Lunes, 03 de enero de 2005
V?ctimas colaterales
El Semanal (04/10/04)


No crean. Esta p?gina que escribo desde hace once a?os tambi?n tiene sus fantasmas, y sus remordimientos. Alguna vez dije que todos dejamos atr?s cad?veres de gente a la que matamos por ignorancia, por descuido, por estupidez. Cuando te mueves a trav?s del confuso paisaje de la vida, eso es inevitable.


Que me disculpen los limpios de coraz?n y de memoria, pero siempre desconfi? de aquellos que, llegados a cierta edad, tienen la conciencia tranquila y no se quedan con los ojos abiertos en la oscuridad, recordando los cad?veres que dejaron en la cuneta. Porque no se puede estar bien con todo el mundo. Vivir significa optar, elegir, moverse. Mojarse. Tomar posici?n y disparar contra esto o aquello, y tambi?n recibir disparos ajenos, por supuesto. Escribir, para qu? les cuento.

Como ven, este domingo estoy filos?fico. Suelo ponerme as? cada tres o cuatro meses, cuando Jose, el mensajero de El Semanal, me trae a casa el par de cajas llenas con la correspondencia acumulada durante ese tiempo. Son cartas que no contesto ?ojal? tuviera tiempo, despu?s de ocho o diez horas diarias d?ndole a la tecla?, pero que leo siempre cuidadosamente.

Hay de todo, claro: lectores que animan a pegarle fuego a todo, gente razonable o inteligente que aporta interesant?simos puntos de vista, cenutrios que no se enteran de nada y para quienes la iron?a es tan inasequible como el esperanto, personal que se cisca directamente en mis muertos, y tambi?n un notario de Pamplona que echa espumarajos cada vez que menciono a la iglesia cat?lica, apost?lica y romana.

Porque eso no falla, oigan. En cuanto tocas religi?n o nacionalismos perif?ricos, la pe?a salta como si apretaras un bot?n. Tambi?n hay otra clase de cartas, que son las que motivan este art?culo. Esas las leo muy despacio. Y al terminar, como dije antes, me quedo siempre con la misma sensaci?n. Melancol?a, tal vez sea la palabra.

A ver si consigo explicarlo. Esta p?gina no puede escribirse con bistur?. Carezco de talento para eso. Los ajustes de cuentas se hacen empalmando la chaira y acuchillando en corto, a lo que salga. En poco m?s de un folio, y con este panorama, uno pelea y apenas tiene tiempo de mirar a cu?ntos se la endi?a. Sigue adelante, y que el diablo reconozca a los suyos.

La justificaci?n es que nadie obliga. Que podr?a firmar un libro cada dos a?os y observar la vida desde el escaparate de una librer?a. Pero ya ven. Unos domingos me divierto horrores, otros me desahogo, y otros digo en voz alta, o lo intento, lo que algunos no tienen medios para decir. Sin embargo, no es posible quedar bien con todos. Tambi?n hay errores por mi parte, claro. O excesos. Aqu? no caben florituras ni sutilezas, si vas a lo que vas. Y menos en esta triste Espa?a, donde la gente s?lo se da por aludida cuando le pateas los cojones.

Pero mochar parejo, que dicen mis carnales de Sinaloa, trae da?os colaterales. V?ctimas inocentes. La justificaci?n es que uno da la cara y se la juega sin red, sin Dios ni amo, en vez de llev?rselo muerto por poner la foto y marear la perdiz, o por hacerle a los demagogos y mangantes que cortan el bacalao ?o a quienes pretenden cortarlo? un franc?s con todas sus letras.

Pero claro. Aun sabiendo todo eso, y sabiendo tambi?n que la mayor parte de quienes te leen lo saben, o lo intuyen, resulta imposible sustraerse a la impresi?n que producen ciertas cartas. Y no hablo de las indignadas, sino de las que env?an esas v?ctimas colaterales que, comprendiendo las reglas del juego, escriben afectuosas, pacientes ?el afecto y la paciencia que yo no tuve con ellos?, para recordarte que no siempre es as?, que hay tal o cual matiz, que fuiste injusto en esto o en aquello.

Y tienen raz?n. La tienen los jubilados que me afean una palabrota o una exposici?n demasiado cruda con la ternura que emplear?an para dirigirse a sus nietos. La tiene la Robotina que prest? su voz enlatada para un di?logo de besugos, y que me tira de las orejas, con humor y afecto, porque la llam? cacho zorra.

La tiene el joven lobo negro que estudi?, y luch?, y so?? con una Espa?a europea e inteligente, y que ahora, resignado, plancha cada amanecer su traje para meterse dos horas en el tren de cercan?as, e ir a ganarse el jornal en condiciones de esclavitud ?comes o te comen? explotado por superlobos sin conciencia en una torre de cristal y acero. Que todos ellos y tantos otros comprendan por qu? no pude dejarlos al margen, hace mi remordimiento m?s intenso. Me rodea de fantasmas entra?ables a los que me gustar?a decir: lo siento.



Publicado por carmenlobo @ 23:31  | P?rez-Reverte, Arturo
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