Domingo, 17 de abril de 2005
Don Quijote de las paradojas
Por Eduardo Galeano



Naci? en prisi?n esta aventura de la libertad. En la c?rcel de Sevilla, ?donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace habitaci?n?, fue engendrado Don Quijote de la Mancha. El pap? estaba preso por deudas.
Exactamente tres siglos antes, Marco Polo hab?a dictado su libro de viajes en la c?rcel de G?nova, y sus compa?eros de prisi?n hab?an escuchado, y escuch?ndolo hab?an viajado.

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Cervantes se propuso escribir una parodia de las novelas de caballer?a. Ya nadie, o casi nadie, las le?a. Estaban pasadas de moda. La tomadura de pelo fue un esfuerzo digno de mejor causa. Y sin embargo, esa in?til aventura literaria result? mucho m?s que su proyecto original, viaj? m?s lejos y m?s alto y se convirti? en la novela m?s popular de todos los tiempos y de todas las lenguas.
Merece gratitud eterna el caballero de la triste figura. A don Quijote los libros de caballer?a le hab?an quemado la cabeza, pero ?l, que se perdi? por leer, salva a quienes lo leemos. Nos salva de la solemnidad y del aburrimiento.

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Famosos estereotipos: don Quijote y Sancho Panza, el caballero y su escudero, la locura y la cordura, el so?ador hidalgo con la cabeza en las nubes y el labriego r?stico de pata en tierra.
Es verdad que don Quijote se vuelve loco de remate cada vez que monta a Rocinante, pero cuando desmonta suele decir frases que vienen del m?s puro sentido com?n, y en ocasiones pareciera que se hace el loco s?lo por cumplir con el autor o el lector. Y Sancho Panza, el rampl?n, el bruto, sabe ejercer con ejemplar sutileza su gobierno de la ?nsula de Barataria.

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Tan fr?gil que parec?a y fue el m?s duradero. Cada d?a cabalga con m?s ganas, y no s?lo por la manchega llanura. Tentado por los caminos del mundo, el personaje se escapa del autor y en sus lectores se transfigura. Y entonces hace lo que no hizo, y dice lo que no dijo.
Don Quijote jam?s pronunci? la m?s famosa de sus frases. ?Ladran, Sancho, se?al que cabalgamos? no figura en la obra de Cervantes. ?Qu? an?nimo lector habr? sido el autor?

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Metido en su armadura de lat?n, montado en su roc?n hambriento, don Quijote parece destinado a la derrota y al rid?culo.
Este delirante se cree personaje de novela de caballer?a y cree que las novelas de caballer?a son libros de historia. Sin embargo, no siempre cae despatarrado en sus lances imposibles, y a veces hasta aplica honrosas tundas a los enemigos que enfrenta o inventa. Y rid?culo es, qu? duda cabe, pero entra?ablemente rid?culo. Cree el ni?o que una escoba es un caballo, mientras el juego dura, y mientras dura la lectura los lectores acompa?amos y compartimos los andares estrafalarios de don Quijote.
Re?mos de ?l, s?, pero mucho m?s re?mos con ?l.

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?No te tomes en serio nada que no te haga re?r?, me aconsej? alguna vez un amigo brasile?o. Y el lenguaje popular se toma en serio los delirios de don Quijote y expresa la dimensi?n heroica que la gente ha otorgado a este antih?roe. Hasta el Diccionario de la Real Academia Espa?ola lo reconoce as?. Quijotada es, seg?n el diccionario, ?la acci?n propia de un quijote? y quijote es aquel que ?antepone sus ideales a su conveniencia y obra desinteresada y comprometidamente en defensa de causas que considera justas, sin conseguirlo?.

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Dos veces pidi? Cervantes empleo en Am?rica, y dos veces fue rechazado. Algunas versiones dicen que era dudosa su limpieza de sangre. Los estatutos prohib?an viajar a las colonias americanas a quien llevara en sus venas gl?bulos jud?os, musulmanes o her?ticos, que se trasmit?an a lo largo de no menos de siete generaciones. Quiz? la sospecha de alg?n abuelo o bisabuelo que fuera jud?o converso explica la respuesta oficial a las solicitudes de Cervantes: ?Busque por ac? en qu? se le haga merced?.
El no pudo venir a Am?rica. Pero su hijo, don Quijote, s?. Y en Am?rica le fue de lo m?s bien.

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En 1965, el Che Guevara escribi? la ?ltima carta a sus padres.
Para decirles adi?s, no cit? a Marx. Escribi?: ?Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante. Vuelvo al camino con mi adarga al brazo?.

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En sus malandanzas, evocaba don Quijote la edad dorada, cuando todo era com?n y no hab?a tuyo ni m?o. Despu?s, dec?a, hab?an empezado los abusos, y por eso hab?a sido necesario que salieran al camino los caballeros andantes, para defender a las doncellas, amparar a las viudas y socorrer a los hu?rfanos y a los menesterosos.
El poeta Le?n Felipe cre?a que los ojos y la conciencia de don Quijote ?ven y organizan el mundo no como es, sino como debiera ser. Cuando don Quijote toma al ventero ladr?n por un caballero cort?s y hospitalario, a las prostitutas descaradas por doncellas hermos?simas, la venta por un albergue decoroso, el pan negro por pan candeal y el silbo del capador por una m?sica acogedora, dice que en el mundo no debe haber ni hombres ladrones ni amor mercenario ni comida escasa ni albergue oscuro ni m?sica horrible?.

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Unos a?os antes de que Cervantes inventara a su febril justiciero, Tom?s Moro hab?a contado la utop?a. En el libro de Tom?s Moro, Utop?a, u-top?a significaba no-lugar. Pero quiz?s ese reino de la fantas?a encuentra lugar en los ojos que lo adivinan, y en ellos encarna. Bien dec?a George Bernard Shaw que hay quienes observan la realidad tal cual es y se preguntan por qu?, y hay quienes imaginan la realidad como jam?s ha sido y se preguntan por qu? no.
Est? visto, y los ciegos lo ven, que cada persona contiene otras personas posibles, y cada mundo contiene su contramundo. Esa promesa escondida, el mundo que necesitamos, no es menos real que el mundo que conocemos y padecemos.
Bien lo saben, bien lo viven, los aporreados que todav?a cometen la locura de volver al camino, una vez y otra y otra, porque siguen creyendo que el camino es un desaf?o que espera, y porque siguen creyendo que desfacer agravios y enderezar entuertos es un disparate que vale la pena.

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Ayuda lo imposible a que lo posible se abra paso. Por decirlo en t?rminos de la farmacia de don Quijote: tan m?gico es este b?lsamo de Fierabr?s, que a veces nos salva de la maldici?n del fatalismo y de la peste de la desesperanza.
?No es ?sta, al fin y al cabo, la gran paradoja del viaje humano en el mundo? Navega el navegante, aunque sepa que jam?s tocar? las estrellas que lo gu?an.


Publicado por carmenlobo @ 20:15  | Galeano, Eduardo
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