Viernes, 18 de noviembre de 2005

Por Eduardo Galeano

As? comienza el cap?tulo primero de Las venas abiertas de Am?rica Latina.

Fiebre del oro, fiebre de la plata
El signo de la cruz en las empu?aduras de las espadas


Cuando Crist?bal Col?n se lanz? a atravesar los grandes espacios vac?os al oeste de la Ec?mene, hab?a aceptado el desaf?o de las leyendas. Tempestades terribles jugar?an con sus naves, como si fueran c?scaras de nuez, y las arrojar?an a las bocas de los monstruos; la gran serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana, estar?a al acecho. S?lo faltaban mil a?os para que los fuegos purificadores del juicio final arrasaran el mundo, seg?n cre?an los hombres del siglo XV, y el mundo era entonces el mar Mediterr?neo con sus costas de ambigua proyecci?n hacia el Africa y Oriente. Los navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste tra?a cad?veres extra?os y a veces arrastraba le?os curiosamente tallados, pero nadie sospechaba que el mundo ser?a, Pronto, asombrosamente multiplicado.
Am?rica no s?lo carec?a de nombre. Los noruegos no sab?an que la hab?an descubierto hac?a largo tiempo, y el propio Col?n muri?, despu?s de sus viajes, todav?a convencido de que hab?a llegado al Asia por la espalda. En 1492, cuando la bota espa?ola se clav? por primera vez en las arenas de las Bahamas, el Almirante crey? que estas islas eran una avanzada del Jap?n. Col?n llevaba consigo un ejemplar del libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los m?rgenes de las p?ginas. Los habitantes de Cipango, dec?a Marco Polo, poseen oro en enorme abundancia y las minas donde lo encuentran no se agotan jam?s... Tambi?n hay en esta isla perlas del m?s puro oriente en gran cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tama?o y sobrepasan en valor a las perlas blancas. La riqueza de Cipango hab?a llegado a o?dos del Gran Khan Kublai, hab?a despertado en su pecho el deseo de conquistarla: ?l hab?a fracasado. De las fulgurantes p?ginas de Marco Polo se echaban al vuelo todos los bienes de la creaci?n; hab?a casi trece mil islas en el mar de la India con monta?as de oro y perlas, y doce clases de especias en cantidades inmensas, adem?s de la pimienta blanca y negra.

La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la nuez moscada y la canela eran tan codiciados como la sal para conservar la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera sabor. Los Reyes Cat?licos de Espa?a decidieron financiar la aventura del acceso directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio de las especias y las plantas tropicales, las muselinas y las armas blancas que proven?an de las misteriosas regiones del oriente. El af?n de metales preciosos, medio de pago para el tr?fico comercial, impuls? tambi?n la traves?a de los mares malditos. Europa entera necesitaba plata; ya casi estaban exhaustos los filones de Bohemia, Sajonia y el Tirol.

Espa?a viv?a el tiempo de la reconquista. 1492 no fue s?lo el a?o del descubrimiento de Am?rica, el nuevo mundo nacido de aquella equivocaci?n de consecuencias grandiosas. Fue tambi?n el a?o de la recuperaci?n de Granada. Fernando de Arag?n e Isabel de Castilla, que hab?an superado con su matrimonio el desgarramiento de sus dominios, abatieron a comienzos de 1492 el ?ltimo reducto de la religi?n musulmana en suelo espa?ol. Hab?a costado casi ocho siglos recobrar lo que se hab?a perdido en siete a?os, y la guerra de reconquista hab?a agotado el tesoro real. Pero ?sta era una guerra santa, la guerra cristiana contra el Islam, y no es casual, adem?s, que en ese mismo a?o 1492 ciento cincuenta mil jud?os declarados fueran expulsados del pa?s. Espa?a adquir?a realidad como naci?n alzando espadas cuyas empu?aduras dibujaban el signo de la cruz. La reina Isabel se hizo madrina de la Santa Inquisici?n. La haza?a del descubrimiento de Am?rica no podr?a explicarse sin la tradici?n militar de guerra de cruzadas que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar car?cter sagrado a la conquista de las tierras inc?gnitas del otro lado del mar. El Papa Alejandro VI, que era valenciano, convirti? a la reina Isabel en due?a y se?ora del Nuevo Mundo. La expansi?n del reino de Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.

Tres a?os despu?s del descubrimiento, Crist?bal Col?n dirigi? en persona la campa?a militar contra los ind?genas de la Dominicana. Un pu?ado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. M?s de quinientos, enviados a Espa?a, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente. Pero algunos te?logos protestaron y la esclavizaci?n de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista deb?an leer a los indios, ante escribano p?blico, un extenso y ret?rico Requerimiento que los exhortaba a convertirse a la santa fe cat?lica: Si no lo hici?reis, o en ello dilaci?n maliciosamente pusi?reis, certif?coos que con la ayuda de Dios yo entrar? poderosamente contra vosotros y vos har? guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetar? al yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomar? vuestras mujeres y hijos y los har? esclavos, y como tales los vender?, y dispondr? de ellos como Su Majestad mandare, y os tomar? vuestros bienes y os har? todos los males y da?os que pudiere...

Am?rica era el vasto imperio del Diablo, de redenci?n imposible o dudosa, pero la fan?tica misi?n contra la herej?a de los nativos se confund?a con la fiebre que desataba, en las huestes de la conquista, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal D?az del Castillo, fiel compa?ero de Hern?n Cort?s en la conquista de M?xico, escribe que han llegado a Am?rica por servir a Dios y a Su Majestad y tambi?n por haber riquezas.

Col?n qued? deslumbrado, cuando alcanz? el atol?n de San Salvador, por la colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la dulzura y la limpieza del aire, los p?jaros espl?ndidos y los mancebos de buena estatura, gente muy hermosa y harto mansa que all? habitaba. Regal? a los ind?genas unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se pon?an al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Les mostr? las espadas. Ellos no las conoc?an, las tomaban por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su diario de navegaci?n, ?yo estaba atento y trabajaba de saber si hab?a oro, y vide que algunos dellos tra?an un pedazuelo colgando en un agujero que ten?an a la nariz, y por se?as pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba all? un Rey que ten?a grandes vasos dello, y ten?a muy mucho?. Porque del oro se hace tesoro, y con ?l quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega a que echa las ?nimas al Para?so. En su tercer viaje Col?n segu?a creyendo que andaba por el mar de la China cuando entr? en las costas de Venezuela; ello no le impidi? informar que desde all? se extend?a una tierra infinita que sub?a hacia el Para?so Terrenal. Tambi?n Am?rico Vespucio, explorador del litoral de Brasil mientras nac?a el siglo XVI, relatar?a a Lorenzo de M?dicis: Los ?rboles son de tanta belleza y tanta blandura que nos sent?amos estar en el Para?so Terrenal... Con despecho escrib?a Col?n a los reyes, desde Jamaica, en 1503: Cuando yo descubr? las Indias, dije que eran el mayor se?or?o rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras preciosas, especier?as...

Una sola bolsa de pimienta val?a, en el medioevo, m?s que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el Renacimiento empleaba para abrir las puertas del para?so en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los espa?oles y los portugueses en Am?rica combin? la propagaci?n de la fe cristiana con la usurpaci?n y el saqueo de las riquezas nativas. El poder europeo se extend?a para abrazar el mundo. Las tierras v?rgenes, densas de selvas y de peligros, encend?an la codicia de los capitanes, los hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista de los espectaculares botines de guerra: cre?an en la gloria, el sol de los muertos, y en la audacia. A los osados ayuda fortuna, dec?a Cort?s. El propio Cort?s hab?a hipotecado todos sus bienes personales para equipar la expedici?n a M?xico. Salvo contadas excepciones como fue el caso de Col?n o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros que los financiaban.

Naci? el mito de Eldorado, el monarca ba?ado en oro que los ind?genas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del cerro que manaba plata se hizo realidad en 1545, con el descubrimiento de Potos?, pero antes hab?an muerto, vencidos por el hambre y por la enfermedad o atravesados a flechazos por los ind?genas, muchos de los expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al manantial de la plata remontando el r?o Paran?.

Hab?a, s?, oro y plata en grandes cantidades, acumulados en la meseta de M?xico y en el altiplano andino. Hern?n Cort?s revel? para Espa?a, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de Moctezuma, y quince a?os despu?s lleg? a Sevilla el gigantesco rescate, un aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar al inca Atahualpa antes de estrangularlo. A?os antes, con el oro arrancado de las Antillas hab?a pagado la Corona los servicios de los marinos que hab?an acompa?ado a Col?n en su primer viaje. Finalmente, la poblaci?n de las islas del Caribe dej? de pagar tributos, porque desapareci?: los ind?genas fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las arenas aur?feras con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta m?s all? de la extenuaci?n, con la espalda doblada sobre los pesados instrumentos de labranza tra?dos desde Espa?a. Muchos ind?genas de la Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fern?ndez de Oviedo interpretaba as?, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los antillanos: Muchos dellos, por su pasatiempo, se mataron con ponzo?a por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus manos propias.

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Publicado por carmenlobo @ 10:13  | Galeano, Eduardo
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