Mi?rcoles, 16 de noviembre de 2005

Por Eduardo Galeano

Hasta hace veinte o treinta a?os, la pobreza era fruto de la injusticia. Lo denunciaba la izquierda, lo admit?a el centro, rara vez lo negaba la derecha. Mucho han cambiado los tiempos, en tan poco tiempo: ahora la pobreza es el justo castigo que la ineficiencia merece, o simplemente es un modo de expresi?n del orden natural de las cosas. La pobreza puede merecer l?stima, pero ya no provoca indignaci?n: hay pobres por ley de juego o fatalidad del destino.

Los medios dominantes de comunicaci?n, que muestran la actualidad del mundo como un espect?culo fugaz, ajeno a la realidad y vac?o de memoria, bendicen y ayudan a perpetuar la organizaci?n de la desigualdad creciente. Nunca el mundo ha sido tan injusto en el reparto de los panes y los peces, pero el sistema que en el mundo rige, y que ahora se llama, pudorosamente, econom?a de mercado, se sumerge cada d?a en un ba?o de impunidad. La injusticia est? fuera de la cuesti?n. El c?digo moral de este fin de siglo no condena la injusticia, sino el fracaso.

Hace unos meses, Robert McNamara, que fue uno de los responsables de la guerra de Vietnam, escribi? un largo arrepentimiento p?blico. Su libro, In retrospect (Times Books, 1995) reconoce que esa guerra fue un error. Pero esa guerra, que mat? a tres millones de vietnamitas y a 58 mil norteamericanos, fue un error porque no se pod?a ganar, y no porque fuera injusta. El pecado est? en la derrota, no en la injusticia. Seg?n McNamara, ya en 1965 el gobierno de Estados Unidos dispon?a de abrumadoras evidencias que demostraban la imposibilidad de la victoria de sus fuerzas invasoras, pero sigui? actuando como si la victoria fuera posible. El hecho de que Estados Unidos estuviera practicando el terrorismo internacional para imponer a Vietnam una dictadura militar que los vietnamitas no quer?an, est? fuera de la cuesti?n.

En un sistema de recompensas y castigos, que concibe la vida como una despiadada carrera entre pocos ganadores y muchos perdedores, los winners y los loosers, el fracaso es el ?nico pecado mortal. El orden biol?gico, quiz?s zool?gico. Con la violencia ocurre lo mismo que ocurre con la pobreza. Al sur del planeta, donde habitan los perdedores, la violencia rara vez aparece como un resultado de la injusticia. La violencia casi siempre se exhibe como el fruto de la mala conducta de los seres de tercera clase que habitan el llamado Tercer Mundo, condenados a la violencia porque ella est? en su naturaleza: la violencia corresponde, como la pobreza, al orden natural, al orden biol?gico o quiz?s zool?gico de un submundo que as? es porque as? ha sido y as? seguir? siendo.

Las tradiciones, que perpet?an la maldici?n desde el oscuro fondo de los tiempos, act?an al servicio de esta naturaleza c?mplice de la desigualdad social, y proporcionan la explicaci?n m?gica de todos los horrores. La reciente reuni?n mundial de las mujeres en Pek?n desencaden? una oleada de denuncias, en los medios masivos de comunicaci?n, a prop?sito de una costumbre aberrante: en India, China, Pakist?n, Corea del Sur y otros pa?ses asi?ticos, millones de ni?as son asesinadas al nacer. Los medios atribuyeron el sistem?tico infanticidio solamente a ``la barbarie milenaria''. Pero el desbalance de la poblaci?n asi?tica, cada vez m?s hombres, cada vez menos mujeres, se ha agudizado en estos ?ltimos a?os. ?No tendr? este hecho algo que ver, quiz?s mucho que ver, con la incorporaci?n acelerada y brutal de esos pa?ses a la llamada ``modernizaci?n'', a trav?s del desarrollo de las industrias exportadoras de baj?simos costos? Los valores del mercado, valores dominantes en el mundo de hoy, ?son inocentes de esos cr?menes? La coartada de la tradici?n, ?puede absolver a un sistema que cotiza a precio vil la mano de obra femenina, y convierte en desgracia el nacimiento de las ni?as en los hogares pobres? Campana de palo Mientras McNamara publicaba su libro sobre Vietnam, dos pa?ses latinoamericanos, Guatemala y Chile, atrajeron, por asombrosa excepci?n, la atenci?n de la opini?n p?blica norteamericana.

Un coronel del ej?rcito de Guatemala fue acusado del asesinato de un ciudadano de Estados Unidos y de la tortura y muerte del marido de una ciudadana de Estados Unidos. Desde hac?a unos cuantos a?os, se revel?, ese coronel cobraba sueldo de la CIA. Pero los medios de comunicaci?n, que difundieron bastante informaci?n sobre el escandaloso asunto, prestaron poca importancia al hecho de que la CIA viene financiando asesinos y poniendo y sacando gobiernos en Guatemala desde 1954. En aquel a?o, la CIA organiz?, con el visto bueno del presidente Eisenhower, el golpe de Estado que volte? al gobierno democr?tico de Jacobo Arbenz. El ba?o de sangre que Guatemala viene sufriendo desde entonces, ha sido siempre considerado natural, y raras veces ha llamado la atenci?n de las f?bricas de opini?n p?blica. No menos de cien mil vidas humanas han sido sacrificadas; pero ?sas han sido vidas guatemaltecas, y en su mayor?a, para colmo del desprecio, vidas ind?genas.

Al mismo tiempo que revelaban lo del coronel en Guatemala, los medios informaron que dos altos oficiales de la dictadura de Pinochet hab?an sido condenados a prisi?n en Chile. El asesinato de Osvaldo Letelier constitu?a una excepci?n a la norma de la impunidad, y este detalle no fue mencionado. Impunemente hab?an cometido muchos otros cr?menes los militares que en 1973 asaltaron el poder en Chile, con la colaboraci?n confesa del presidente Nixon. Letelier hab?a sido asesinado, con su secretaria norteamericana, en la ciudad de Washington. ?Qu? hubiera ocurrido si hubiera ca?do en Santiago de Chile, o en cualquier otra ciudad latinoamericana? ?Qu? ocurri? con el general chileno Carlos Prats, impunemente asesinado, con su esposa tambi?n chilena, en Buenos Aires, en 1974?Cosas de negros. Autom?viles imbatibles, jabones prodigiosos, perfumes excitantes, analg?sicos m?gicos: a trav?s de la pantalla chica, el mercado hipnotiza al p?blico consumidor. A veces, entre aviso y aviso, la televisi?n cuela im?genes de hambre y guerra. Esos horrores, esas fatalidades, vienen del otro mundo, donde el infierno acontece, y no hacen m?s que destacar el car?cter paradis?aco de las ofertas de la sociedad de consumo. Con frecuencia esas im?genes vienen del Africa. El hambre africana se exhibe como una cat?strofe natural y las guerras africanas no enfrentan etnias, pueblos o regiones, sino tribus, y no son m?s que cosas de negros. Las im?genes del hambre jam?s aluden, ni siquiera de paso, al saqueo colonial. Jam?s se menciona la responsabilidad de las potencias occidentales, que ayer desangraron al Africa a trav?s de la trata de esclavos y el monocultivo obligatorio, y hoy perpet?an la hemorragia pagando salarios enanos y precios de ruina. Lo mismo ocurre con las im?genes de las guerras: siempre el mismo silencio sobre la herencia colonial, siempre la misma impunidad para los inventores de las fronteras falsas, que han desgarrado al Africa en m?s de cincuenta pedazos, y para los traficantes de la muerte, que desde el norte venden las armas para que el sur haga las guerras.

Durante la guerra de Ruanda, que brind? las m?s atroces im?genes en 1994 y buena parte de 1995, ni por casualidad se escuch?, en la tele, la menor referencia a la responsabilidad de Alemania, B?lgica y Francia. Pero las tres potencias coloniales hab?an sucesivamente contribuido a hacer a?icos la tradici?n de tolerancia entre los tutsis y los hutus, dos pueblos que hab?an convivido pac?ficamente, durante varios siglos, antes de ser entrenados para el exterminio mutuo.



Publicado por carmenlobo @ 6:57  | Galeano, Eduardo
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