Martes, 26 de julio de 2005

Juan Carlos Escudier



Los perdedores son inquebrantables. El que mejor he conocido lleva a?os d?ndole vueltas a una novela que nunca escribir?, de la que s?lo ha avanzado su primera l?nea: ?Nunca te f?es de los tipos sin cuello?. La frase es tan disparatada como su autor, aunque se obstina en ella como si encerrara un misterio insondable. Su animadversi?n hacia los cuellicortos es perpetua e inescrutable.

Si algo une a quienes son conscientes de su condici?n de malhadados, es su terquedad. Se trata de gente testaruda, a la que, por razones obvias, no asusta la derrota. Son incontables, pero se sienten minor?a. Est?n por todos lados, camuflados entre otros perdedores no convencidos, fascinados por seguir vivos, y atra?dos como insectos a la luz por una querencia ancestral a ordenarse en colas. All? se encuentran por miles, en las del metro y el autob?s, en las del pan, en las del INEM, en las de la Seguridad Social y en las taquillas del f?tbol, api?ados, como si pretendieran conjurar en grupo sus pr?ximos fracasos.

No forman ninguna clase social. Entre los perdedores hay empresarios y obreros, arquitectos, metal?rgicos, abogados, limpiabotas, periodistas, parados, carniceros, estudiantes y amas de casa. Les une algo mucho m?s sutil, un invisible cord?n de insatisfacci?n, una frustraci?n heterog?nea. Se sue?an kamikazes en la gran autopista del mundo, hijos bastardos de un demiurgo que siempre juega al p?quer con las cartas marcadas. Los perdedores no nacen; se hacen y algunos se resignan.

A los perdedores no se les pregunta. Esa es la regla fundamental: no dejar que el gremlin se moje. ?Alguien consulta al delf?n si prefiere vivir en el mar o pasar por los aros y hartarse de sardinas en el acuario? Cuando se transgrede la norma, las consecuencias son impredecibles. Es lo que ha ocurrido esta semana en Francia y en Holanda. Los insatisfechos se han convertido en el toro que una vez fue Zeus y han raptado a Europa, no para seducirla sino para cambiarla. Ahora y en la mitolog?a, Europa siempre fue muy fenicia.

Quien da voz a los mudos debe soportar sus gritos. Al principio sonar?n de manera tan atronadora que habr? quien crea que ser? irremediable hacerles caso. Poco a poco perder?n intensidad, se apaciguar?n hasta el murmullo y, finalmente, retornar? el silencio. A ninguno de nuestros dirigentes, de esas triunfantes elites que leen el futuro en los posos de caf? y en los restos de coca?na de sus espejitos ?actividad obliga-, les cabe duda alguna de que la revoluci?n de los perdedores est? condenada al fracaso.

Los perdedores son antiecon?micos y pesimistas. Temen que un lituano haga su trabajo por la mitad de su sueldo y quedarse en el paro; les asusta que el Estado les recorte el subsidio de desempleo para animarles a competir con el lituano; desconf?an de los inmigrantes que les rodean; rezan para llegar a tiempo de cobrar una pensi?n antes de que desaparezcan; se han acostumbrado a que los tratamientos contra el c?ncer les salgan gratis, y ese tipo de cosas. La competitividad les acobarda porque saben que tarde o temprano les pasar? por encima. Las posibilidades de que una gacela Thompson llegue a la vejez son escasas porque los leones nunca pierden el apetito.

Muchos de los perdedores nunca reconocer?n serlo. Les basta un chalet adosado y atender el fuego de una barbacoa los fines de semana para sentirse en la cima del mundo. Las criticas m?s feroces al Estado del Bienestar, las acusaciones m?s terribles contra un sistema que, por el momento, no deja morir a la gente en la calle, se escuchan en jardines de 40 metros cuadrados, bajo sombrillas de colores, entre chuletas de cordero, chorizos a la brasa y vino con gaseosa. Se trata de esa clase media que adora el ?dolo del ?xito y que se siente invulnerable, la mediocridad triunfante.

Los bur?cratas de Europa no tardar?n en encontrar la soluci?n al contratiempo que las turbas franco-holandesas han provocado. Si dan un paso atr?s, ser? para tomar impulso y saltar el obst?culo. A los mercaderes no se les nota excesivamente preocupados por el drama. La salida del laberinto permitir? que los perdedores cultiven su est?tica con una nueva capitulaci?n. Entre tanto, mi amigo, el frustrado escritor, seguir? desconfiando de las personas sin cuello, posiblemente con motivo.



Publicado por carmenlobo @ 0:05
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