Martes, 08 de noviembre de 2005
MANUEL VICENT


A primera hora de la ma?ana, con la salida del sol, las cuatro campanas de la iglesia daban dos o tres trallazos y luego, una detr?s de otra, ta??an con una cadencia lenta y melanc?lica. Alguien hab?a muerto esa noche en el pueblo. Bajo la terrible can?cula, en el silencio del mediod?a, hab?a una casa con la puerta entornada, en penumbra. Algunos ni?os entr?bamos muy despacio y, apartando la cortina, el m?s audaz preguntaba: "Se?ora, ?nos deja ver al difunto?". Una mujer de luto nos hac?a pasar. En una habitaci?n, junto a la cama desmontada, estaba el muerto encorbatado dentro de un ata?d en el suelo, con un pa?uelo atado en la cabeza para sujetarle la barbilla, con las suelas de los zapatos pintadas con bet?n. Siempre hab?a una mosca pertinaz que se paseaba por su cara. "Miradle, pobrecito, se ha quedado como un pajarito", dec?a la mujer, mientras trataba de ahuyentar con un papirote in?tilmente a la mosca que iba y ven?a. En los entierros de aquel tiempo los gritos de dolor resonaban en medio de los naranjos y llegaban hasta el mar. Nada ten?an que envidiar a los alaridos de las tragedias griegas. En los nichos permanecen todav?a las fotograf?as amarillas de aquellos muertos de mi ni?ez cuyos ojos espantados y la severidad hier?tica en el rostro tampoco desmerecen de los retratos metaf?sicos de la escuela italiana. Aquellos eran muertos de verdad. Pero hoy la muerte ha sido esterilizada. Los tanatorios de las grandes ciudades se parecen a los aeropuertos. Un altavoz anuncia la salida de un difunto hacia el cementerio como si fuera a tomar un avi?n al Caribe junto con toda la familia. Nadie llora, nadie grita. El cad?ver arde en un crematorio as?ptico mientras suena un cuarteto de Schubert y alguien lee un poema o un fragmento de Isa?as. Con las cenizas de un ser querido hoy se puede hacer un diamante para llevarlo engarzado en el dedo, aunque la mayor?a las esparcen en el Mediterr?neo, que se ha convertido en el ?ltimo e inevitable cementerio marino. Al parecer, se considera un lujo pasar la eternidad en compa??a de los rodaballos. De ni?o uno cree que siempre se mueren los otros, hasta que un d?a compruebas que la muerte no es una abstracci?n. Primero se van al otro mundo los amigos de tus padres. Despu?s comienzan a morirse tus amigos. Cada vez bombardean m?s cerca. Pienso que para salvar el pellejo ser?a conveniente refugiarse en el hoyo que deja la bomba que ha matado a un compa?ero. No creo que funcione, pero as? me


Publicado por carmenlobo @ 22:37  | Vincent, Manuel
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