TOSCA Y EL DILEMA DEL PRISIONERO
Enrique Ibañes, octubre de 2002
Suenan los violines y la melodía de Puccini inunda la sala. Cavaradossi, el amante de Tosca, va a ser fusilado. Ella debe decidir si cumple o no su pacto con el jefe de policía, el corrupto Scarpia, quien le promete la vida de su amante, haciendo que el pelotón dispare balas de fogueo, si ella se acuesta con él en esa trágica noche.
Tosca desconfía, porque no sabe si Scarpia le traicionará y mientras ella caiga rendida en el lecho del indeseable su verdadero amante muera atravesado por balas de acero. ¿Qué debe hacer?. Si acepta la deshonrosa proposición de Scarpia perderá el honor pero a lo mejor salvará la vida de Cavaradossi. O quizás ni siquiera eso. Puede que Scarpia cumpla su promesa y, en tal caso, ¿por qué ella debe ser fiel a tan infame pacto?
La pobre Tosca no sabe que se ha encontrado de golpe con el dilema del prisionero, cincuenta años antes de que Merril Flood y Melvin Dresher lo idearan para analizar estrategias sobre guerra nuclear a escala intercontinental. El dilema plantea situaciones entre dos personas en las que pactando cada uno obtiene un provecho limitado, pero traicionando al otro se obtiene más, salvo que ambas partes decidan traicionarse, perdiéndolo todo ambos.
El dilema del prisionero es un concepto de aplicación universal. Se observa en el terreno de la biología, la psicología, el derecho, la economía o la sociología. Surge donde existe conflicto de intereses pero sobretodo es una herramienta poderosa para explicar la manera en la que se organizan las sociedades humanas.
Cuando se plantea reiteradamente una situación como la del dilema a unos mismos participantes, surgen posibles estrategias individuales para obtener el máximo provecho. Si traicionas la primera vez quizás obtienes más ganancias en esa vez pero en la siguiente situación la otra parte ya sabrá que no eres de fiar y estará a su vez más dispuesta a traicionarte. La reiteración del dilema lleva a estrategias de cooperación. Es preferible pactar a traicionar, para obtener más provecho a largo plazo.
Años atrás, Robert Axelrod organizó un concurso mundial sobre un dilema del prisionero reiterativo. Los concursantes debían elaborar la estrategia que les permitiera obtener la máxima ganancia posible al someterse un número indeterminado de veces contra las mismas personas a la situación que plantea el dilema.
Las estrategias que concursaron fueron variopintas. Las más extremistas, las de defraudadores obsesivos, que traicionaban sistemáticamente cualquier pacto, fueron muy perdedoras, porque las otras se defendían traicionando a su vez.
Un grupo de concursantes se apuntó a estrategias ingenuas, que siempre colaboraban aunque les traicionasen una y otra vez, siguiendo el lema cristiano de poner la otra mejilla. También perdieron, explotadas sin descanso por los defraudadores.
Otras estrategias se apuntaron a la picardía. En general actuaban colaborando con la otra parte, es decir, pactando, pero de vez en cuando echaban una canita al aire, traicionando al contrario para obtener más ganancias. La picardía no fue, sin embargo, un buen sistema, porque era represaliada por estrategias ultravengativas, que jamás perdonaban la traición.
La estrategia vencedora absoluta del concurso mundial fue la de la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Consistía en una estrategia colaboradora, dispuesta siempre a pactar, pero justiciera. Si la otra parte le traicionaba una vez, devolvía exactamente la misma medida, otra traición, pero no más que eso. A partir de ahí volvía a colaborar. Justo el ojo por el ojo, pero luego el perdón. Tal línea de acción dio resultados inmejorables. Creaba confianza, porque era de natural colaborador. Era justiciera, pero no rencorosa. Capaz de tratar favorablemente con ingenuos, de castigar en su justa medida a los pícaros, de responder firmemente al ataque de los defraudadores obsesivos y de evitar conflictos con los vengativos.
Tosca no tuvo, sin duda, la oportunidad de participar en el concurso de Axelrod. Tampoco el suyo era un dilema reiterativo porque a Cavaradossi lo fusilarían sólo una vez. Y además, a Puccini le gustaban los dramones. Por eso Tosca eligió traicionar al malvado Scarpia, apuñalándolo mientras se abrazaban. No se confundió, sin embargo, mucho. Scarpia también le había dado gato por liebre. Doble traición y un joven muerto bajo las balas. ¡Viva la ópera!
El dilema del prisionero
La teoría de juegos se usa para analizar comportamientos estratégicos donde hay dependencia mutua, es decir, donde hay que tener en cuenta el posible comportamiento de otros. Un ejemplo es el famoso “dilema del prisionero”, que suele atribuirse a A. W. Tucker (profesor de Nash). No es el único posible modelo de "dilema", pero es el que despierta más fascinación.
Dos sospechosos son detenidos en cercanías del lugar de un crimen y la policía comienza aplicar las técnicas de interrogatorio por separado. Cada uno de ellos tiene la posibilidad de elegir entre confesar acusando a su compañero, o de no hacerlo. Existen por tanto cuatro posibilidades, que se pueden reflejar en una tabla de alternativas: que ninguno defraude, que lo hagan los dos, que lo haga el primero o el segundo.
Si ninguno de ellos confiesa, entonces ambos pasarán un año en prisión. Si ambos confiesan y se acusan mutuamente, los dos irán a prisión por 10 años cada uno, pero si sólo uno confiesa y acusa a su compañero al implicado le caerán 20 años y el acusador saldrá libre por colaborar.
Ya que las decisiones son independientes, y dado que el objetivo de cada uno es lograr el máximo beneficio personal(aparentemente), lo racional es defraudar. Pero si los dos se comportan racionalmente, ambos recibirán un castigo diez veces superior a que si no lo hicieran...
El dilema del prisionero se usa como ejemplo del clásico conflicto entre los intereses individuales y los colectivos de quienes toman decisiones, y también para justificar los beneficios de la colaboración. Por ejemplo, si en un entorno laboral se actúa de forma poco colaboradora, con objeto de proteger el propio puesto, existe el riesgo de que a la larga nadie conserve su puesto, al fracasar los proyectos.
Sin embargo, en las grandes organizaciones (y en la propia sociedad) la influencia del propio comportamiento sobre el éxito total puede ser baja. Si nadie coopera ¿por qué cooperar? (esta estrategia explica la suciedad de algunos sitios públicos...) Y si todos cooperan ¿por qué cooperar? (esta es la estrategia de muchos gorrones).
Si se aplica este problema de forma repetida a un colectivo, las estrategias se hacen más complejas. Es paradójico, pero puede justificarse que muchas de las actitudes cooperativas de los seres humanos (y de las organizaciones) se explican por la naturaleza egoísta de éstos.