesar de varios espect?culos de mucho ?xito, termin? poco despu?s con la renuncia de ambos.

La despedida

A partir de los a?os 30, la correspondencia entre Victoria y Ansermet cobr? un ritmo m?s lento y se interrumpi? por completo durante la Segunda Guerra. Desde la posguerra y hasta la muerte de Ansermet, el intercambio epistolar de los dos amigos fue escaso, en parte, porque los viajes de Victoria a Europa y a los Estados Unidos se hicieron m?s frecuentes y, entonces, ambos ten?an oportunidad de encontrarse.

Las ?ltimas cartas que intercambiaron est?n marcadas por los rituales de las despedidas y por la memoria. Dice Ansermet en una carta del 5 de enero de 1965: "Usted es como yo en esta ?poca de la vida en que nuestro mundo se disuelve y uno pasa su tiempo rindiendo homenaje a seres queridos que nos abandonan. Uno aprecia entonces mucho m?s la presencia de los que nos quedan". Y el 15 de julio de 1967 le escribe: "Usted es una gran parte de mi existencia, Victoria, y siempre la quiero. Usted es para m? una de las columnas que cuentan para sentirme firme sobre mis pies en la tierra y debe saber que hasta durante nuestros largos per?odos de silencio est? siempre presente en m?".

La muerte de Juan Jos? Castro en 1968 fue el preludio de la despedida de Victoria y Ansermet. Ella le escribi? el 5 de septiembre de 1968: "Esta muerte es tambi?n la muerte (material) de todo un pasado que hemos vivido juntos.[...] Tout va sous terre et rentre dans le jeu [Todo vuelve a la tierra y reanuda el juego], como dec?a Val?ry, ?pero qu? juego?" En su ?ltima carta, fechada el 19 de octubre de 1968, ?l le responde: "Querida Victoria, sus noticias siempre me conmueven, pues encuentro en ellas ese coraz?n de la Argentina, que es para m? toda la Argentina y que me conquist? para siempre".

Vies crois?es... abunda en humor, en inteligencia, en emociones, pero constituye sobre todo un documento notable acerca de la amistad de dos seres excepcionales, que supieron preservar ese lazo en medio de fuertes tormentas espirituales. Cuando uno vuelve la ?ltima p?gina del libro es inevitable sentir nostalgia por lo que fue, por lo que ellos fueron, pero tambi?n por lo que la Argentina pudo haber sido y no es. Victoria y Ansermet lucharon por causas y valores que son todav?a los de muchos de los que habitamos la Argentina. Ser?a bueno que la nostalgia que inspiran estas cartas se convierta en acci?n reparadora.




Tags: Ansermet - Ocampo

Publicado por carmenlobo @ 8:52
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