Martes, 04 de enero de 2005
El sexo y yo



Mi vida sexual comenz? temprano, m?s o menos a los cinco a?os, cuando cursaba preescolar en las monjas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta entonces hab?a permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella pr?stina edad anterior al sexo. Mi primera experiencia consisti? en tragarme casualmente una peque?a mu?eca de pl?stico.

?Te va a crecer adentro y la barriga se te pondr? redonda. Despu?s te nacer? un beb? ?me explic? mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito.

?Un hijo! Era lo ?ltimo que deseaba. Siguieron d?as terribles para m?, me dio fiebre, perd? el apetito, lloraba escondida detr?s de las puertas, hasta que una monja me oblig? a confesar la verdad.

?Estoy embarazada ?le dije hipando.

Me vi cogida de un brazo y llevada en vilo hasta la oficina de la Madre Superiora. As? comenz? mi horror por las mu?ecas y mi curiosidad por ese asunto misterioso cuyo solo nombre era impronunciable: sexo. Las ni?as de mi generaci?n no ten?amos instinto sexual, eso lo inventaron despu?s Master y Johnson. S?lo los varones padec?an ese horrible mal que pod?a conducirlos de cabeza al infierno y que hac?a de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando una hac?a alguna pregunta, hab?a dos tipos de respuesta, seg?n la madre que nos tocara en suerte. La explicaci?n tradicional era la cig?e?a que ven?a de Par?s y la moderna era sobre las flores y las abejas. Mi madre era moderna, pero la relaci?n entre el polen y la mu?eca de mi barriga me resultaba confusa. A los siete a?os me prepararon para la Primera Comuni?n. Antes de recibir la hostia hab?a que confesar los pecados acumulados, sin olvidar ninguno. Me llevaron a la iglesia, me arrodill? detr?s de una cortina de felpa negra y all?, en medio de oscuridad y nubes de incienso, o? una voz con acento de Espa?a.

??Te has tocado el cuerpo con las manos?

?S?.

??Lo haces a menudo, hija?

?Todos los d?as...

??Todos los d?as! Esa es una ofensa grav?sima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una ni?a. ?No debes hacerlo m?s!

?Y si me toco con guantes, padre ?tambi?n es pecado? ?pregunt? espantada, calculando que no ser?a f?cil lavarme la cara, cepillarme los dientes o rascarme con guantes. Cuando mi madre pregunt? por qu? mascullaba, tuve que explicarle que estaba rezando mis doscientas Ave Mar?as de penitencia por el pecado de tocarme el cuerpo con las manos. Ella me endilg? otro serm?n.

Nac? al sur del mundo, durante la Segunda Guerra Mundial, en el seno de una familia burguesa, emancipada e intelectual en algunos aspectos, y casi paleol?tica en otros. Me cri? en el hogar de mis abuelos, una mansi?n estrafalaria donde deambulaban los fantasmas que invocaba mi abuela con una mesa de tres patas. Viv?an en la casa dos t?os solteros, bastante locos, como casi todos los habitantes de esa casa. El t?o Marcos andaba apenas cubierto por un taparrabos de fakir recitando los 999 nombres de Dios en s?nscrito. El t?o Pablo era un mis?ntropo adorable, dedicado casi exclusivamente a la lectura. La casa estaba llena de libros, se amontonaban en las estanter?as, debajo de las camas, crec?an como una flora indomable en los rincones. Este t?o me ense?? a leer temprano. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas, as? es como le? Rusia al desnudo, buscando respuestas a ciertas preguntas, pero s?lo encontr? informaci?n sobre la revoluci?n bolchevique. Mucho m?s tarde descubr? al Marqu?s de Sade y Las Mil Una Noches, pero creo que eran textos demasiado avanzados para mi edad, los autores daban por sabidas cosas que yo ignoraba por completo. Con el sexo me ocurri? lo mismo que con las recetas de cocina: me faltaban conocimientos elementales. Reci?n casada quise preparar un platillo. El libro dec?a: tome una trucha de tres libras, l?mpiela, al??ela, etc. ?Qu? es una trucha? ?Cu?ntas son tres libras? ?Qu? hago con las tripas, las escamas y esos ojos que me miran suplicantes? Igual me pas? con el sexo, algo sab?a sobre sadomasoquismo y voluptuosas hur?es del para?so de Mahoma, pero el ?nico hombre desnudo que hab?a visto era mi t?o el fakir, sentado en el patio contemplando la luna. Me sent? muy defraudada por ese peque?o y fl?ccido ap?ndice que cab?a f?cilmente en una lata de sardinas. ?Tanto alboroto por eso? El Marqu?s y Scherazade exageraban.

A los once a?os yo viv?a en Bolivia. Mi madre se hab?a casado con un diplom?tico, hombre de ideas vanguardistas, que me puso en un colegio mixto. Tard? meses en acostumbrarme a estar con varones, viv?a con las orejas rojas, me enamoraba todos los d?as de uno diferente y me daba verg?enza que me vieran entrar al ba?o. Mis compa?eros eran unos mocosos desarrapados cuyas principales actividades eran el f?tbol y las peleas del recreo, pero mis compa?eras estaban en la edad de medirse el contorno del busto y anotar en una libreta los besos que recib?an. Hab?a algunas privilegiadas que pod?an escribir: Felipe, en el ba?o, con lengua. Yo fing?a que esas cosas no me interesaban en lo m?s m?nimo. Me vest?a de hombre y me trepaba a los ?rboles para disimular que era casi enana y menos sexy que un pollo. En esa ?poca las ni?as tem?amos quedar embarazadas si nos ba??bamos en una piscina con muchachos y nos hab?an advertido que si nos dej?bamos tocar por un hombre pod?a "suceder algo peor que la muerte", vaya una a saber qu? diablos significaba eso.

En la clase de biolog?a nos ense?aban las caracter?sticas anat?micas de cada sexo y el proceso de fabricaci?n de los beb?s, pero era muy dif?cil imagin?rselo. Lo m?s obsceno que llegamos a ver en una ilustraci?n era una madre amamantando a un reci?n nacido. De posturas en el coito no sab?amos nada y nunca nos mencionaron el placer, as? es que el meollo del asunto nos resultaba incomprensible. ?Por qu? los adultos hac?an esa cochinada? La erecci?n era un secreto bien guardado por los muchachos, tal como la menstruaci?n lo era por las ni?as (us?bamos unas toallas higi?nicas que deb?amos lavar a escondidas de nuestros hermanos y ocultar al fondo del closet). La literatura era evasiva al respecto y el cine francamente desalentador. En el supuesto de que una lograra burlar la vigilancia y entrar a ver una pel?cula para mayores de 18 a?os, no se aprend?a mucho, porque cuando Jane Rusell ca?a de espaldas sobre un mont?n de heno y el gal?n se abalanzaba sobre ella con las narices dilatadas de pasi?n, la c?mara se desviaba y nos mostraba el paisaje. ?Cu?ntos malditos paisajes hemos visto en nuestras vidas! Las relaciones con los muchachos se limitaban a empujones, manotazos y recados de las amigas: dice Keenan que quiere darte un beso, dile que s? pero con los ojos cerrados, dice que ahora ya no tiene ganas, dile que es un est?pido, dice que m?s est?pida eres t?, y as? nos pas?bamos durante todo el a?o escolar. La m?xima intimidad consist?a en masticar por turnos el mismo chicle durante la clase de matem?ticas. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un norteamericano pecoso a quien todas las ni?as am?bamos en secreto. Me sac? sangre de narices, pero a?n recuerdo ese episodio como uno de los m?s excitantes de mi vida. En otra ocasi?n me invit? a bailar en una fiesta. A La Paz no hab?a llegado el impacto del rock an'roll que empezaba a sacudir al mundo, todav?a nos arrullaban los discos de Nat King Cole, Doris Day y Bing Crosby (oh Dios, ?era eso la prehistoria?) Se bailaba abrazados, en lo posible chic-to-chic, pero yo era tan diminuta que mi mejilla apenas alcanzaba la hebilla del cintur?n de cualquier joven normal. Keenan me apret? un poco y yo sent? algo duro a la altura del bolsillo de su pantal?n y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le dije que se quitara las llaves, que me hac?an da?o. Sali? corriendo y no regres? a la fiesta. Ahora que han pasado m?s de treinta a?os, la ?nica explicaci?n que se me ocurre para tan desusado comportamiento, es que tal vez no eran sus llaves, despu?s de todo.

En 1956 mi familia se hab?a trasladado al L?bano y yo hab?a vuelto a un colegio de se?oritas, esta vez una escuela inglesa cu?quera, donde el sexo simplemente no exist?a. Hab?a sido suprimido del universo por la flema brit?nica y el celo de los predicadores. Beirut era la perla del Medio Oriente. En esa ciudad se depositaban las fortunas de los jeques, hab?a sucursales de las tiendas de los m?s famosos modistos y joyeros de Europa, los Cadillacs con ribetes de oro circulaban por las calles junto a camellos y mu?as. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes se pon?an pantalones, pero todav?a exist?a esa firme l?nea fronteriza que durante siglos separ? a los sexos. La sensualidad impregnaba el aire, flotaba como el olor a manteca de cordero, el calor del mediod?a y el canto del muec?n convocando a la oraci?n desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido. Las ni?as no sal?an solas y los ni?os deb?an cuidarse, porque tambi?n pod?an ser molestados. Mi padrastro les entreg? largos alfileres de sombrero a mis hermanos para que se defendieran de los pellizcos en la calle. En el recreo circulaban fotonovelas editadas en la India con traducci?n inglesa, una versi?n muy manoseada de El amante de Lady Chaterley y pocket-books sobre org?as de antiguos emperadores romanos. Mi padrastro ten?a algunos libros er?ticos que consegu?a detr?s del mostrador de las librer?as y manten?a ocultos en su armario, pero yo le saqu? un duplicado a la llave y as? volv? a leer Las Mil y Una Noches y lo comprend? un poco mejor. Poco a poco adquir? alguna cultura. El sexo se convirti? en una obsesi?n, no pod?a pensar en otra cosa, pero en Beirut no hab?a ocasi?n de experimentar. Las ni?as decentes no sal?an con muchachos. Tuve un amiguito, hijo de un mercader liban?s, que me visitaba para tomar Coca-Cola en la terraza. Era tan rico que ten?a una motoneta con ch?fer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su ch?fer, nunca tuvimos ocasi?n de estar solos.

Yo era plana. Ahora no tiene ni la menor importancia, pero en los cincuenta eso era una tragedia, los pechos eran considerados la esencia de la feminidad, mientras m?s grandes, mejor. La moda se encargaba de resaltarlos: sweater ce?ido, cintur?n ancho de el?stico y amplias faldas infladas con vuelos almidonados. Una mujer pechugona ten?a el futuro asegurado. Los hombres sufr?an un complejo mamario, derivado posiblemente de haber sido alimentados con biber?n (por suerte ahora se ha vuelto a la lactancia materna). Los modelos er?ticos eran Jane Mansfield, Gina Lollobrigida, Sof?a Loren. ?Qu? pod?a hacer una chica sin senos? Ponerse rellenos. Los trajes de ba?o y los sostenes tra?an dos medias esferas de goma que a la menor presi?n se hund?an sin que una se diera cuenta. Los senos se volv?an s?bitamente c?ncavos, hasta que de pronto o?amos un ?plop! ?plop! y las gomas volv?an a su posici?n inicial, desconcertando al enamorado que las tuviera en las manos y sumi?ndonos a nosotras en atroz humillaci?n.

En 1958 el L?bano estaba amenazado por la guerra civil. Despu?s de la crisis del Canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados en la pol?tica panar?biga de Gamal Abdel Nasser, y el gobierno cristiano. El presidente Camile Chamoun pidi? ayuda a Eisenhower y en julio desembarc? la VI flota norteamericana. De los portaviones descendieron cientos de marines bien nutridos, entusiastas y ?vidos de sexo. Los padres redoblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los j?venes se encontraran. Nos escap?bamos del colegio para ir a bailar con los yanquis. Experiment? la borrachera del rock an'roll, a pesar del esc?ndalo que el nombre de Elvis Presley provocaba (?d?nde se ha visto que un hombre menee la pelvis de esa manera?). Por primera vez mi escaso tama?o resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines pod?an lanzarme por el aire, darme dos vueltas sobre sus cabezas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra el?ctrica. Entre dos volteretas recib? el primer beso de mi vida y su sabor a cerveza y salsa Ket-chup me dur? m?s o menos un a?o y medio.

Los disturbios en el L?bano obligaron a mi padrastro a enviar a los ni?os de regreso a Chile. Otra vez viv? en la casa de mi abuelo. A los quince a?os, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedar?a solterona, un joven me distingui? sobre el dibujo de la alfombra y me sonri?. Tal vez le divert?a mi aspecto. Me colgu? de su cintura y no lo solt? hasta que finalmente, despu?s de casi cinco a?os de suplicarle, acept? casarse conmigo. La p?ldora anticonceptiva se hab?a popularizado, pero todav?a se hablaba de ella en susurros. Se supon?a que el sexo era para los hombres y el romance para las mujeres, ellos deb?an seducirnos para que les di?ramos "la prueba de amor" y nosotras deb?amos resistirnos para llegar "puras" al matrimonio, aunque dudo que la mayor?a lo lograra, en general ?ramos todas d?mie-vierges, pero igual nos cas?bamos de blanco, con largo velo y corona de azahares. No s? exactamente c?mo tuve dos hijos.

Y entonces sucedi? algo que todos esper?bamos desde hac?a varios a?os. La ola de liberaci?n de los sesenta recorri? Am?rica Latina y lleg? hasta ese rinc?n al final del continente donde yo viv?a. Droga, sexo, pop, minifalda, bikini y los Beatles. Todas las mujeres imit?bamos a Brigitte Bardot, despeinada, con los labios hinchados y una blusita miserable a punto de reventar bajo la presi?n del deseo, como una ninf?mana dispuesta a violar a toda una compa??a de bomberos. Despu?s se acabaron los senos de las divas francesas o italianas, hab?a que parecer un hermafrodita fam?lico, como la modelo inglesa Twiggy. Se hablaba de org?as, de intercambio de parejas, de pornograf?a. Los homosexuales salieron del closet y se pusieron de moda (sin embargo, yo cumpl? 28 a?os sin saber c?mo lo hacen los gay). Vino la euforia de la revoluci?n cubana y pusimos afiches del Che en todas partes. Surgieron los movimientos feministas y tres o cuatro mujeres nos sacamos el sost?n, lo ensartamos en un palo de escoba y desfilamos por la calle. Aparecieron los hippies y durante a?os nos vestimos con harapos y abalorios de la India. Marihuana. (Fum? tres veces, pero no logr? habituarme, aspiraba seis pitos seguidos sin volar ni un poco, era un esfuerzo in?til). Paz y amor. Sobre todo amor libre. L?stima que para m? lleg? un poco tarde, porque estaba definitivamente casada y la infidelidad a?n era tab? en mi medio social, al menos para las mujeres. Mi primer reportaje en la revista Paula, donde trabajaba como periodista, fue un esc?ndalo. Durante una cena en casa de un pol?tico renombrado, alguien me felicit? por un art?culo de humor que hab?a publicado y me pregunt? si no pensaba escribir algo en serio. Respond? lo primero que me vino a la mente: s?, quiero entrevistar a una esposa infiel. Hubo un silencio helado a mi alrededor y luego la conversaci?n deriv? hacia el pedigree del perro. Pero a la hora del caf? la due?a de casa ?una intelectual vestida con traje Chanel? me llev? aparte y me dijo que si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella me lo contar?a todo. Al d?a siguiente fui a su oficina con una grabadora. Esa se?ora era infiel porque dispon?a de tiempo libre despu?s del almuerzo, porque el sexo es bueno para el ?nimo y la salud, porque le gustaban los hombres. Es decir, por las mismas razones de tantos maridos infieles, posiblemente el suyo entre ellos. No estaba enamorada, no sufr?a dramas pasionales, manten?a una discreta gar?oniere que compart?a con dos amigas tan liberadas como ella. Mi conclusi?n, despu?s de un simple c?lculo matem?tico, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres, porque si no ?con qui?n lo hacen nuestros machos? Es altamente improbable que lo hagan s?lo entre ellos o todos siempre con el mismo pu?ado de voluntarias. Nadie perdon? mi reportaje, como tal vez hubieran perdonado si la entrevistada tuviera un marido en silla de ruedas y un amante plat?nico. El placer sin culpa ni subterfugios resultaba inaceptable en una mujer. A pesar de los alardes de modernismo, en Chile no hab?amos asimilado la famosa liberaci?n. A la revista llegaron cientos de cartas insult?ndonos. Aterrada, la directora me orden? escribir un art?culo sobre "la mujer fiel". Todav?a estoy buscando una.

Mis hijos ten?an siete y cuatro a?os respectivamente cuando la editorial me encarg? escribir unos manuales de educaci?n sexual para ni?os y adolescentes. Sobre mi mesa de comedor se apilaron durante meses libros sobre el tema, revistas pornogr?ficas de Dinamarca, fotograf?as, notas. Teor?a, mucha teor?a... Mientras yo escrib?a, mis ni?os hojeaban ese material sin dar muestras de asombro. Ellos posaron para las fotos de las portadas de unos libros cuyo contenido era b?sicamente flores y abejas, pero se vend?an envueltos en bolsas pl?sticas selladas, con la mojigata recomendaci?n de que fueran utilizados por padres y maestros.

Muchas mujeres de mi generaci?n nos sent?amos desconcertadas. Le?amos el Informe Kinsey, el Kamasutra, y las estupideces que publicaban las revistas femeninas, como aquella donde yo misma trabajaba: ?Es usted multiorg?smica? La zona er?gena de las orejas, La cocina afrodis?aca, Escoja a su amante seg?n el signo zodiacal, etc. pero en el fondo ?ramos tan moralistas como nuestras madres. Nos hab?an educado con patrones culturales que ya no serv?an, pero no ?ramos capaces de adoptar los nuevos. Los hombres todav?a exig?an que sus novias y sus hijas fueran v?rgenes, tem?an a las mujeres emancipadas, las agred?an, se burlaban. Creo que para la mayor?a de nosotras fue una d?cada de tremenda confusi?n, de deseos insatisfechos y de irrealizables sue?os er?ticos.

Las parejas entraron en crisis, casi todas mis amistades se separaron. En Chile no hay divorcio, lo cual facilita mucho las cosas, porque todo el mundo se separa y se junta sin obst?culos burocr?ticos. Yo ten?a un buen matrimonio y si comparaba a mi marido con cualquier pretendiente hipot?tico, me quedaba con lo que ya ten?a. En mi trabajo realizaba algunas de mis fantas?as. Mientras en la casa actuaba como madre y esposa abnegada, en la revista escrib?a sobre temas escabrosos y en la televisi?n me pavoneaba vestida de corista, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo.

En 1975 mi familia y yo abandonamos Chile porque no pod?amos seguir viviendo bajo la dictadura de Pinochet. El apogeo de la revoluci?n sexual nos sorprendi? en Venezuela, un pa?s c?lido donde la sensualidad se expresa m?s libremente que en el Cono Sur. En las playas se ven hombres bigotudos con unos bikinis dise?ados para resaltar lo que contienen. Las mujeres m?s hermosas del mundo (ganan todos los concursos internacionales de belleza) caminan por la calle buscando guerra, con los senos protuberantes como un mascar?n de proa y las caderas bailando al son de una m?sica secreta.

En la primera mitad de los 80 ya no se pod?a ver ninguna pel?cula, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran por los menos dos criaturas copulando. Hasta en los documentales del National Geographical society hab?a orangutanes o amebas que lo hac?an. Se acab? el paseo de c?mara por el paisaje, ahora la lente se deten?a en los detalles. Fui con mi madre a ver El imperio de los sentidos (su ?nico comentario fue que los japoneses son un poco raros). En un viaje a Londres encontr? en un porno-shop a mi anciana profesora de ingl?s comprando un artefacto de goma rosada. Mi padrastro prestaba sus famosos libros er?ticos a los nietos, porque resultaban de una ingenuidad conmovedora comparados con el Playboy que los ni?os adquir?an en los kioscos. Hab?a que estudiar mucho para salir airosa de las preguntas de los hijos (mam? ?qu? es pedofilia?) y fingir naturalidad cuando las criaturas inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumplea?os. Ordenando el closet de mi hijo adolescente encontr? un libro forrado en papel marr?n y con mi nariz de sabueso ol? el contenido antes de abrirlo. No me equivoqu?, era uno de esos modernos manuales que se cambian en el patio del colegio por fotos de futbolistas. Al ver a dos amantes frotarse mutuamente con bud?n de chocolate, me di cuenta de todo lo que me hab?a perdido en la vida. ?Tantos a?os cocinando y desconoc?a los m?ltiples usos del bud?n! ?En qu? hab?amos estado mi marido y yo durante todo ese tiempo? Ni siquiera ten?amos un espejo en el techo del dormitorio. Decid? que era hora de ponernos al d?a, pero despu?s de algunas contorsiones muy peligrosas ?como comprobamos m?s tarde en las radiograf?as de columna? amanecimos ech?ndonos linimento en las articulaciones en vez de bud?n de chocolate en el punto G. A la hora del desayuno mi hijo Nicol?s nos observ? ir?nico.

?Veo que limpiaste mi closet, mam?.

?Aja ?me sonroj?.

?Al fondo est? el primer tomo, vieja. Empiecen por el principio si no quieren partirse un hueso ?recomend? con la boca llena de panquecas.

Cuando mi hija Paula termin? el colegio entr? a estudiar Psicolog?a, con ?nimo de especializarse en sexualidad humana. Le advert? que viv?amos en Am?rica Latina, donde todav?a impera el machismo y tal vez su vocaci?n no ser?a bien comprendida, pero ella insisti?. Para entonces Paula ten?a un novio siciliano cuyos planes eran casarse y engendrar muchos hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. F?sicamente mi hija enga?a a cualquiera, parece una virgen de Murillo, gr?cil, dulce, de pelo largo y ojos l?nguidos. Nadie imaginar?a que es experta en sexolog?a. Cuando empez? a andar por todas partes con una maleta de juguetes pornogr?ficos, el novio decidi? que era tiempo de romper el compromiso y su argumento me pareci? razonable: ?l no estaba dispuesto a soportar que su mujer trabajara midi?ndoles los orgasmos a otros hombres. Mientras duraron los cursos de sexolog?a, en casa vimos v?deos con toda clase de combinaciones: mujeres con burros, parapl?jicos con sordomudas, tres chinas y un anciano, cinco homosexuales con una se?ora embarazada, etc. Ven?an a tomar el t? transexuales, lesbianas, necrof?licos, onanistas, y mientras la virgen de Murillo ofrec?a pastelitos, yo me enteraba de diversos m?todos de masturbaci?n y de c?mo los cirujanos fabrican una vagina con un trozo de tripa y un pene con un tubo de pl?stico forrado en piel de la barriga.

La verdad es que yo llevo a?os prepar?ndome para cuando nazcan mis nietos. Compr? botas con tacones de estilete, l?tigos de siete puntas, mu?ecas infladas con orificios practicables y ung?entos afrodis?acos; aprend? de memoria las posiciones sagradas del erotismo hind? y entren? al perro para fornicaciones art?sticas. Cuando cre? que me hab?a liberado definitivamente de las telara?as en las cuales me criaron y hab?a entrado por fin a la era de libertinaje sin culpa, apareci? el sida y toda la revoluci?n sexual se fue al diablo. En menos de un a?o todo ha cambiado. Mi hijo Nicol?s se cort? los mechones verdes que coronaban su cabeza, se quit? sus catorce alfileres de gancho de las orejas y decidi? que es m?s sano vivir en pareja mon?gama. Paula abandon? la sexolog?a porque dice que ya no es rentable y en cambio har? un m?ster en educaci?n cognoscitiva. Est? aprendiendo a cocinar pasta y tal vez vuelva con el novio siciliano, despu?s de todo. Yo compr? ositos de peluche para los futuros nietos, me com? el bud?n de chocolate y ahora cuido mis flores y mis abejas.

Publicado por carmenlobo @ 22:03
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