Jueves, 05 de mayo de 2005



El libro del fantasma
Alejandro Dolina



Se puede afirmar, sin temor a la indignaci?n de los sabios, que en los tiempos que corren es cada vez m?s improbable tropezar con la aventura.

Lo imprevisto, lo extra?o, lo misterioro no sucede nunca.

Curiosamente, parecen existir much?simas personas con esp?ritu aventurero. Todos los d?as conversa uno con se?ores que desean vivamente una vida m?s interesamte y un teatro de aconteciemientos m?s rico y m?s amplio.

Esta gente sale de su casa cada ma?ana esperando que algo ocurra y uscando, como dec?a Whitman, "algo pernicioso y temible, algo incompatible con una vida mezquina, algo desconocido, algo absorbente, desprendido de su anclaje y bogando en libertad".

Pero la b?squeda es siempre in?til y casi todos los hombres, en e ocaso de sus vidas, confiesan que no han vivido jam?s una aventura.

?D?nde estan - se pregunta uno - las doncellas atormentadas por un gigante que desde la torre se alg?n castillo esperan nuestra intervenci?n salvadora?

En ninguna parte. Ya no quedan gigantes, ni castillos, ni - mucho menos - doncellas.

La actual civilizaci?n parece pensada para evitar las aventuras. Porque en realidad la aventura es el riesgo. Y nadie quiere arriesgarse.

Siendo la seguridad un valor cuya admiraci?n se promueve de continuo, es inevitable que la mayor parte del esfuerzo tecnol?gico que se realiza est? destinado a evitar sucesos imprevistos. Las cerraduras Yale, los despertadores, los sem?foros, las p?ldoras anticonceptivas, las alarmas, los preservativos, los cierres de cremallera, las agendas, los paraca?das. Todos estos inventos alejan el sobresalto.

Naturalmente, siempre queda alguna grieta como para que se introduzca lo extraordinario. Pero no es suficiente. Para demostrarlo, vale la pena realizar una sencilla experiencia: pidamos a nuestros conocidos que refieran los hechos m?s curiosos que han vivido. Los resultados ser?n entre aburidos y penosos.

Alguien qued? encerrado en el ascensor durante una hora. Otro dice haber ganado un jarr?n en una kermese. Un tercero obtuvo un boleto capic?a.

Se trata de aventuras miserables.

Los griegos pensaban que las cosas ocurr?an s?lo para que los hombres pudieran contarlas luego. Si esto es cierto, el futuro de nuestras conversaciones es poco prometedor. ?Qu? les contaremos a nuestros nietos? ?Que una vez vimos un choque? ?Que se nos revent? un sif?n? Pobre ser? la ?pica que surja de estos modestos cataclismos.

El aventurero actual ha aprendido a contentarse con sombras de emoci?n. La televisi?n y el cine son sus melanc?licos proveedores de asombro.

Chesterton hab?a inventado una soluci?n genial: la Agencia de Aventuras.

Era una empresa que tend?a a los caballeros que experimentaban el deseo de una vida variada.

Mediante la satisfacci?n de una suma anual, el cliente se ve?a rodeado de acontecimientos fant?sticos y sorprendentes provocados por la Agencia.

El hombre sal?a de su casa y se le acercaba un chino excitad?simo quien le aseguraba que exist?a un complot contra su vida. Si tomaba un coche, era conducido al Barrio del Invierno, donde cunden las ri?as, los marineros egipcios y las mujeres peligrosas. Gracias a esta eficiente organizaci?n, el aventurero se ve?a obligado a saltar tapias, pelear con extra?os o a huir de desconocidos perseguidores.

Pero la realidad, aun cuando ha sido capaz de depararnos empresas tan absurdas como las que investigan mercados o gestionan transferencias de autom?viles, no nos ha brindado una Agencia de Aventuras.

?Qu? puede hacerse entonces?

Pues hay que actuar. No podemos pensar que las aventuras vendr?n a nosotros. De nada sirve esperar lo imprevisto mirando vidrieras o sentados en el umbral. Es necesario que uno mismo provoque sucesos extraordinarios.

Para demostrar que esto es posible, abandonaremos las anchas avenidas de los Enunciados Generales para ingresar en el Laberinto de los Ejemplos Concretos. Para decirlo de una vez, nos proponemos impartir instrucciones precisas para vivir aventuras.

Aventura de la mujer rubia

Antes de comenzar a vivir este episodio, usted debe elegir a una mujer rubia. Desde luego, es preferible que sea hermosa. Y desconocida.

Una vez que usted se haya decidido por una rubia determinada, comience a seguirla. Pero, atenci?n. No se trata de escoltarla durante un par de cuadras murmur?ndole frases ingeniosas. Hay que seguirla silenciosamente y en forma perpetua. Hasta su casa. Hasta su trabajo. Hasta donde fuere necesario.

Esto no debe interrumpirse jam?s. Cada vez que ella entre en un edificio, usted deber? permanecer afuera esperando su salida.

No hay que disimular. La idea es que la mujer rubia advierta cabalmente que usted la est? siguiendo. Esto la pondr? muy nerviosa y hasta es probable que llame al vigilante.

Pasar?n d?as, semanas, y tal vez meses. Usted se convertir? en una sombra familiar y silenciosa. Si la mujer rubia tiene novio, no abandone la empresa. Despu?s de todo, usted solamente quiere que algo ocurra. Y tarde o temprano algo ocurrir?.

Aventura del timbre que suena en la noche

Usted camina por una calle oscura. Son las cuatro de la ma?ana. Tal vez llueve. De pronto, frente a una casa cualquiera, usted resuelve tocar el timbre. Pasan los minutos. Usted vuelve a tocar. Un hombre consternado abre la puerta.

-?Qu? ocurre? - pregunta.

- Ando en busca de una aventura - contesta usted.

Aventura de la novia perdida

Un d?a usted resuelve encontrar a su Primera Novia.

Si usted ha tenido el descaro de casarse con ella, es evidente que la cosa no constituye una aventura sino una fatalidad.

Pero supongamos que usted no la ve desde hace veinte a?os. No sabe qu? ha sido de ella. Apenas recuerda su nombre y su cara ha tomado ya la forma de los sue?os y el recuerdo.

Usted hace averiguacions. Indaga entre quienes la han conocido. Investiga en los lugares en los que ella trabaj? o estudi?. Recorre calles al acaso, cree reconocerla dos o tres veces. Alguien le pasa un dato cierto.

Mientras todo esto ocurre, usted se vuelve a enamorar de la Primera Novia y sue?a todas las noches con ella, como sol?a hacer veinte a?os atr?s.

Un d?a usted descubre su paradero. Sabe exactamente d?nde encontrarla. Tiene la direcci?n, el n?mero de su tel?fono y conoce los horarios en que es apropiado llegar a ella.

Usted piensa que la aventura ya puede conmenzar, pero en realidad es aqu? donde debe terminar.

Aventura del t?nel que va a cualquier parte

Usted y un grupo de amigos aventureros comienzan a excavar un t?nel en el fondo de una casa, que puede ser la suya.

La tarea deber? acometerse con el mayor vigor.

Durante la excavaci?n se ir?n descubriendo objetos extra?os, tales como huesos, cascotes, tapitas de cerveza, zapatillas f?siles y antiguos pozos ciegos.

El trabajo durar? meses y meses. Durante ese lapso surgir? una deliciosa camarader?a entre los integrantes del grupo. Es muy probable que todos sean despedidos de sus trabajos habituales, en raz?n de inasistencias, la impuntualidad y la suciedad, inevitables cuando un excava un t?nel. Por las mismas razones, lso que tuvieren novia ser?n abandonados.

As? las cosas, la ?nica preocupaci?n del grupo ser? cavar y cavar. Un d?a cualquiera, cuando el t?nel ya tenga una extensi?n considerable, se comenzar? a cavar hacia la superficie. Y aqu? viene le momento fundamental de la aventura. ?D?nde aparecer?n los viajeros subterr?neos? ?En el hall de una casa habitada por se?oritas solteras? ?En una panader?a? ?En un convento?




Hay otras aventuras posibles: la del que se embarca en un carguero sueco, la del viaje subterr?neo a trav?s del arroyo Maldonado, la del que investiga a los mendigos para descubrir que son ricos, la del que se mete en el ba?o de damas, la del que se agacha a ver por qu? no explota el cohete... Hay que elegir.

Salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguenm a que nos derroten, a que nos traicionen.

Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignaci?n que algunos llaman madurez

Tags: Alejandro Dolina

Publicado por carmenlobo @ 0:04  | Dolina, Alejandro
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