Carmen Lobo una argentina en Paris.
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En la noche electoral, todos los partidos, incluidos los que pierden votos, se presentan ante la opinión pública como ganadores. En el Reino Unido, los laboristas se encuentran ahora ante una situación singular. No necesitan excusas. Por primera vez en su historia, han vencido en unas elecciones generales por tercera vez consecutiva.
Deberían estar inundados de euforia. Y sin embargo, su líder se mostró muy modesto cuando anunció la victoria a sus votantes del distrito de Sedgefield. Tiene razones para estar preocupado. Como dice el análisis del diario progresista The Guardian, los dirigentes laboristas se enfrentan ante una paradoja: saborean un éxito sin precedentes y ya están especulando sobre el momento en el que tendrán que plantear a su primer ministro que debe dimitir para dejar paso a su número dos, Gordón Brown.
La guerra de Iraq le ha costado a Blair decenas de escaños y, por encima de todo, una merma considerable de su credibilidad personal. Los sondeos anteriores a las elecciones le han martilleado con resultados similares: millones de británicos de izquierdas o de derechas, favorables o contrarios a la invasión de Iraq, creen que su primer ministro les engañó cuando les presentó las pruebas que justificaban el derrocamiento de Sadam.
Para que no quedara ninguna duda de los extremos a los que llegó el Gobierno de Blair para retorcer la verdad, el semanario conservador The Sunday Times publicó unos días antes de las elecciones el contenido íntegro de un informe secreto tremendamente revelador.
El informe describe una reunión, celebrada en el 10 de Downing Street, a la que asistieron Blair, sus ministros de Defensa y Exteriores, el fiscal general y altos cargos militares y de los servicios de inteligencia.
La fecha es importante: 23 de julio de 2002. Ocho meses antes del comienzo de la guerra.
Mucho antes de que la opinión pública internacional fuera consciente de que la guerra era inevitable, los reunidos saben que George Bush ya ha tomado la decisión de invadir Iraq. Sólo falta por escoger la fecha. Blair y sus asesores saben también que Sadam no es una amenaza para sus vecinos y que su supuesto arsenal de armas de destrucción masiva es muy inferior al que puedan tener otros países que, obviamente, no van a ser invadidos.
El informe dice:
"El secretario de Exteriores dice que discutirá esta semana el asunto con Colin Powell. Parece claro que Bush se ha decidido por la acción militar, aunque el momento (de aplicarla) aún no esté decidido. Pero las razones son frágiles. Sadam no está amenazando a sus vecinos, y su capacidad de armas de destrucción masiva es menor que la de Libia, Corea del Norte o Irán. Deberíamos trabajar en un plan para conseguir un ultimátum a Sadam que permita la vuelta de los inspectores de la ONU. Esto también sería útil para la justificación legal del uso de la fuerza”.
“El fiscal general dice que el deseo de un cambio de régimen (en Irak) no es una base legal (suficiente) para la acción militar. Hay tres posibles bases legales: el derecho a la autodefensa, la intervención humanitaria o la autorización por el Consejo de Seguridad de la ONU. La primera y la segunda no podrían servir de base en este caso. Confiar en (la aplicación de) la resolución 1205 del Consejo de Seguridad de hace tres años resultaría difícil. Evidentemente, la situación puede cambiar".
No fue éste el mensaje que el Gobierno británico envió a la opinión pública. Blair y sus ministros decían una cosa en privado y otra muy diferente en público.
El informe secreto publicado por The Times se une a una larga lista de documentos difundidos en los últimos dos años. Cada uno de ellos ha cuestionado la versión oficial que los británicos escucharon de su Gobierno. Los votantes han descubierto, por ejemplo, las dudas jurídicas que tenía entonces el fiscal general sobre la justificación legal de la guerra.
No olvidan tampoco las informaciones, filtradas por el Gobierno, que indicaban que Sadam Hussein podía ordenar en tan sólo 45 minutos un ataque con armas químicas sobre objetivos británicos. “Soldados y turistas británicos en Chipre podrían ser aniquilados por misiles con armas químicas lanzados desde Irak” titulaba The Sun, ante la evidente satisfacción del Gobierno.
Que te pillen en una mentira no significa que seas un mentiroso. Que un Gobierno retuerza la verdad en su beneficio, a veces con la ayuda de los periodistas, no tiene necesariamente como consecuencia la derrota en las siguientes elecciones. La alternativa puede ser peor o los votantes pueden creer que hay otros asuntos políticos más relevantes en su vida cotidiana.
Pero esas mentiras siempre dejan su huella. El informe secreto es una forma de recordarle a Blair que la guerra de Iraq le acompañará hasta el final de su mandato. Incluso si la reconstrucción de Iraq es un éxito, lo que de momento está por ver, eso no borrará la impresión que muchos británicos tienen de su primer ministro.
Blair cumple hoy 52 años. Su victoria histórica le concede el derecho a celebrar varios cumpleaños más en el 10 de Downing Street. ¿Cuántos? Quizá menos de los que espera Blair y más de lo que desearían muchos de sus votantes.