domingo, 07 de agosto de 2005

Juan José Millas

De Hasib Husain, uno de los terroristas del metro de Londres, decía el periódico que se trataba de un chico turbulento, díscolo, cuyas actividades preocupaban a sus padres. Por fortuna (eso creían ellos), en los últimos tiempos se había convertido en un chico religioso, lo que rebajó la tensión familiar. Y de Shezad, otro de los autores del atentado, hemos sabido que su familia telefoneó a la policía el 7-J temiendo que su cuerpo estuviera entre los de las víctimas. Ni por un momento se les pasó por la cabeza la posibilidad de que fuera uno de los verdugos.

Si no tenemos ni idea de lo que se cuece en la habitación de al lado, donde duermen nuestros dulces hijos, cómo pretendemos saber lo que ocurre en el piso de enfrente. Las distintas dimensiones de la realidad conviven, pues, en espacios reducidísimos. Por eso se estorban unas a otras del modo que vemos estos días. El caso es que coge usted el ascensor para salir a trabajar y coincide con un señor educadísimo, un señor que pertenece evidentemente a su cultura, a su mundo, pero que a lo mejor es un Neandertal. Recuerdo una novela sobre la prehistoria en cuya faja publicitaria decía que si pones una chaqueta y una corbata a un Neandertal y lo sueltas en la Quinta Avenida, se confundiría con uno de nosotros. Esto es lo que ocurrió con Shezad y con Husain, que parecían dos de los nuestros.

Ya no hay forma de distinguir a los nuestros de los que no. Me escribe una señora muy preocupada: la policía descubrió hace tres o cuatro semanas a su hijo rompiendo semáforos y cabinas telefónicas. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, dijo que para celebrar el aprobado de la selectividad. Si en vez de haber aprobado la selectividad se hubiera licenciado en medicina, se habría dedicado a asesinar ancianitas. Lo curioso es que el chico se va a matricular en Filosofía y Letras. Esperamos de los filósofos que acaben con las convenciones, no con el mobiliario urbano. Está todo muy confundido. Y lo peor no es que no sepamos nada del adolescente que duerme en el dormitorio de al lado, lo malo es que no sabemos nada de nosotros mismos. ¿Por qué he hecho lo que he hecho?, nos preguntamos cada día como si habláramos de un extraño.

Y es verdad, ahora que parecía que mis instintos se habían calmado, que había encontrado una cierta paz en la oración, en los servicios religiosos, en el trato con personas que tienen una idea trascendente de la vida, ahora, resulta que aprueban el matrimonio entre homosexuales y salgo a la calle a vociferar como un loco. ¿Pero qué más me da a mí que Pedro y Juan se casen? ¿De dónde me ha salido ese instinto asesino? Me sacaron por casualidad en el periódico y tengo un gesto de odio en el que no me reconozco. ¿Cómo puedo compatibilizar el amor a Dios con el odio a mis semejantes? Y a mí es fácil engañarme porque no tengo estudios, pero quién ha engañado a esos señores con báculo, licenciados siete veces en Teología. ¿Por qué se les ha metido en la cabeza que a Dios le molesta el Código Civil? “Crees que conoces a la gente, pero luego no es así”, afirmaba un vecino de los terroristas de Londres.

Es verdad, crees que conoces a Blair, por ejemplo, y de repente te das cuenta de que quizá no sea uno de los tuyos. Lleva corbata, sí, y chaqueta, y ha estudiado una carrera universitaria, o dos, pero un día te levantas y lo descubres bombardeando un país. ¿Por qué lo ha hecho ahora que había ganado las elecciones, que había comenzado a asentar la cabeza, ahora que su vida comenzaba a encauzarse? No tenemos ni idea. Podemos, desde luego, aventurar alguna hipótesis: el petróleo, la vanidad, la existencia de un conflicto infantil no resuelto. Pero todas ellas nos parecen flojas para justificar una barbaridad que ha provocado ya decenas de miles de muertos. Lo peor no es que no sepamos por qué lo hizo, sino por qué se lo permitió un orden internacional que es nuestro orden internacional.

Quiere decirse que nos metemos en la cama con un orden internacional nada tranquilizador, aunque lleve corbata y chaqueta y vaya a misa todos los domingos. Hace poco, una señora telefoneó a una emisora de radio y preguntó, extrañada, por qué nadie se daba cuenta de que Bush no era normal. “Pero si es que no hay más que ver cómo actúa y cómo habla para darse cuenta de que le ocurre algo raro, muy raro”, decía. La señora llevaba toda la razón, pero quizá en la habitación que se encontraba al lado de aquélla desde la que llamaba había un adolescente, su hijo, buscando en internet una fórmula química para construir bombas caseras. Así que lo más probable es que hayan soltado al Neandertal de la novela citada más arriba. Y asómbrense: ¿saben quién era ese hombre prehistórico? Éramos nosotros, usted y yo. Qué mundo.



Publicado por carmenlobo @ 23:06
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios