JUAN JOSÉ MILLÁS
Aunque no me interesa el boxeo, he leído un par de biografías de Muhammmed Ali, cuya personalidad es un pozo sin fondo. Puedes hundirte cuanto quieras en su universo, pero siempre volverás a la realidad con la impresión de que apenas has visto lo que ocurre en la superficie. Aún en los momentos en los que era El rey del mundo (tal es el título de la mejor de sus biografías) y se mostraba como un personaje histriónico, gritón, vulgar, se percibía en él una fuerza moral completamente extraña a los usos y costumbres de la sociedad norteamericana, que asistía, atónita, a su éxito. Cuando se negó a ir a la guerra del Vietnam, el rey del mundo devino en 24 horas en un pordiosero. No hay en EE UU palabra con peores connotaciones que la de antipatriota. El antipatriota es portador de la peste. De todas las formas de hacerle caer en desgracia, eligieron ésta, la más cruel.
El rey del mundo conoció la cárcel, el silencio, la humillación, la burla, pero sobrevivió a todo sin arrodillarse, sin pedir perdón, sin dar un paso a atrás. De dónde obtuvo las reservas emocionales para hacer frente a tanta miseria, y durante tanto tiempo, continúa siendo una incógnita. El tiempo le daría la razón y convertiría a aquella especie de espantajo que bailaba y gritaba por el cuadrilátero como un bufón en uno de los hombres más respetados del universo. En la actualidad, es un héroe americano, el extremo opuesto del antipatriota. Para pasar de un lado a otro no ha tenido que desplazarse un milímetro: ha logrado que fuera la sociedad norteamericana la que se moviera.
Acaba de aparecer en Italia una autobiografía del Muhammed Ali (El alma de la mariposa), donde relata en primera persona lo que en tantas ocasiones hemos escuchado de él en tercera. «A veces», cuenta Casius, «me despierto y me vienen a la mente los recuerdos del pasado, el rugido de la multitud, el sonido de la campana?». Leemos la noticia de la publicación de este libro al mismo tiempo que la necrológica de Rosa Parks, la mujer negra que se negó a ceder el asiento a un blanco en el autobús. ¿Dónde está ahora aquel blanco, dónde los que llevaron a Muhammed a la cárcel? No lo duden: en el infierno.