José Zepeda *
Con Roa Bastos se marcha un parte de lo mejor de nosotros mismos. Pierde Latinoamérica a un escritor independiente comprometido con la causa de los abandonados por la historia en una tierra que pareciera haberse enamorado del infortunio.
Resulta singular su fama con las letras, aunque siempre descreyó de ellas. La razón es poderosa: Paraguay es un país eminentemente oral, en donde la cultura del libro es más débil que en cualquier otro lugar de América Latina. Se trata, por lo demás, de una nación bilingüe en la que el guaraní le otorga esa porción de un mundo relacionado con la naturaleza, con los sentimientos, con las emociones y la comunicación íntima, que hacen de este idioma un instrumento irreemplazable de la comunicación.
Dentro la mitología guaraní pervive el elemento creador de la palabra. Se trata de un tema central: el árbol de la palabra, un cedro mítico que le da fuerza al primer padre, que es a la vez el último, en una suerte de inversión del creador que se apoya además en la vara insignia, un derivado de este árbol de la palabra. De esa madera desciende Roa Bastos.
Comenzó a escribir realmente en el exilio, a partir de 1947. Antes su labor se redujo siempre al trabajo de periodista, o las actividades culturales especialmente dedicadas a la gente desvalida, lo que creo en torno a su figura esa aura maléfica con que lo vieron los ojos de la dictadura.
Aunque sus libros puedan inducir a otras creencias siempre tuvo una sorna inquina por las letras, y si no hubiese sido por esa desgracia del exilio no habría sido escritor. En una entrevista con Radio Nederland dijo que escribir en español es estar en deuda permanente con la otra lengua, la materna, el guaraní. Y agregó, entre pícaro y coqueto: "Mi gran pasión fue ser músico, pero descubrí que no estaba dotado para esta actividad, por eso me conforme con la literatura". Seguramente su vida de escritor estuvo determinada siempre por escribir el libro que le hubiese gustado leer, esa fue la búsqueda de toda sus existencia. La autocrítica lo llevó a actividades pirómanas, y no dudó un momento en quemar alguna novela. Para él se trataba de una disciplina de rigor, de un elemento de la estrategia literaria, porque cuando se termina una obra se la tiene tan a la mano para asaltarla que los mecanismos íntimos comienzan su labor, aparentemente, para añadir las ausencias y reparar los errores. Hay, entonces, una búsqueda de percepción infructuosa, un anhelo por deshacerse de algo mal hecho. Pero la novela quemada no son simples páginas, es tiempo invertido, es vida entregada; el novelista cae en estados de sonambulismo cuando hay obras que nacen mal paridas y es difícil enderezarlas, aunque entienda concientemente que no es beneficioso para él saquearse a sí mismo.
Roa Bastos -en cuanto a su tiempo disponible para la literatura- fue escritor proletario, de feriados y fines de semana, porque desde esos tiempos del exilio Stroessner le quitó hasta la nacionalidad y tuvo que trabajar para dar de comer a su gente. Por eso su obra fue relativamente escasa. El hecho de escribir ha sido prácticamente un trabajo clandestino que influyó en la característica tan suya de no tener necesidad de producir por producir.
El exilio fue siempre una fuente permanente de enriquecimiento y nunca habló de esas circunstancias en términos de queja. El extrañamiento, si se desea, produce lo mejor en uno; no las heridas, no el dolor. Naturalmente, fue penoso por todos aquellos que no pudieron volver a Paraguay, los que se quedaron en el camino.
El autor de Yo, el Supremo; Hijo de hombre; El trueno entre las hojas; El Fiscal... creía que "la ideología es una respiración del ser humano que no puede ser eliminada". Una respiración en busca de otros relieves para encontrar un equilibrio entre dos concepciones diferentes: la ideología indígena que supone una alianza con la naturaleza, esa posibilidad de proyectar y preservar sus valores culturales; y la ideología del mestizo que desea entrar en una etapa de desarrollo histórico mayor, porque Paraguay -como otras naciones de la región- sigue teniendo necesidad de una segunda independencia.
Se ha extinguido una vida modesta, tanto que ha pedido en su testamento que se ahorren las honras fúnebres. Siempre fue un hombre de poco ruido. Sin embargo, perdurarán todavía por mucho tiempo sus palabras para describir la figura del tirano y, en el trasfondo -en contrapartida de esas siniestras figuras-, la de los verdaderos héroes de esta historia que han tratado siempre de liberar a sus pueblos. Esta mecánica ha hecho que el poder absoluto haya sido relegado a la inoperancia. Aunque no debemos olvidar ni un instante que en gran medida los dictadores son consecuencia de sus propias sociedades. En el caso de Paraguay, Alfredo Stroessner llegó al poder prometiendo un cambio, y la sociedad le dio un aval implícito que contribuyó, en su medida, a su entronización, con la creencia de que llegaba para inaugurar una época distinta a las anteriores. Así, el poder del gobierno autoritario marca la línea de flotación de aceptación de una sociedad. Eso nos deja como enseñanza mayor Augusto Roa Bastos.
* José Zepeda es director del Departamento para América Latina de Radio Nederland © Radio Nederland Wereldomroep, all rights reserved