Lunes, 10 de enero de 2005

Aprender a nadar
J. C.García Fajardo



Cuando era joven el Mulá Nasrudín Hodja, héroe de tantos cuentos populares en Oriente Medio, tenía una barca desvencijada que utilizaba para llevar a la gente al otro lado del río.



Un día, su pasajero de turno, un profesor muy quisquilloso, decidió, mientras cruzaban, hacerle una prueba al Mulá para ver cuánto sabía.

— Dime, Nasrudín, ¿cuánto es ocho veces seis?

— No tengo idea, —respondió el Mulá.

— ¿Cómo escribes “magnificencia”?

— No lo hago, —respondió Nasrudín.

— ¿No estudiaste nada en la escuela?

— No, —respondió el Maestro.

— En ese caso, la mitad de tu vida está perdida.



Justo entonces, se desató una tormenta feroz (vaya usted a saber si Nasrudín tuvo algo que ver o si los Cielos quisieron echarle una mano), y el bote comenzó a hundirse.

— Profesor, —dijo Nasrudín—. ¿Alguna vez aprendiste a nadar?

— No, —le respondió.

— En ese caso, tu vida entera está perdida.



En los planes de estudio insisten en que llenemos nuestra cabeza de conceptos en lugar de ayudarnos a tenerla bien estructurada. Ocho veces seis todavía suman 48, con independencia de dónde vivamos. Pero el concepto de magnificencia puede cambiar si sabemos que, en 1520, cuando los españoles llegaron a Tenochtitlán, Ciudad de México, ésta era diez veces más grande que cualquier ciudad europea.



Ignorar a la otra mitad de la humanidad (las mujeres, los pueblos indígenas, los hambrientos, los que no tienen acceso a la cultura, menospreciar a quienes ni siquiera saben que son personas) no presta la ayuda necesaria para aprender a nadar en las aguas turbulentas de nuestro siglo.





Publicado por carmenlobo @ 11:32  | Cultura
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